lunes, 5 de octubre de 2009

'Yo no debería estar aquí' (relato).

Acababa de soportar un parlamento interminable sobre fútbol –en un tono de solemne indignación que nunca llegaré a comprender-, y ya no aguantaba más. Siempre ocurría así, la última media hora de la jornada se hacía inesperadamente lenta, quizá porque en ella se concentraban todos los anhelos que, como breves avisos de alarma, puntuaban nuestra fatiga a lo largo del día. Ignoraba si mis compañeros lo llevaban mejor que yo, aunque deducía que no por la parquedad de sus respuestas. Se limitaban a sostener la conversación con un arrastre cansino de monosílabos y sonrisas, mientras sus clientes no dejaban de parlotear solicitando su complicidad.
La primera regla que debe aprender un peluquero es que ellos nunca escuchan. No se trata de un diálogo —creerlo así es un error frecuente entre los que empiezan—, sino de una suerte de soliloquio en el que nuestra función se reduce a intervenir de forma ocasional para mantenerlo vivo, como quien arroja distraidamente un pedazo de madera a la chimenea encendida, o el entrenador que devuelve la pelota a su pupilo mientras piensa que no debe dejar pasar otro día sin llevar el coche al taller, o tener una charla con el profesor de su hijo pequeño.
A veces me gustaría poder hablarles, que comprendiesen que también yo lo necesito. Explicarles que estoy cansado, que madrugo mucho para estudiar y los exámenes se me echan encima. Que tengo un respeto acendrado por este oficio con el que mi padre se ganó la vida y llegó a enseñarme —más por aburrimiento que por convicción, pues ambos coincidíamos en buscar para mí otro camino—, pero que en realidad sólo espero de él que pague mis gastos mientras asumo el peso de la carrera. Lo hago bastante bien, sí, ninguno de ellos se marcha descontento, y eso en cierto modo me enorgullece, pues me hace recordar a mi padre; cuando era un adolescente me pasaba las horas contemplando su trabajo desde el cuarto trasero de su vieja peluquería, veía la mirada perdida y los labios en movimiento de los clientes reflejados en el espejo, y la concentración de él, inclinado sobre las cabezas manejando la navaja con elegancia y tiento —al igual que un pintor perfila las siluetas o marca los relieves—, hasta que, en un momento dado, se separaba unos centímetros para tomar perspectiva y decidía que ya estaba hecho; tomaba entonces el espejo, mostraba el resultado de su trabajo y, cuando recibía aprobación, se le escapaba un esbozo de sonrisa. A él le habría gustado saber que yo siempre recibía esa aprobación, pero quizá menos que casi nunca sonreía y que a menudo pensaba: “yo no debería estar aquí”.
De todos modos, también con frecuencia me reprochaba mi insatisfacción, y me planteaba que seguramente había casos peores alrededor. Bastaba ver a Marta, mi compañera del puesto de la derecha, la única chica en una plantilla de siete peluqueros, circunstancia que de por sí debía de hacerle bastante difíciles las cosas. A veces le tocaba alguno que desconfiaba de ella, como si el hecho de cortar el pelo y lavar la cabeza exigiese algún tipo de vinculación masculina que la excluyese, y otras el eterno arquetipo de hombre que, ante la presencia de una mujer, se veía irremediablemente obligado a pavonearse o intentar perturbarla de alguna manera. Y luego estaba Oleg, el nuevo, mano de obra barata, según deducíamos todos, pues no era especialmente bueno en su oficio y, lo peor, entendía a duras penas el español. En más de una ocasión teníamos que sacarlo de algún apuro traduciéndole deprisa las indicaciones del cliente. En cierto modo era divertido, de repente se acercaba a tu puesto con la excusa de coger algo y tú le susurrabas “al tres por detrás y por los lados, patillas como están”, o cosas así.
