miércoles, 30 de septiembre de 2009

Betty Jara de Fuentepalacio & Tello-Casoledo.

A ver si nos entendemos, no he escrito un post dedicado a ti hasta ahora porque no es tan sencillo. Tienes razón, sí que lo hice al principio, cuando te trajimos a casa. Pero no es lo mismo, porque aún no formabas parte de la familia. Eras una cosa pequeña que se movía y planteaba interrogantes fundamentales: ¿sabríamos cuidarte?, ¿nos quitarías todo el tiempo libre?, ¿serías un factor de estrés acumulado al trabajo?, ¿destrozarías la casa?, ¿la convertirías en una especie de pocilga pop?, ¿saldríamos cada mañana a la calle con un olor sospechoso? No te ofendas, que uno no había tenido mascotas hasta entonces, y ya sabes que a mí me gusta ponerme en lo peor para luego ir mejorando.



Claro que debí entender aquella señal del principio, en una de las primeras veces que salimos a la calle contigo, cuando ya tenías tus vacunas y podíamos pasearte. Era bastante tarde y los alrededores de la casa estaban a oscuras, caminábamos cerca de la guardería ésa donde te gusta asomar el hocico y ver a los niños, a esas horas cerrada, y de repente ocurrió algo: miramos hacia arriba y vimos cómo una bandada de pájaros cruzaba el cielo oscuro. Pero no los habituales que suelen verse, eran enormes y tenían la panza marrón o parduzca, de forma que por efecto de la luz de las farolas parecían estar iluminados ellos mismos, y eran tan grandes y marchaban en una formación tan perfecta que nos quedamos estupefactos y sobrecogidos por su belleza. Seguramente se trataría de aves migratorias que provenían de algún país lejano. Pero lo que no supe entender era que todo se debía a ti: que en adelante serías como un imán capaz de atraer a nuestra vida momentos agradables, hilarantes, hermosos, inolvidables, en suma. Y no has dejado de hacerlo cada uno de los días de estos cinco meses.



Así que hoy voy a ponerme sentimental (no me mires con esa cara, ya sé que siempre estoy sentimental) y comentar algunas cosas que me gustan de ti, y por las que te estoy agradecido.
En primer lugar, me has enseñado a ser tolerante en un doble sentido. A mí nunca me gustaron los perros (no tengas la desvengüenza de pensar que ya se nota, esto no tiene que ver con el hecho de que te tenga prohibido el chocolate), y era de los que ironizaba sobre la gente que exteriorizaba en exceso su aprecio, que se preocupaban por dónde dejarlos cuando se iban, que se hacían acompañar por ellos en todas partes, y que se inclinaban hacia el suelo, con sus mejores galas, para recoger caquitas como si tal cosa. Creo que todo es cuestión de lenguaje, normalmente cuando decimos "perro" estamos manifestando un ancestral desprecio, sugiriendo un escalón inferior en el reino de la naturaleza; si lo piensas bien, ese término se emplea incluso como insulto. Pronto empezamos a darnos cuenta de que eras sencillamente un ser vivo, de que sentías de una forma muy parecida a la nuestra: eras feliz en compañía de los tuyos, te sentías desamparada cuando nos alejábamos, te divertías un montón jugando, hasta volverte medio loca, y descansabas luego con una expresión memorable de placidez corroborada por encantadores ronquidos que aún hoy me sorprenden. Así que no fue difícil comenzar a tratarte como un ser vivo, y no una cosa. Para mucha gente, ese trato es revelador de alguna carencia psicológica de los dueños, tal pareciera que las mascotas debieran tenerse para a continuación hacerse los duros y tomar distancia. No es nuestro caso: desde hace cinco meses no hemos dejado de vivir como siempre lo habíamos hecho, salimos y entramos, estudiamos y leemos, practicamos deporte, viajamos... Resulta que al final sabemos cuidarte, y no destrozas la casa, no nos quitas más tiempo que el de cualquier otra tarea cotidiana, olemos a lo de siempre (bien, espero) y encima nos estás dando mucho más de lo que podré reflejar por escrito (te aviso, no obstante, que estos halagos no supondrán doble ración en la cena ni que puedas quedarte a dormir en el sofá). Pero volviendo al trato como el ser vivo que eres: en seguida nos fuimos adaptando los unos a los otros, y al tiempo que aceptabas nuestras reglas (con mejor o peor gana, todo hay que decirlo), nosotros aprendíamos a entenderte. Aprendimos que no eres un juguete con el que hacer gracias para mostrarlas a la gente, que no te podemos dar de comer tonterías, y que el único esfuerzo que requieres es el de proporcionarte ocasión para quemar tu energía. Y que todo sabe mejor aderezado con cariño. Al principio te cerrábamos en la habitación para dormir, y entonces te ponías a llorar con unos gritillos histriónicos y un desgarro flamenco que -perdón por la vulgaridad- nos los ponian de corbata. Pero nos hicimos fuertes y pensamos: de ahí no sale. Todo el mundo nos decía que nos arrepentiríamos en el futuro de las concesiones que hiciésemos mientras fuese cachorra. Pues no, resulta que no. Tras varios días llorando tú, y gritándote nosotros desde el otro lado de la puerta, decidimos sencillamente abrirla. Y a partir de entonces te limitas a dar una vuelta a oscuras, comprobar que seguimos por allí, y meterte en tu cama perruna. Quizá ésa sea la regla, tan simple como efectiva: ni tú puedes coartar nuestra vida en modo alguno, ni existe razón para que te hagamos sufrir un solo segundo de tu existencia. A partir de entonces la hemos seguido, y nos llevamos muy bien, ¿verdad?



