lunes, 15 de junio de 2009

'El hombre del traje gris', de Sloan Wilson (Libros del Asteroide). Capra en el infierno.

Esta es una de esas novelas de lectura sencilla pero que contiene profundidades a los que otras, de prosa e intenciones aparentemente más complejas, no llegan ni de lejos.
Antes de hablar sobre ella me gustaría consignar una primera y refrescante impresión relacionada con su tema y su contexto: el mundo del trabajo, las oficinas, los "hombres de traje gris" y maletín de cuero que bajo su aspecto engañoso de triunfadores en el edén del capitalismo esconden la faz oscura del nuevo proletariado; una faz, ciertamente, limpia de sangre, carbón o polvo del camino, pero que acaso no sea sino el reflejo de heridas más hondas que sólo a una cierta distancia, e incluso desde una mirada colectiva, resultan perceptibles. Es curioso que el gran proyecto profesional en el que se ve envuelto el protagonista gire precisamente en torno a la salud mental, que parte de su trabajo consista en coadyuvar para que los americanos tomen conciencia de ese problema creciente; tal vez, aun de manera involuntaria, el autor haya empleado esta circunstancia como velada indicación de hacia dónde van los males del trabajador contemporáneo. Pero volviendo a la primera impresión a la que me refería, es de agradecer que en estos tiempos podamos leer, gracias a la publicación de Libros del Asteroide (sello editorial que se está abriendo camino con el buen gusto como bandera), una novela que aborde el mundo laboral. Indudablemente el trabajo es la actividad a la que los seres humanos ofrecemos el mayor número de horas y preocupaciones a lo largo de nuestra vida; la actividad asimismo que más nos condiciona en todos los órdenes (la vida privada, nuestra salud, nuestra concepción del mundo), donde con frecuencia se encuentran los mejores enemigos, y si hay suerte un puñado de amigos; donde cada cambio en los procesos productivos trastoca nuestra vida hasta extremos inimaginables hace poco más de un siglo. Y sin embargo, la narración contemporánea (tanto literaria como cinematográfica) permanece sorprendentemente ajena a ese mundo; claro que en realidad no debe haber tal sorpresa, por cuanto es bien conocido que en la actualidad "el artista oficial" es alguien con los contactos precisos y los medios necesarios (todos ellos normalmente procedentes de la política) para vivir el agradable limbo de lo creativo, de forma que encontraremos infinidad de historias sobre las crisis creativas, los amores frustrados, las experiencias místicas en paisajes extraños, y el duro camino onano-destructivo de la noche, el sexo y los alcoholes diversos... Pero nadie nos hablará del que madruga, coge cinco metros y comparece en un puesto de trabajo que es la única agarradera que le permite salvarse del vacío, lo que anula por completo su voluntad, sus esperanzas y, sobre todo, su conciencia de clase. Vivimos en un mundo en el que la única perspectiva del trabajador es llevarse bien con los que mandan, de forma que cuando el jefe o el político carraspea, sus subordinados no pueden conciliar el sueño tratando de interpretar ese carraspeo. Pero "los artistas oficiales" están muy ocupados habándonos del atormentado mundo interior de "los artistas oficiales" como para perder el tiempo el vulgaridades semejantes.

