jueves, 2 de abril de 2009

Tilda Swinton. El oficio de actriz. La condición de persona. (A propósito de 'Julia').

Uno de los espectáculos más estremecedores que te puede ofrecer el planeta tierra en estos tiempos es el desfile por la alfombra roja previo a la Gala de los Oscar. Los extraños azares de la vida y el pensamiento hacen que la imagen de los tíos apenas tenga importancia, van siempre estupendos, al parecer, ya lleven traje, esmoquin o taparrabos, ya lleven barbilla de tres días, estudiado desaliño o rostro despejado e impoluto y cabello engominado, cual boda aznareña. Pero ellas, ah ellas... eso es otra cosa, pobres de ellas como no quede claro que el hilillo del tanga contiene incrustaciones de Svarovski, que los zapatos han sido elaborados con doble baño de oros y platas, y que el cierre ha sido diseñado por Tom Ford en una noche de tormenta, o como no se presenten espectacularmente disfrazadas de princesa egipcia, de vampiresa transilvánica o de impúdica emulación de actriz clásica (Lana Turner, Audrey Hepburn y Grace Kelly suelen ser las más imitadas). ¿Y creen que alguna de ellas se rebela contra ese estado de cosas y demuestra un poco más de personalidad? Pues sí señor.

Pero empecemos por el principio:

Aquí están Pe y Mo. La primera, actriz del montoncillo, vestida de figura ya consolidada, "madura" y "en su mejor momento", aun al borde de la asfixia por las apreturas, y con ese pelo recogido y esa mano en jarras tan española, que sólo le falta a la pose el botijo y un globito donde se le vea decir "¡Quillo!". Y Mo, de profesión... espera... sí... que lo tengo en la punta de la lengua... ¡modelo!... no... ¡actriz!... Bueno, a lo que íbamos, Mo amenazando con el escote y contrarrestando la amenza con una diadema de princesilla y unos pendientes a juego. Muy femenino todo.

Seguimos:


Ejemplo del look princesa-vampira, en el primer caso (junto con uno de esos maquillajes de escasa sutileza que parecen consistir en llenar un barreño de potingues y hundir la cara), y de emperatriz romana y de pirateo clásico, respectivamente, en Blanchett y Kidman. Por no hablar de mi otrora admirada Anne Hathaway (dios mío, qué me ocurría... ya me lo decía Nuria, vas mal, vas mal..) con ese florón rojo sangre, la palidez-porcelanosa, y el pelo recogido de la manera más desafortunada para proporcionar motivos de reproche a los especialistas del ramo, por aquello de las orejas.

Todas ellas, eso sí, con los gramos justitos en el cuerpo, es decir, bastantes kilos por debajo de lo que cualquier profesional de la medicina consideraría saludable, no vayamos a dar que decir.
Aquí están: un puñado de mujeres haciendo el juego a un sistema que las considera muñecas de uso temporal. Luego, en las entrevistas, pueden mostrarse con mucho carácter, muy comprometidas, etc. Pero su imagen les está diciendo a las adolescentes varias cosas: a) manténte diez kilos por debajo de tu peso, b) vístete como ellos quieren que te vistas c) tetas al poder (si no las tienes, te las pones, que un 'problema' que se arregla con dinero no es problema, hija de mi vida...).

¿Existe alguna mujer entre las celebrities que pueda admirar un hombre de verdad? ¿Y qué es un hombre de verdad?, preguntará el atribulado lector/a... Pues aquel al que gustan las mujeres inteligentes, independientes, retadoras y con una belleza subjetiva y personal. Compañeras en la vida y no aditamentos más o menos sustituibles.

Y entonces, en mitad de la alfombra roja, aparece ella:


Y claro, saltan todas las alarmas: ¿donde están las tetas?, ¿y los oros?, ¿y los pendientes largos como panes de medio kilo?, ¿y las diademas de kryptonita, los collares de diamantes del fondo del Nilo?, ¿y el maquillaje grafitero?, ¿alguien ha pesado a esta señorita antes de permitirle entrar en la Gala...? Traiganme a Ramírez, el encargado de protocolo, que se va a enterar, hombre...

