miércoles, 22 de julio de 2009

La otra Margaret Atwood.


Hay una Atwood novelista,Cursiva quizá de las más grandes que en la actualidad podamos encontrar en las librerías, y tal vez esa condición, como suele ocurrir, ha oscurecido otras igualmente apreciables. Estos días me he acercado a la poeta, y el encuentro ha sido provechoso. 'La puerta' es su último poemario, y en él recorre, desde unos mismos parámetros estilísticos -verso libre y tono narrativo- diferentes objetos temáticos en cada una de sus secciones, desde el propio acto poético al encuentro con la naturaleza -imposible no recordar las eficaces descripciones paisajísticas de 'Resurgir'-, pasando por sus preocupaciones éticas y políticas -su posición en cuestiones de género, siempre rigurosa y nada dogmática- o algunas remembranzas de índole personal. En todos los casos se nos muestra una voz irónica, desmitificadora, pero a la vez compleja y audaz en la elaboración de imágenes y pensamientos. Atwood concibe la poesía, en realidad, como un elemento más de su quehacer literario, y no parece que precise de excesivas modulaciones al pasar de un género a otro. Reconocemos a la narradora en este libro, al igual que recordaremos a la poeta al leer cualquiera de sus novelas.
Especial mención merece para mí el poema que da título al libro, de significado abierto, pero que no es difícil de arrimar al ascua del hecho creativo, y la permanente llamada con que nos reclama y la agotadora tensión que su presencia origina en el resto de nuestra vida, porque "la puerta se abre/miras lo que hay dentro./Está oscuro en el interior,/probablemente hay arañas,/no hay nada ahí que tú desees./Tienes miedo./La puerta se cierra"; pero tras unos cuantos versos -instantes fugaces, aunque persistentes, de la cotidianidad-, finalmente "La puerta se abre:/Oh, dios de los goznes,/dios de los largos viajes,/has cumplido tu palabra./Ahí dentro está oscuro./Te confías a las tinieblas./Entras dentro./La puerta se cierra". La lectura de esta extraordinaria autora nos hace ese tránsito más fácil, como aquellos antiguos serenos que acudían en tu ayuda si faltaba la llave, o la puerta estaba atascada. Así ella nos enseña a vivir allí, en las tinieblas, y a salir y entrar sin temor ni cicatrices.

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