domingo, 30 de agosto de 2009

'Mapa de los sonidos de Tokyo', el valor de la autoría.

Últimamente Isabel Coixet se ha convertido en el pim-pam-pum de algunos críticos y un puñado de espectadores a los que les inspira tan malos sentimientos que poco les importa el contenido de sus películas. Y no vamos a negar que en cierto modo se lo ha ganado, pues la mayoría de sus proyectos últimos aparecían condicionados por un guión tan débil que resultaba imposible de enmendar por su notable pulso estilístico. En mi caso reconozco que después de una película tan tramposa como "La vida secreta de las palabras" se me quitaron las ganas de ver la siguiente, "Elegy". Ayer fuimos a ver, por tanto, "Mapa de los sonidos..." con mucho escepticismo, y movidos más bien por nuestra querencia japonesa. Nos conformábamos con que la peli nos devolviese a Tokyo durante unos instantes, y esperábamos salir del cine recordando esa sociedad tan fascinante, para lo bueno y lo malo, y farfullando contra la Coixet, como siempre.
Pues no ha sido así. Me ha gustado mucho esta película, aunque parte, una vez más, de un guión discutible, que al menos por haberse ceñido a un canon no resulta tan endeble como en anteriores ocasiones. Nos cuenta una historia mil veces vista o leída: la del amor fou entre dos personajes malheridos, con sus consabidas escenas de sexo arrebatador y supuesta frialdad emocional; a ello se une el viejo tópico del asesino de corazón de piedra que (ay) se enamora de su víctima, de forma que se gana la venganza de quienes le han encargado el trabajo. Suena a conocido, ¿verdad? Sin embargo el argumento acaba teniendo una importancia relativa frente a la personalidad de la cineasta y su particular manera de rodar, ensamblar sonido e imagen o subrayar detalles tan significativos como sugerentes.
Arranca la película con una escena poderosa, la de la cosificación extrema de la mujer en la sociedad japonesa que supone esa comida de negocios en la que el cuerpo femenino hace de barra de sushi. A partir de ahí, la oscuridad y una sutil tensión propiciada por los silencios -Coixet siempre ha manejado bien los silencios- ocupan la pantalla y nos envuelven en una propuesta estilística que supera la eficacia narrativa. Ese segundo narrador de la película, el cazador de sonidos, aporta distancia y enigma al asunto, vemos a Ryu a través de sus ojos y así nos enseña a sentir por ella tanto interés como inducida compasión. El personaje de David, interpretado por uno de esos actores que nunca falla, Sergi López, es más esquemático y a ratos incomprensible, pero el encuentro entre ambos, y el posterior desarrollo de su relación, lo completa. La resolución de la historia es algo que, una vez más, hemos visto en infinidad de películas. Pero cuando salimos de la sala, y al día siguiente, son otras cosas las que pasan por nuestra cabeza: los limones con que Ryu trata de quitarse el olor a pescado en la ducha, la textura gomosa del mochi en sus labios, la compañía muda del investigador de los sonidos de Tokyo y su atormentada amiga, los planos aéreos de Tokyo, el hombre-planta de la estación de metro, y los adolescentes en terapia callejera a la salida; esa habitación de hotel que reproduce un vagón de metro, y donde el sexo es tan áspero como en los encuentros furtivos y violentos que, de acuerdo con la leyenda urbana -tal vez cierta-, han provocado que existan vagones exclusivamente para las mujeres; los planos cortos de rostros reconcentrados sorbiendo ramen; la calidez de una conversación en torno a dos copas de vino, mientras diluvia con fuerza al otro lado del escaparate de la vinoteca; las encantadoras cabinas de luces del parque de atracciones...
Abundan en el cine los productos de entretenimiento eficaces, cuya producción industrial, tan denostada, sirve al menos para afinar los detalles en aras de una coherencia narrativa que logre mantener la intensidad hasta el final. No es eso lo que le pedimos a cineastas como Coixet, sino algo que abunda mucho menos: su mirada personal de autora, la creatividad formal, el tratamiento riguroso del tiempo, las formas y los sonidos (entre ellos la música, emocionante la inclusión de "One Dove", de Antony, al final). Todo ello lo podemos encontrar en esta película. Si es poco o mucho, queda a decisión del espectador. Confiemos al menos en que este tipo de artistas no terminen por desaparecer a manos de la supuesta libertad del supuesto mercado, y ni siquiera tengamos la opción de discutirlo.

2 comentarios:

  1. Sin emocionarme en exceso, admito que es de las pelis de Coixet que más me han gustado... Ahora la interpretacion, plana y carente de sentido de Sergi Lopez, es imperdonable... es imposible hacerlo peor.

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  2. Sí, la interpretación de Sergi es discutible, a Nuria por ejemplo le ha horrorizado, sobre todo el doblaje. Por desgracia en el cine contemporáneo cada vez tenemos que poner el listón más bajo.

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