martes, 17 de noviembre de 2009

'Swords.' De Mozz se aprovecha todo.

El nuevo disco de Morrissey recopila dieciocho caras-B de los singles pertenecientes a los tres álbumes de la era post-quarry. En esta temporada toca darle palos a distro y siniestro, así que por una cuestión de elemental caballerosidad voy a situarme entre el artista y la masa linchadora.

Vivimos tiempos en que la desvergüenza, la bajeza y la abyección son habituales en el comportamiento colectivo. El calculado derrumbe de las ideologías progresistas en favor de una especie de neutralidad bobalicona (sólo en las izquierdas, la derecha y el liberalismo, cada día más presentes y rabiosos) que obedece a consignas de mercado ha traído estas consecuencias. Una de estas proclamas que justifican cualquier comportamiento es la de que los discos son "muy caros" y las discográficas han abusado de nosotros durante siglos. No soy yo quien vaya a discutir cuánto de verdad hay en esta afirmación, pero sí que podemos matizarla en estos momentos. En los años ochenta un LP costaba alrededor de mil pesetas, y todos los consumíamos con alborozo, esperando ilusionados cada lanzamiento de nuestros artistas favoritos. Los músicos podían concebir sus obras como una unidad, con un orden de las canciones determinado, tardar tres años en completarlas y, finalmente, decidir si salían de gira o no. El propio Morrissey sacó al mercado algunos álbumes que no fueron acompañados de conciertos, y ocupaban un lugar privilegiado en nuestras estanterías, junto a los clásicos literarios. Era tan sencillo como que determinados discos no podían reproducirse en directo sin ser desvirtuados. El que para todos es el mejor de Mozz, "Vauxhall and I", entra dentro de esta categoría. Pero "Vauxhall and I" no podría existir hoy en día.

Tras los alegres años del E-mule y las discografías completas saturando nuestros Ipods, lo cierto es que la mayoría de los discos pueden adquirirse, ya sea en su versión digital o en CD, por no más de nueve o diez euros. Cabe también la posibilidad de que los escuchemos antes y decidamos, a través de las posibilidades que ofrecen incluso los propios artistas en sus webs. Estamos, pues, hablando de mil seiscientas pesetas, frente a las mil de hace veinticinco años. ¿De veras podemos seguir manteniendo que son caros? El problema es que venimos de la gratuidad, y frente a ella todo es evidentemente caro.

Hay dos tipos de público, y sólo acerca del segundo me gustaría reflexionar. El primero está formado por las hordas que consumen pero desprecian las manifestaciones culturales. Hace unos meses un responsable político que conozco realizó una jovial campaña por los medios de prensa clamando contra la SGAE al grito de "¡cultura libre!". Sólo le faltaba la camiseta del Che (flagrante pecado y contradicción, en su caso). Ese mismo responsable político puede llevar un reloj en su muñeca que equivalga a todos los discos que veinte casoledos se compren en sus respectivas y longevas vidas. Y con el tubo de escape de uno de sus vehículos seguramente me pagaría los conciertos a los que me gustaría asistir en los próximos años. Asimismo me consta que el referido responsable pasará a la historia no por legar al mundo algo hermoso -léase, un puñado de canciones-, sino por esquilmar un paraje natural con espantosas urbanizaciones de chalets pareados y multiplicar por mil la población de su municipio. No es este el público sobre el que quiero reflexionar. Están ahí, y yo aquí. Que corra el aire.