Segunda lección de tolerancia: la gente. Esa masa informe de personas anónimas con las que uno se cruza por la calle convencido de que nada tenemos en común, y ningún interés merecemos mutuamente. Al salir a pasear contigo empezábamos a contar: hasta doce o quince personas se detenían a conversar, te acariciaban, bromeaban contigo, nos contaban historias sobre sus perros... Y en apenas unos meses habíamos hablado con más desconocidos que en toda nuestra vida precedente. Ahora ya sabemos que en el trayecto hacia el centro puede que te encuentres a Golfo, Reina o el Putoblanco (ese nombre se lo he puesto yo porque estoy convencido de que te ha echado el ojo con oscuros propósitos amorosos, el canalla), y a la chica de la frutería, a la de la peluquería canina o a esa otra que suele estar a la puerta del gimnasio. Por no hablar de la camarera de la terraza donde solemos tomar cañas que siempre te saca un trozo de jamón o un hueso de pollo. ¿Y te acuerdas de aquel día en que nos tropezamos a una pareja de chicos y uno de ellos se lanzó sobre ti y empezó a darte besos ante la mirada estupefacta de tu dueño? No lo recordarás, porque a ti te encanta que te hagan carantoñas y te digan cosas, en seguida te pones de pie y tocas a la gente con esos movimientos de las patillas delanteras más propios de un gato.




Así que a tus ocho meses, que cumplirás este fin de semana, ya has estado en Madrid, en Gijón, en Galicia, el País Vasco... Y hasta en el despacho de Nuria, durante tres días, cuando hicimos obras en la casa. Y en todos estos lugares te portaste extraordinariamente bien y nos divertimos contigo. Bien es cierto que Nuria te devolvió a casa tras no haber superado el período de prueba previo a la contratación en su oficina. Aquí te vemos, junto a la papelera, seguramente esperando a que te subiese a sus muslos, donde te quedabas dormida, una vez cumplidas tus labores de vigilancia, que consistían en alarmarte cada vez que uno de sus compañeros de despacho pasaba al baño, o alguien llamaba a la puerta (deberíamos amaestrarte para que espantases a los comerciales de las editoriales jurídicas, ahora que lo pienso).

Más cosas que me gustan de ti:


-Tu picardía. La forma en que nos robas la ropa y te la escondes en tu cuarto, o cómo pretendes engañarnos simulando que haces esas cosas por las que te ganas una golosina, sin en realidad hacerlas. El modo en que, cuando recoges con la boca algo prohibido, te lo escondes bajo la lengua y lo tragas de golpe antes de que la autoridad competente te disuada de comértelo por medios escasamente coercitivos.