No ocurrió así con Sloan Wilson, que supo leer la gran novela de su tiempo y transcribirla hasta hacerla perdurable en el nuestro. Porque lo que ha de quedar claro es que no estamos ante una obra meramente constumbrista, un mapa de la América de los cincuenta, quizá de moda por 'Revolutionary Road'. Nos encontramos, por el contrario, ante la gran epopeya del hombre moderno: su maleta, su traje gris, y sus decisiones, sobre todo estas últimas. El personaje principal se ve ante diferentes bifurcaciones en el camino de su vida que lo obligan a decidir, y ése es el tema de fondo de la novela, el del ser humano permanentemente constreñido por un trabajo sobre el que carece de cualquier capacidad de autodeterminación, ajeno a sus ilusiones, incierto en su contenido, su plazo o su finalidad, y retribuido siempre en ese límite que funciona como implacable atadura: suficiente para poder sobrevivir como ejemplar de la especie humana -al menos de momento... cualquier previsión de gastos futuros como los estudios de los hijos, resulta aterradora- e insuficiente para ser ciudadano y persona. ¿Pero cómo dejarlo, y si me quedo sin nada, y si cambio a peor, quién soy yo para decir por los que de mí dependen? Frente a todos esos dilemas nos sitúa la novela, y lo hace a través de una narración llevada en volandas por un lenguaje ágil, directo pero en modo alguno simple, con diálogos creíbles sin ser meramente imitativos de tonos y formas, y ocasionales licencias poéticas o simbólicas introducidas con plena fuerza y ninguna disonancia: el desconchón de la pared en forma de interrogación, la mandolina como recuerdo fosilizado de días felices, el ascensor como puente entre la serenidad y la inquietud, la mano de la niña en la de su padre, "suave como una tórtola".
Pero si hay un aspecto verdaderamente conseguido en el libro son los personajes: habrá opiniones, como la del prólogo a cargo de Jonathan Franzen -completamente prescindible y que aconsejo al lector pasar de largo-, que los enjuicien como poco creíbles, bien es conocida la ad¡nimadversión de ciertos autores contemporáneos hacia los finales más o menos justos y más o menos "felices", proporciona mucho mayor prestigio el hecho de que todos acaben hechos unos zorros, que haya un suicidio, una ruptura matrimonial dolorosa, una escena final que nos muestre a las claras la soledad del protagonista... Nada de eso encontrará el lector en la novela; por el contrario, los personajes evolucionan y crecen a través de las mareas de sus conflictos: el "hombre del traje gris" aprende a aceptar como parte de su vida el pasado doloroso de la guerra, y de ese recuerdo obtiene fuerza suficiente para aprender a ser audaz y sincero ante su jefe; éste, por su parte -y con una sutileza que debemos reconocerle al autor- descubre las grietas de su aparentemente impoluta carrera de éxito y trata de repararlas -o exorcizarlas- convirtiendo a su empleado en una especie de propósito redentor, al reconocer en él algo que nunca se atrevería ser pero que merece su deferencia; la mujer "se empodera" en una especie de huida hacia adelante que al final tiene mucho más sentido del que hubiese podido preverse, lo que la convierte quizá en la más valiente de todos ellos, la única que de manera decidida toma las riendas y sigue una dirección en la que también hay lugar para entender al otro -la vida pasada de su marido y la consecuencia que trae consigo, que no especificaré para no desvelar más de lo necesario al lector/a-; el juez deja de tener dolor de estómago cuando comprende que no todo es mezquino y no todo es conflicto, que la justicia aparece de vez en cuando y nos ilumina con su brillo tímido; el anciano ambicioso recibe una elegante derrota de manos de caballeros honrados; el chupatintas envidioso y rencoroso no tiene otro remedio que hacer un mutis a regañadientes; el honesto compañero de guerra promueve con sus atemperadas gestiones un final aceptable para todos...
Frank Capra, en definitiva, sumido en el infierno laboral de la sociedad de la información y los servicios que en los años cincuenta ya estaba despuntando. Por desgracia, la vida real que conocemos se aleja demasiado de sus películas, y son los malos quienes suelen llevarse el gato al agua. De ahí el error, insisto, de las narraciones tremendistas tan al uso en nuestros tiempos: que todo es una mierda no necesitamos que nos lo cuenten, basta encender la tele. Los seres humanos necesitamos también esperanza, una esperanza más alta que la proveniente de las dudosas verdades de la religión o la política; aquélla que, en sus mejores realizaciones, nos ofrece el arte.

4 comentarios:

  1. Tras leer la reseña que sale en 'Mercurio' en septiembre y releer la tuya, no hay color. No dejes que el blog palidezca, aunque tengas que hacer un pequeño esfuerzo.

    Aprovecho para recomendarte encarecidamente la serie 'Mad Men'. No es 'Lost', ni mucho menos, pero tiene los mejores diálogos que he visto nunca.

    Abrazos

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  2. Gracias, Rafa,

    la semana que viene le voy a pegar un arreón al blog. Mad Men está sonando mucho y ya la tenía en mente. Esperaba quizá la opinión cualificada de alguien fiable. Ya la tengo.

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  3. Mucho de lo que dices del libro lo encuentro en 'Mad Men', creo que te interesaría mucho. Ya te lo explicaré en un correo. Y lo de fiable... Te recuerdo que mi película favorita sigue siendo 'Gremlins'!

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  4. ¿Pero 'Gremlins 1" o la 2 o la 3?
    En todo caso, será tu favorita porque aún no has visto "Depredador"

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