martes, 7 de julio de 2009

'After Henry James'... la nada.

Dudaba si leer o no este libro maravillosamente editado por 451 ('After Henry James', VV.AA.), sobre todo porque, siendo el maestro uno de mis autores favoritos, tal vez mi opinión estuviese mediatizada por excesivas expectativas o insuperables prejuicios. La idea de la que nace el volumen es excelente: en los cuadernos de notas de James se apuntan brevemente ideas que con posterioridad podría desarrollar, aunque resulta imposible imaginar en qué medida y con qué extensión, pues no en vano algunas de sus grandes novelas comenzaron por un mero esbozo de tres personajes. Eso, y una de sus últimas entradas, en la que sugiere que alguien debería llevar a término esas ideas, parecen justificación suficiente para un proyecto como el que comentamos.



El problema es que, por una cuestión de estricto respeto a la grandeza del autor supuestamente "homenajeado", los relatos deberían haber estado a una mínima altura en cuanto a calidad. No hablamos de imitar el tono de James, pues de lo que se trataba no era de concluir un cuento, sino de restacar una idea, y a menudo sus apuntes no iban más allá de impresiones más o menos abstractas, o incluso conceptos. Cada uno de los autores contemporáneos, evidentemente, es dueño de su voz y su mundo, y la manera de acercarse al clásico -a través de ambos- puede alcanzar un resultado artísticamente enriquecedor para el primero, estimulado por el reto quizá excesivo de una obra incontestable.


Insisto, pues, en que no esperaba forzadas imitaciones del fraseo del maestro, o su capacidad para profundizar en lo observado, eludir lo evidente e iluminar lo en apariencia insignificante. Con independencia de la mayor o menor afinidad que uno sienta hacia determinadas expresiones artísticas, nada hay que objetar, en principio, a las lecturas de James en el cine, el arte, la ópera, el teatro -hay una buena versión de "La bestia en la jungla" por Margarite Duras-, el cómic, el rap y, si me apuran, el videojuego -Isabel Archer como heroína matagalanes... bueno, tampoco nos salgamos de madre-. La única exigencia que cabría hacer a tales proyectos sería que en cada uno de ellos los respectivos creadores se tomasen en serio el asunto y procurasen entregar al lector/espectador lo mejor de su arte.


No ha ocurrido eso en este libro al que calificar de "irregular" sería excesiva condescendencia. El tono medio es tan espantoso que los relatos que, por excepción, no lo son, brillan doblemente. Me refiero a los de Vicente Molina Foix, Colm Tóibín y, tal vez en menor medida, Andrés Barba. El primero de ello es verdaderamente extraordinario, a la manera de esas pequeñas historias con pudorosos ribetes humorísticos -como "El mentiroso"- que no faltan en la obra del maestro; Molina Foix comprende el valor de la idea, que en su caso prácticamente estaba desarrollada, y la lleva a cabo sin otra pretensión que la de guiarse por ella, empleando los recursos literarios con el mismo rigor estilístico y compositivo que en cualquiera de sus textos. De la de Colm Tóibín podemos decir que es quizá la que de manera más directa se muestra imitativa de los modos y maneras jamesianos, apuesta segura con la que concluye una pieza clásica a la altura del propósito. Andrés Barba es de los tres el que seguramente, en cuanto escritor, se encuentra más alejado de James, y sin embargo hace suya la naturaleza indagatoria o especulativa de su idea, en un relato del que únicamente se esperaba un final más trabajado (parece que simplemente "se deja terminar").
Sobre el resto de los autores, decir que debería darse inmediato traslado a la Fiscalía General de Asuntos Literarios, si la hubiese, para abrirles causa. El de Juan Villoro no sólo es una inanidad, sino que nos hace pensar en por qué este autor tiene el nombre que tiene -es claro que cosas mejor debe de haber hecho, así que no puedo emitir un juicio global-; el de Soledad Puértolas es representativo de lo peor de su producción breve, en la que también hay excepciones: recuerda al tono de aquella corriente de imitadores de Carver que se dio en llamar realismo sucio, no en cuanto al tema, pero sí en lo que se refiere a la propia idea del relato como una pequeña escena sin inicio o fin discernibles, incoherente y vacua; el de Javier Montes promete mucho y se diluye a medida que avanza; el de Margo Glantz peca de excesivamente simple, y está inflado con digresiones prescindibles -lo último que debe ser una digresión-.
No nos resulta complicado encontrar sustitutos solventes para este libro entre los narradores contemporáneos: Javer Marías -cómo no-, Luis Magrinyà -el primero de todos-, Cristina Fernández Cubas, Marcos Giralt Torrente, Clara Sánchez...
Es una lástima que las hermosas ilustraciones de este libro vayan acompañadas por textos tan descuidados. Resulta desolador para los jamesianos, y desaconsejable para quienes quieran acercarse a la obra del maestro. Al menos a mí me ha servido para retomar mi interés por la obra de Vicente Molina Foix, Nuria me ha regalado su nuevo libro de relatos en Anagrama, del que ya os iré contando alguna cosa.
Henry James nos ha regalado una literatura rigurosa, fascinante por bella y compleja, profundamente cercana a las preocupaciones fundamentales del ser humano, entre ellas la del propio arte en que se expresa desde que el tiempo es tiempo, nos ha hablado de los dolores del alma, del tormento de la psique y las trampas de la imaginación, de la mujer nueva y la sociedad vieja que a ella se enfrentaba, del mal en sus manifestaciones más sutiles y refinadas. Nada de esto aparece en un volumen en el que, a salvo las mentadas excepciones, un grupo de autores irresponsables ha solventado, sin pericia ni apenas interés, un -por desgracia- prestigioso encargo.

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