-Tu ternura. Es que así no ha manera de ponerse duros y presumir de lo mal que te tratamos. Eres pura emotividad. Con ocasión de un reciente viaje a Madrid tuvimos que dejarte en una residencia canina que es lo más aprecido a aquellas películas carcelarias de los años setenta. Pequeños departamentos de paredes blancas y puertas metálicas con rendija para ver al preso, cierre de pestillo y un reducido patio. En las celdas contigua había un perro enorme y muy loco que golpeteaba constantemente contra la pared. Nos fuimos con la sensación de haber vendido a nuestra madre, y eso que era uno de los mejores centros que encontramos, y cuando regresamos a recogerte, sucedió algo que no podré olvidar nunca. Primero, tus ojos de miedo. El perro de al lado se comportaba como el yeti en las leyendas más sangrientas, y tú estabas allí, hecha un ovillo en tu cama, con una expresión atemorizada que hablaba bien a las claras de lo mucho que tenemos en común, todos hijos a fin de cuentas de la naturaleza, la madre tierra o como cada cual quiera llamarlo (es que soy ateo). Recordé el miedo que yo había pasado en mis primeros días de colegio, cuando no lograba entender por qué motivo la felicidad había tenido que interrumpirse, y me habían arrancado de mi sitio, mis cosas, mi gente. Había estado lloviendo todo el fin de semana y debías de tener frío. Luego nos dimos cuenta de que ni siquiera te había atrevido a hacer tus necesidades. El caso es que en cuanto se abrió la puerta y me reconociste empezaste a saltar y correr con un nerviosismo imparable, y cuando apareció Nuria incluso se te escapó la orina. El veterinario se partía de risa, porque no había manera de ponerte el arnés. Te subimos al coche, te atamos en tu camita portátil de los viajes, y empezaste a llorar. Pero volvíamos ya a casa, y te puse esa canción instrumental que te tranquiliza en otras ocasiones, cuando bajamos a buscar a Nuria a sus clases de yoga, "Cola Jazz Vals", del último álbum de Cola Jet Set. Poco a poco volviste a ser tú, al darte cuenta, supongo, de que la vida recuperaba sus adorables rutinas.


-Tu gusto por lo bueno. Tonta no nos has salido. Aprecias la buena mesa, el paño fino (las mantas agradables, los cojines más blanditos), el agua recién puesta, los empapadores de suelo recién cambiados y los baños de agua tibia. Debe de venirte de familia. En la documentación de tu raza aparece que originariamente te llamabas "Jara", y que eras hija de un perro con un nombre entre espectacular, surrealista e incomprensible: Argos de Fuentepalacio. Quién demonios puede llamar así a un perro. Así que si unimos el nombre -más mundano- que nosotros te hemos puesto, Betty -en homenaje a Betty Friedan, notable autora feminista con expresión de bondad perruna, dicho sea indudablemente como un piropo-, lo que resulta es "Betty Jara de Fuentepalacio & Tello-Casoledo". Claro, esto explica tu porte aristocrático, tu afición al buen vivir, ese medio ladrido o tosecilla anglosajona que te sale cuando algo te incomoda, y tu secreta inclinación a ser dotada de criada y mayordomo, sí, no me lo niegues, ¿o es que no sueltas la tosecilla cuando se te cae una pelota del sofá al suelo simplemente para que te la cojamos? Menos mal que esas situaciones nos renace nuestra conciencia de clase y te respondemos "bájaté tú a por ella, tía vaga". Da igual, te queremos mucho, aunque tengas modos de aristócrata rancia. A fin de cuentas, hasta a los señores de uno se les coge cariño.


Hace poco, al recogerte de Alcatraz para volver a casa, como llevabas tal disgusto decidimos recompensarte con algo a la altura de tus necesidades. Así que pensamos: "vamos a prepararle un Ferrán". Un Ferrán es un Ferrán Adrià, claro está. Un plato de nueva cocina perruna consistente en reunir en una bandejita pijotera lo que más te gusta, y disponerlo con barata creatividad para el disfrute de todos tus sentidos. Aquí lo tenemos:

-Floritura impredecible de queso bien curado
-Emulsión bisexual de jamón de pavo
-Espuma catártica de cereales Special-K
-Salteado hipocondríaco de pienso perruno
-Velo vagaroso de huesito de pan
-En el centro: aire, soy como el aire, ahaá, con aroma de yogur danone

Bebida: agua, Lanjarón reserva 2009.





