lunes, 27 de julio de 2009

'La dama de la furgoneta', de Alan Bennett (Anagrama). Historia de una grieta.

Publicada seguramente a rebufo del éxito de "Una lectora nada común", de la que hablé hace tiempo, esta nouvelle presenta un carácter muy distinto: si en aquélla triunfaba una fabulación irónica y plena de sentido, ahora es la realidad, ausente de ninguna construcción literaria, la que para bien o para mal se impone con su escaso vuelo. Buena parte del libro reproduce fragmentos del diario del autor en torno a los quince años en que una "sin techo" se instala en su jardín para vivir en una furgoneta destartalada. Asistimos a esa relación desde su mismo nacimiento, en forma de pequeña "buena obra" de alcance en principio limitado, y vemos cómo la inercia la va prolongando hasta su mismo límite vital. Son numerosos los pequeños apuntes en que Bennett recoge las expresiones y episodios más o menos surreales de la anciana con un propósito sutilmente humorístico, al tiempo que refleja su propia impotencia ante tales sucesos y requerimientos.

Pero el mayor interés del libro se encuentra en la reflexión que precede al desarrollo diarístico, cuando el escritor nos habla acerca de la grieta existente entre la posición social y la conciencia social de la burguesía progresista que él mismo representa, para concluir que en esa grieta fue donde se instaló Miss Shepherd, la dama de la furgoneta. Interesante metáfora que se ve corroborada a lo largo de la novela, en que asistimos a las manipulaciones, jugarretas e impensables molestias que la mujer le ocasiona, al mismo tiempo que comprendemos su infinito desvalimiento; de ahí que la narración esté compuesta de tantas ausencias como minuciosas descripciones de percances: nos referimos al malestar de Bennet por la situación, a su arrepentimiento, a la constante y torturadora sensación de estar haciendo más de la cuenta, o menos de lo conveniente. Todo ello no aparece en el libro, redactado con la pudorosa distancia inglesa, pero podemos intuirlo en la mera selección de los hechos, tan divertidos como desesperantes, así como en determinados detalles escatológicos que se nos narran con un detalle cercano al ensañamiento.

Da la impresión, en definitiva, de que el autor hubiese reparado en las profundidades en que podría desembocar su propósito literario, y hubiese decidido entonces quedarse flotando en la superficie, azuzado quizá por las corrientes subterráneas pero sin perder de vista la luz del sol y su sonrisa. El resultado es una obra menor, que invita a ser completada por la imaginación del lector, y quizá por ello nada desdeñable.
Claro que la realidad no permite, en ocasiones, semejantes fugas imaginativas. Así nos ocurre ahora a nosotros con un hombre polaco de mediana edad que en una avenida por la que cruzamos todos los días camino del trabajo nos encontramos tirado en el suelo entre un rimero de mantas y otros objetos de desecho. Lleva así varios meses, y su estado resulta cada vez más preocupante, agravado, en lo que podemos deducir, por su alcoholismo. La semana pasada algún ciudadano de orden debió de denunciar su antiestética presencia en las calles de esta Alicante glamourosa donde las hubiere, y la policía resolvió el problema retirándole todas sus pertenencias y tirándolas a un contenedor. Solucionada así la embarazosa situación, el ciudadano de bien imaginamos que durmió más tranquilo, y el pobre polaco se quedó en la calle literalmente sin otra cosa que lo que llevaba puesto, tirado en el rellano de un banco que han cerrado con llave para que no duerma dentro, sin fuerzas para levantarse o recursos para salir adelante por sí mismo. Esa noche le llevamos una manta, una bolsa para guardar sus cosas, un cojín, tabaco, comida y unas monedas. Pero al día siguiente seguía allí, y al siguiente, taladrando nuestra conciencia, haciendo más grande esa grieta irresoluble: ¿aviso a Servicios Sociales o eso será peor -no cabe duda de que tienen que conocerlo-, terminarán por barrerlo por el procedimiento, quizá, de retirarlo al igual que los trapos viejos y depositarlo en otro lugar?, ¿hago bien dándole dinero, hago bien comprándole tabaco?, ¿hago menos de lo que debería hacer? Persisten las preguntas en tanto persiste su incómoda presencia, que de manera callada, sin el humor de la novela de Bennet, nos susurra que algo no va bien en nuestro mundo. Algo tan serio que no admite fabulación.

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