En aquellos momentos al pobre Oleg, en el puesto de la esquina, le había tocado un ejemplar de los más temibles, al que yo había calificado a mi manera: el erudito de peluquería, aquel que aprovechaba la ocasión de tener pegada a su espalda a una persona afanosa para hacer alarde de sus conocimientos. Sabiduría que seguramente no le sería reconocida en otro lugar, ni siquiera entre su propia familia, y que debía exponer mientras le cortaban el pelo para darse un homenaje y que al menos a alguien le quedase constancia. La conferencia podía titularse: “La Guerra Civil Española y sus relaciones con Rusia, el país de mi peluquero”, y resultaba realmente entretenida, sobre todo por las respuestas de Oleg: “Sí... el Oro... Moscú... claro... División Asul... Yo sí he oí-do...”.
Cuando la chica de recepción me entregó al siguiente cliente, tras lavarle la cabeza, hice un esfuerzo rápido de concentración y la cháchara histórica comenzó a sonar como un zumbido lejano. Pensé: “es el último, o puede que haya otro más, pero en media hora se acaba la jornada”. Y aquello bastó para que recobrase fuerzas. Saqué los paños de mi cajón, los fui disponiendo en torno a su cuello y levanté la vista para peguntarle a la imagen del espejo: “qué va a ser”. El cliente me estaba mirando fijamente, lo que me hizo dudar de si en verdad habría conseguido alejar mi distracción. Era un hombre de mediana edad, con el pelo rizado y quizá más largo de lo que debía estar, a tenor de su desorden, aunque no demasiado. No supe si se trataba de sus ojos, de un negro sin matices, o de su expresión, pero el caso fue que en aquel instante me produjo un leve desasosiego. Me observaba como si me conociese y estuviese a punto de hablarme para a su vez ser reconocido. En vistas de que no me respondía pensé que podía ser extranjero, así que aclaré gesticulando: “cómo quiere que se lo corte”. “Pues lo dejo a su gusto”, dijo, subrayando sus palabras con una sonrisa. Una de las peores cosas que podías oír de un cliente, y más a últimas horas del día. Semejante expresión de confianza acababa siempre revelándose falsa, apenas iniciabas la faena comenzaban a deslizar sugerencias. Pero estaba decidido a acabar la jornada de una manera rápida y limpia, así que improvisé una breve descripción de lo que iba a hacer y me puse en marcha.
“Los alemanes no se esperaban que el invierno fuese tan crudo en Moscú, y se les congeló hasta la munición”, apuntó el erudito, a mi espalda, hablando un poco más alto de como lo había hecho hasta entonces y captando mi atención de nuevo. “Ya.. ya... mucho frío”, dijo Oleg. No pude evitar que se me escapase una sonrisa, y eso debió de bastar, pensé, para que mi cliente se sintiese desatendido. “Déjeme guapo”, soltó de repente. Estaba escudriñándome como antes, y también sonriendo de una manera quizá excesiva. Me sentí de algún modo reprendido, por lo que traté de rectificar de inmediato y aseguré: “no se preocupe, va a quedar perfecto”, a lo que añadí, suponiendo que quería conversación: “¿va usted a una boda, o algo así?”. “No, en realidad no”, contestó con un tono amigable que me tranquilizó, “... pero tiene que dejarme guapo, porque me van a matar y uno debe estar arreglado para la ocasión, ¿no le parece?”. “Claro, claro”, asentí riendo su broma. “Acabo de comprarme este traje”, continuó, sacando los brazos por debajo del paño, “y quiero arreglarme bien el pelo, porque puede que me saquen una foto para la prensa, incluso, y no es cuestión de parecer un pordiosero”. Reclamó mi mirada desde el espejo y le sonreí de nuevo. Mientras cambiaba el peine rebuscando en mi bandolera comprobé si Marta había oído algo, pero, al menos en apariencia, estaba ensimismada en lo suyo. Una pena, pensé, porque conociéndola se partiría de risa. Ningún otro compañero parecía haber reparado en ello, así que me consolé con el hecho de que al día siguiente, antes de empezar el turno, tendría algo bueno que contarles.
