martes, 5 de mayo de 2009

La pequeña Betty y sus encantadoras lecciones.

Yo era uno de aquellos que juzgaba con ironía a los que se encariñaban con un perro. Era también de los que adornaba su cara con una mueca de asco cuando veía a un ser humano inclinarse para recoger un excremento en la calle. No podía entender a los que vivían con auténtico sufrimiento la ausencia de su mascota. Por eso debo agradecer a la pequeña Betty que la primera de las lecciones que me está enseñando es la de la tolerancia, algo que uno predicaba mucho pero ejercía poco en determinados casos: ponerse en el lugar del otro y tratar de entenderlo. Bien es cierto que el "mundo-perro" esta lleno de personas que vuelcan en él sus frustraciones e incluso patologías, pero no más que en el ámbito del trabajo, las relaciones afectivas, la creación artística, etc.
Lo cierto es que se establece una relación especial con las mascotas, máxime cuando son tan expresivas y participativas como Betty. Desde un principio estamos tratando de educarla con buena mano, haciendo que respete nuestros horarios y podamos así salvaguardar los aspectos esenciales de nuestra vida, pero ello no es óbice para que disfrutemos intensamente de ella. Los Mini-Pinscher son una raza de contrastes: se puede pasar dos horas de siesta en tu regazo (bueno, le gusta más el de Nuria... y no seré yo quien discrepe de su criterio), roncando muy suavemente, 'soñando' agitada, cambiando de postura tras abrir levemente un ojo y comprobar que todo sigue bien... y una vez en el suelo, recuperar su naturaleza cazadora y correr por toda la casa (afortunadamente tenemos un pasillo largo) detrás de sus pelotitas, enfadándose sola con un muñeco, robándote un calcetín... Entonces te das cuenta de que al fin y al cabo no es más que un ser vivo, con emociones, reacciones, euforias y dolores no demasiado distintos a los tuyos: no sabe leer, claro, pero sí disfrutar de una buena comida y una siesta al sol (muy española nos ha salido); está triste cuando se siente sola y eufórica en compañía de los que la quieren; siente curiosidad y miedo a un tiempo por todo lo nuevo... Y ayer nos puso en evidencia de una manera demasiado cruel: una vez que avanza su ciclo de vacunas, pudimos sacarla a la calle por primera vez con su correa y su arnés, y el caso es que no habíamos socializado tanto en toda nuestra vida, la gente -vecinos o no- nos paraba a cada poco con una amabilidad desconcertante. Nos mirábamos el uno al otro como diciendo "qué está pasando aquí". Y eso era lo que pasaba: la pequeña Betty y sus encantadoras lecciones de vida.

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