Hemos de decir que empezaste por el queso, luego el yogur, el pavo, los cereales y, al final, el pienso de todos los días. Y que inmediatamente levantaste la cabeza y nos miraste como preguntando: "ah, pero... ¿era esto?, ¿ya está?". Si te parece manera de comportarse en un resturante caro...


-El amor. Uno de los aprendizajes más emotivos y sorprendentes que hemos experimentado ha venido sucediendo en la sala de espera de los veterinarios. Allí hemos podido escuchar las mejores historias de amor imaginables. Por ejemplo, la de un perro precioso de ojos grises y pelo banco recogido de un contenedor es estado lamentable tras ser apaleado; poco a poco se fue recuperando con el cariño de la chica que lo encontró y toda su familia; no mucho tiempo después el veterinario les comunica tiene una grave enfermedad con pocas (pero alguna) posibilidad de tratamiento, así que desde entonces están aportando el dinero que no tienen para que el perro pueda vivir con la mayor calidad de vida posible. "Él lo haría por nosotros", nos explicaba la chica a punto de ceder al llanto. Y uno piensa en cómo son las cosas: hay gente que se dedica a apalear animales y arrojarlos al contenedor; y hay otra que se dedica a recoger ese mismo animal, quererlo, pedir un crédito y pagarles la quimioterapia. Pero también escuchamos bastantes casos más de perros enfermos y gente que se quedaba sin vacaciones por asumir su tratamiento. Bastaba observarlos mientras hablaban para llegar a la conclusión de que tener cerca a un animal nos hace mejores personas. Recuerdo ahora lo que dice John Berger en su ensayo clásico sobre arte que lleva por título Mirar: loz zoológicos son la expresión de un fracaso, y la culminación de un injustificada y radical separación entre las especies. Desde el inicio de la historia, la animal siempre se ha encontrado en el círculo más íntimo de la humana, compartían la caza, la lucha por la supervivencia, la crianza, el calor y los alimentos. Ellos son nosotros, y nosotros somos ellos. Un pensamiento especialmente doloroso en un país como el nuestro, con una salvaje tradición de maltrato animal.

-Las risas: pero pasemos a algo más optimista, y es que cuánto nos hemos reído desde que te tenemos. Los motivos son variados: tus inexplicables miedos domésticos -a la aspiradora, al vaso de la termomix, al hecho de que nos subamos a una silla-; la forma en que has adoptado un peluche con forma de perrito al que llamamos "Betto", y que te acompaña a todas partes; aquella vez en que te paraste a saludar al caniche de una señora mayor y de repente empezasteis a correr y se enredaron las correas entre nuestros cuerpos, de manera que para liberarnos tuvimos que medio toquetearnos por todas partes, y aun así no había manera; tus divertidas peleas con Nuria, y esa frase que te dice tan a menudo con su acento granadino: "¡pollinerías las justas!", todo un lema educativo (aunque sé que lo hacéis para disimular, para hacer menos manifiesta la dolorosa evidencia de a quién quieres más, pedazo de traidora) ; o el otro día, en el veterinario, cuando vimos esperando fuera a una especie de jabalí enorme, pacíficamente sujeto con un arnés similar al tuyo



-Esto qué es? -preguntamos a los dueños.
-Un cerdo vietnamita -nos respondieron.
-Ahhh... y qué es lo que le pasa. ¿Está enfermo?
-No, es que se ha tragado una pastilla de jabón.
-...
-De jabón lagarto, además. Y lo traemos para ver qué hacemos. De momento no le hemos dado agua... Por si le salen pompas.