“El mes pasado estuvo por aquí un historiador ruso bastante famoso, Rivanov, no sé si lo conoces...”, oí decir al cliente de Oleg, “pero yo no estoy muy de acuerdo con él”. Y el mío, de nuevo, exigió interés hacia su persona, aunque en un tono meditativo que excluía mi verdadera participación: “sí..., seguro que me hacen una foto. Va a ser lo suficientemente llamativo para que aparezca la prensa... Aunque estas cosas luego no llegan a publicarse para no impresionar a la gente, además del perjuicio que supondría... ¿Sabe usted por casualidad si ha habido alguna muerte antes en este Centro Comercial?”. Su pregunta me pilló por sorpresa. Volvió a sonreír y permaneció mirándome fijamente. Dije lo primero que se pasó por la cabeza: “pues sí, todas las semanas nos cargamos a tres o cuatro”. Me sentí molesto por su insistencia en la broma, a aquel tipo de cliente —“el simpático”— no estaba habituado, ¿debía reírle las gracias con estruendo?, ¿entrar en una competición que dirimiese cuál de los dos era más ocurrente? Seguí cortándole el pelo y adopté un semblante serio que pareció entender en su justo significado: no deseaba seguir hablando, sólo quería acabar mi jornada e irme, quizá si llegase pronto a casa podría estudiar un par de horas antes de dormir, o a lo mejor madrugaría al día siguiente y me regalaría una noche de pizza y cine.
El silencio duró unos minutos. A estas alturas el erudito de Oleg había llegado a la Perestroika, y yo le recortaba el flequillo a la “víctima de asesinato”. Cuando su voz volvió a sonar estuve a punto de hacerle daño con la tijera por el sobresalto.
Discúlpeme. Sé que no estoy siendo justo con usted al decir esto. Pero le pido que me comprenda. En este momento es lo único que me puedo permitir, hablar, contárselo a alguien. Por un lado estoy tranquilo, es algo que tengo muy asumido desde ayer..., pero por otro tengo miedo. Es inevitable tenerlo, ¿no cree?
Su tono calmo y sincero, más aún que el contenido de lo que me transmitía, acabó por desconcertarme plenamente. Sin duda era la situación más extraña con que me había tropezado: demasiado rebuscada para ser una broma de los compañeros, y demasiado absurda e irritante para encuadrarla en la categoría de “cliente-gracioso”. Recurrí entonces a otra que ya habíamos elaborado entre todos, la del “cliente-pasado-de-vueltas”, sobre el que habíamos convenido que lo más aconsejable era seguirle la corriente, sin llegar a ofenderlo pero tampoco a contradecirlo.
—¿Y quién le va a matar? —pregunté.
El hombre bajó la vista y se quedó callado unos instantes. Pensé que su respuesta decantaría la situación hacia una gracieta vulgar —“mi mujer”, “mi jefe”, algo así...—, o hacia la tomadura de pelo sofisticada que un servidor no estaba dispuesto a consentir a aquellas horas.
—Mire..., tampoco quiero inquietarlo, y mucho menos comprometerlo. He hecho cosas que no debía, y he enfadado a la gente que uno nunca debe enfadar. Me han comunicado que viniese a este Centro para tener una charla, y que primero entrase a cortarme el pelo, imagino que en algún momento, a la salida, se pondrán en contacto conmigo, o quizá estén ya aquí y les molestaría bastante si supiesen que le he comentado algo. No debería haberlo hecho, en realidad..., mejor lo dejamos.
Acabó de hablar con una de sus sonrisas, pero esta vez la percibí de otra manera. No supe entonces ni sé explicar ahora cómo en un solo segundo desaparecieron mis prejuicios y de repente comprendí lo que tenía delante: un hombre que, acuciado por la certeza de que algo iba a sucederle, se despedía de forma tan serena como le era posible, y lo hacía ante el que juzgaba último interlocutor que podría encontrarse. Aun así mi natural escepticismo me hizo incapaz de aceptarlo del todo, de ahí que le respondiese con una pregunta que tenía mucho de envite: tras ella no le quedaría otro remedio que desdecirse —quizá ése fuese el momento oportuno para sacar a la luz la broma—.
—¿Quiere que avise a la policía? —dije bajando la voz, pero con media sonrisa, como si disfrutase de mi complicidad en el juego.
—Muchas gracias, pero ése no sería un remedio. Las personas a las que he ofendido están más allá de nuestras pequeñas seguridades. Si lo hicieses, antes de que nadie pudiese presentarse aquí habrían hecho ya mucho daño a gente que me importa, e incluso a algunos que no me importan, pero que no se lo merecen. He llegado a un callejón sin salida, y debo dejarlo estar.