Aquí está: una mujer con personalidad propia, bellísima, pero sobre todo, distinta. Esto en cuanto a la apreciación estética. Porque lo relevante es que se trata de una excelente actriz, una de las mejores que han aparecido en los últimos decenios y que, si tiene suerte con los guiones -que dado el estado actual del cine es mucho pedir-, permanecerá en la historia de su arte. La recuerdo ahora en el papel de abogada pérfida en la excelente película "Michael Clayton". La he visto un par de veces, y alguna más caerá, porque se trata de extraordinario cine de actores, y de una historia compleja y comprometida sin discursos fáciles. En ella hace de representante legal de los malos, una empresa contaminante, y aunque hubiese sido muy sencillo administrar el papel con unas dosis de frialdad y dureza, consigue hacernos la maldad humana, en el sentido de cercana a lo que todos, al fin y al cabo, somos o podemos ser. La buena gente es de nuestra especie, pero los peores también. Y el arte honesto debe abrir al menos un pequeño resquicio por donde contemplarlos con profundidad y conocer sus sentimientos y sus motivaciones, por mucho que no las compartamos y nos reafirmen en nuestra idea de que merecen el mayor castigo. Los malos más malos, en mi opinión, son los simples descerebrados; en el caso de este personaje, Swinton se las arreglaba para mostrárnoslo siempre al borde del derrumbamiento, impávida por fuera y especialmente en público, pero sorprendentemente azorada, sudorosa y tartamudeante por dentro. Un ser humano que tan sólo se ha dejado poseer por el demonio de la lógica empresarial.


Ayer vimos 'Julia', su última película estrenada en España. Si no se tratase de una historia áspera, desasosegante e incómoda, su actuación habría llevado todos los premios imaginables. Julia es una alcohólica cuya vida se limita el enredo inacabable en el mundo sórdido de los locales cutres, la borrachera cotidiana, el despertar con un aliento horrible en compañía de sabe dios quién o tirada en un callejón. En un momento dado le sale un plan delicitivo para hacerse rica, y trata de llevarlo a delante con torpeza, de forma que todo se va complicando. El argumento no es nada del otro mundo, pero sí la actuación de esta actriz maravillosa. En unos minutos apenas te olvidas de su nombre, y sólo ves a Julia, una adicta, intratable, sucia, impulsiva, incoherente, desastrada y cruel mujer que intenta salir adelante a golpe de improvisación. Volviendo al tema del aspecto físico, en una escena aparece medio desnuda, y los que ves en la pantalla (¡sacrilegio!) es algo tan normal y cotidiano en la calle que te desconcierta contemplarlo en el cine: alguna supuesta "imperfección" en su cuerpo, pero de las de verdad, no de las de "Charlize Teron haciendo de fea y gorda para los Oscar". Como en toda buena historia, los personajes no se limitan a ser arquetipos y evolucionan, pero con sutileza. En ésta, Julia acaba transformándose tan sólo en un último plano de apenas segundos, cuando toma la decisión correcta y aun así mira con ojos expresivos y tristes aquello a lo que acaba de renunciar. Y pasan las horas y uno no olvida su mirada. En eso, a fin de cuentas, consiste el arte.

Afortunadamente, Tilda Swinton tendrá una carrera larga, cualquiera que sea el medio en que pueda y quiera desarrollarla. Las otras, sin embargo, desaparecerán como globos pinchados tras una fiesta infantil.

1 comentario:

  1. ¡ooooooooh Tilda! ¡qué morbo compartido...! y santa razón que tienes (Pe de botijo, tipo la niña de tus ojos, si es que no cambiará)
    Aunque en Tilda la anorexia sea natural y no tenga muchas curvas, ni falta que le hace, me gusta así. Además, es que l@s pelirroj@s me ponen mucho. enhorabuena, me he reído todo lo que me permitían las grapax ;)
    p.d.:veo que vas mutando el blog a uno de 'celebrities' XD jajaja

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