Ah, y no se me olvida mencionar entre las cosas que me agradan de ti, tu gusto literario. De un tiempo a esta parte has decidido, en las horas que tienes que pasar encerrada en tu cuarto en casa, atacar una de las estanterías de libros, sacar algún volumen y destrozarlo poco a poco con tus dientecillos de vampiro. De momento la has emprendido con una novela antigua de Lucía Etxeberría, lo cual ha merecido nuestro aplauso. También te has ocupado de un clásico de Onetti -eso ya hace menos gracia-, y de un libro de viñetas de abogados -nada que objetar, tampoco-. Entonces me toca regañarte con una de esas broncas teatrales que recuerdan al Fernando Fernán Gómez popular en youtube, para que te des cuenta de que lo has hecho mal. Y parece que más o menos surte efecto, porque hemos sacrificado ya el de Etxeberría y de momento te centras exclusivamente en él. Los ejemplares de "Los nuevos" y "El lugar del enemigo" están bastante más altos. Pero aun así, por si alguna vez cayesen al suelo, ya te lo advierto: ni se te ocurra. Me ofenderías en lo más profundo de mi alma. Pollinerías las justas.
Y ya acabo, no te quejes, una buena entrada de blog contigo de protagonista exclusiva, señorita Fuentepalacio. He tardado, sí, pero insisto en que era difícil. Ya no eres una cosa extraña y sospechosa, ni siquiera una mascota. El otro día, cuando pasábamos la tarde en la terraza oyendo llover y leyendo, contigo en medio, os miraba a ambas y pensaba: mira. Aquí están las dos. Mi pequeña familia.






8 comentarios:

  1. Precioso, una maravilla. Me ha encantado la profundidad y a la vez la sinceridad y la sencillez con que nos regalas un trozo de tu vida.

    ResponderEliminar
  2. Muchas gracias, Wodehouse. Lo mismo haces tú en tus blogs. Saludos.

    ResponderEliminar
  3. Querido y adorado amo:
    Ahora que Isi se ha ido y he podido encender el ordenador, tranquilo que no es el tuyo es el de Nuri, aprovechando para ponerme al día en lo que se menea por la blogosfera perruna, se me ha ocurrido poner mi nombre en el google y bueno, me he topado la peazo entrada que me has dedicado... Barf, Barf, Barf. Sólo puedo decirte que yo también te quiero mucho, más de lo que tú te crees, y que todos los días espero con ilusión el momento en que abres la puerta de mi cuarto y me acaricias la pancilla.
    Ah, una última cosa que se me olvidaba... esto... es que se me cayó sin darme cuenta ese ejemplar tan viejo que tienes del tal James y no veas qué papel tan rico, nada que ver con el de la Extcheverría, oye, nada que me puse a jugar y me comí sin darme cuenta unas cuantas hojas.
    Bueno, papa, gracias por la entrada, barf, barf, y ven pronto que ya me aburro!

    ResponderEliminar
  4. Hola, Betty, te escribo desde la unidad de cuidados intensivos del hospital de Alicante.
    Si te refieres a la biografía de Henry James escrita por Leon Edel y que conseguí de una editorial sudamericana, espera que me den el alta del infarto y en seguida sabrás a qué me refería cuando hablaba de "salvaje tradición de maltrato animal".
    En cuanto a lo de que me quieres, no lo dudo. A fin de cuentas tampoco quiero competir con tu dueña. Ya le dejé claro a ella cuando te trajimos a casa que mi única y sencilla condición era que yo nunca dejase de ser "EL PRINCIPAL, EL ÚNICO Y, SUBSIDIARIAMENTE, EL PRIORITARIO".

    ResponderEliminar
  5. Sin palabras. El texto se ha hecho esperar pero ha llegado. Hasta me planteo tras leerlo tener la misma experiencia. Fantástico. Otro post para guardar.

    ResponderEliminar
  6. Gracias, Rafa, siempre generoso. Te recomiendo la experiencia, puro "sentir" en contraste con el "pensar" que cultivamos al leer o escribir. Es un contraste reconfortante.

    ResponderEliminar
  7. para no decir la obviedad de que escribes muy bien: desde que Betty está aquí es todo mejor. me permito recomendarle la entrada a una persona que me ha hecho amar a los perros, Rubbersealed, pues él los ama. Supongo que hasta que no te sientes responsable de una criaturita encantadoramente fiel no puedes considerarte completo. Hurra por vuestra hijita, Betty.

    ResponderEliminar
  8. Muchas gracias, electricbluejean,tienes razón, al final es tan sencillo como eso: desde que Betty está aquí todo es mejor. Saludos a Ronillo, bodeguero andaluz de tres años (jaja qué bueno).

    ResponderEliminar