El tono creíble, espantosamente verosímil, me sacó de quicio. La broma había dejado de tener gracia. Miré de nuevo a mis compañeros e incluso se me pasó por la cabeza que pudiese tratarse de uno de esos programas de televisión en que, a iniciativa de cualquiera de mis amigos, me hubiesen escogido para que los espectadores se divirtiesen, quizá, la noche del siguiente viernes. Eché un vistazo a cada esquina del local, e incluso a las estanterías, pero en realidad la cámara podía estar en cualquier parte. Lo mejor era que el tiempo fuese transcurriendo y aquello terminase de una vez. Trataría de no prestarle demasiada atención. Claro que era difícil, él seguía hablando:
—No se inquiete, joven, de veras, le pido disculpas. Acabe con su trabajo y todo irá bien.
Estaba repasándole las puntas del flequillo, le había rebajado bastante ya y, como no traía el pelo muy largo, en seguida podría dar mi trabajo por concluido. Cada vez que abría la boca me entraban ganas de clavarle las tijeras y ser yo quien lo matase.
—... Y no se sienta responsable cuando oiga que me he caído por las escaleras, o que alguien me ha apuñalado en los lavabos. Lo mejor es que olvide esta conversación. Al ser humano le cuesta admitir que hay cosas que escapan a su alcance.
Estaba decidido a no responderle. “Las patillas... ¿las recortamos un poco?”, le pregunté girándole con suavidad la cabeza a uno u otro lado para que pudiese contemplarlas.
—Sí, buena idea. Me he afeitado antes de venir, así que no se notará el corte. No ha pasado un solo día de mi vida en que no me haya afeitado. Y el último no iba a ser una excepción. La barba es para tímidos, ¿no cree?
Las manos me sudaban, y la irritación pugnaba por salir a mis labios. El tipo insistía, pero de mí no iba a burlarse.
—Bueno, es cuestión de gustos —respondí tratando de parecer normal, supongo que inútilmente—.... Esto ya casi está.
Aquel anuncio era una declaración de intenciones. En unos segundos podría ir a realizar sus prácticas de interpretación con otro. ¿Sería un actor?, ¿quién lo habría contratado?, ¿formaba parte de un experimento en el que yo había sido escogido como el colaborador tonto? “Muy amable”, dijo. Me di la vuelta y busqué el cortador eléctrico para terminar de arreglarle la nuca, alguien debía de haber cogido prestado el mío. Me acerqué al de la zona de Marta y se lo pedí haciéndole una señal de las nuestras, aquéllas con las que expresábamos que nos había tocado el friki del día, y que buscaban un gesto de solidaridad del otro. El cortador estaba descargado, así que fui a buscar el de Oleg. Si mi compañero lo estuviese usando me tocaría esperar y alargar más la situación del muerto viviente. “Sí... tú coges”, me indicó, mientras escuchaba un sesudo comentario del erudito sobre la selección rusa de baloncesto de los años ochenta. Volví a mi sitio e incliné la cabeza de mi cliente, encendí el cortador y lo acerqué a la base de su nuca. Lo único que recuerdo fue el mero contacto del metal sobre la piel. Luego un chispazo muy fuerte, el movimiento extrañísimo del tipo, como si diese un salto en el asiento. Su cuerpo desplomado sobre el mostrador, y un olor insoportable a quemado. No pude gritar siquiera. Me desmayé.
Desperté en comisaría. Me hicieron mil preguntas que he olvidado también. Pasé la noche allí, pero a la mañana siguiente me dejaron ir. Desde aquel día he tenido que acudir un par de veces al juzgado en la tranquilizadora condición de testigo. Ha pasado más de un año, y aún sigue abierto el caso. Un análisis pericial concluyó que el aparato estaba manipulado para producir una descarga mortal. Y de la investigación se dedujo que el muerto, en efecto, estaba relacionado con negocios oscuros de gente oscura a la que supuestamente habría ofendido.

Yo nunca volví al trabajo. Y Oleg tampoco. De hecho, nadie ha vuelto a saber de él.

2 comentarios:

  1. Espero no tener nunca un Oleg en la lista de clase...

    Excelente, opinión compartida por otra gente, de verdad, espero que sigas trabajando ese libro de relatos.

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  2. Muchas gracias, Rafa. Alguno habrá, en todas las clases del mundo hay uno. Tú procura no meterte en sus asuntos, y no habrá problema.
    Claro que ahora que lo pienso, bien pudieras ser tú, si no... ¿qué se supone que hace un español en Cracovia?

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