Me preocupan más los seguidores de la música popular que han dejado de pagar por ella. Ese es el típico ejemplo de colectivo tendencialmente progresista que ha sustituido las ideas por las cómodas consignas comerciales. El mercado ya no se dirige de manera inocente a su público, sabe que determinados sectores de la población necesitan de un mensaje "positivo" con el que sentirse a gusto, así ha nacido a responsabilidad social corporativa, y las multinacionales que más contaminan nos cuelan anuncios publicitarios en que niños sonrientes pasean por campos muy verdes. Pues bien, los seguidores de la música popular han adoptado la consigna mercantil de que los artistas son, básicamente, gente que no merece ser recompensada por su trabajo creativo, puesto que se trata de personas "vocacionales". Al mismo tiempo, cada día hay más demanda de música, y se pagan buenas cantidades por sofisticados reproductores de MP3, móviles, ordenadores, conexiones ADSL, etc. Sin embargo, pasar por caja para acceder a un puñado de canciones que nos van a hacer la vida más grata durante meses o años, se considera de mal gusto. La música ha de flotar por el aire (por las ondas) en beneficio de todos. Los coches o las entradas de fútbol se abonan, en cambio, y a qué precio. Hace veinte años el gasto en música formaba parte natural y relevante de nuestro ocio, hoy no, qué listos nos hemos vuelto. Y, por cierto, siempre nos hemos pasado CD's o cassettes de unos a otros, y nada de ello obstaba a que lo considerásemos algo único y especial, regalo o detalle de un amigo/a, teniendo claro que en otro momento seríamos nosotros los que comprásemos un disco y lo grabásemos para compartirlo con alguien. Nada que ver con la bajada masiva de archivos.


Todo esto viene a cuento de lo injustas que resultan algunas críticas que los propios seguidores de Morrissey realizan con respecto a su trayectoria última. Somos libres de ponerle cualquier clase de reparo a su música -y no han faltado, por ejemplo, en este blog-, pero al mismo tiempo debemos tener en cuenta las circunstancias en que hoy día se desenvuelve la carrera musical de un artista como él. Desde hace tres o cuatro años no ha dejado de editar discos, originales o recopilatorios, y sin embargo nadie puede decir que lo haga simplemente con el fin de obtener dinero y "exprimir" a sus fans, a tenor de las ventas. Necesita, simplemente, estar en el mercado como excusa para salir de gira. La producción de "Quarry", "Ringlider" y "Refusal" parece concebida precisamente con ese fin: proporcionar un repertorio fácil de tocar en directo, mucha batería marcando el ritmo y mucho guitarreo de rock adulto sobre los que se alza una voz cada vez menos matizada, como la de esos tenores que vociferan cuando interpretan boleros u otra clase de temas populares.
Aun así, los tres álbumes han continuado marcando cotas destacables en su discografía, y no es exagerado afirmar que "First of the gang...", "Irish blood...", "Let me kiss you", "Dear God please help me", "Life is a pigsty", "Mama lay softly...", etc., serán recordadas etre sus mejores canciones. Pero también debemos reconocer que nunca hasta ahora los discos de Mozz contenían tanto relleno, y me atrevo a decir que ello se debe a que su forma de concebir el álbum ya no es la misma. Los cortes de "Viva hate" o "Kill uncle" podían ser irregulares, pero formaban parte inequívoca de un todo que les atribuía un sentido más allá de suyo propio. Uno escuchaba "Mute Witness" con la sensación de que sólo podía estar colocada en aquella concreta posición dentro del LP, detrás de "Sing your life", y su piano frenético rompía con violencia el final elegante y pegadizo de la otra. Ahora, en especial en "Ringleader...", comienzan a sucederse "On the street I ran", "To me you are..." y demás, y no sabes si estás escuchando caras B, tomas en directo, versiones ajenas, si forman parte de un disco u otro... Al final da igual: sólo un puñado de ellas serán escogidas para el set list de la próxima gira, y eso es lo que importa.
Como dice una canción del "Grupo de Expertos Sol y Nieve: esto tenía que explotar por alguna parte... Morrissey ha cumplido cincuenta años y lleva tres girando sin parar, con conciertos en días seguidos. Hace poco tuvo un desvanecimiento mientras cantaba "Black Cloud" y tuvo que ser llevado a un hospital. También ha cancelado unas cuantas fechas por otros problemas de salud. Pero es más interesante y significativo lo que ocurrió en dos incidentes posteriores: una noche, apenas iniciado el show, y mientras saludaba animosamente a la gente, recibió un botellazo de plástico en la cabeza. Se largó. Esta semana, en Hamburgo, hizo una broma completamente inocente que no merece la pena explicar aquí y empezó a recibir sonoras imprecaciones de alguien en el público. Continuó el concierto, pero cuentan que a partir de ese momento se le vio más frío y algo triste. Al mismo tiempo, sus discos tienen deficiente distribución, los singles son inencontrables y las críticas arrecian cada vez que aparece un recopilatorio, pese a que los tres originales de los últimos tiempos han merecido notables elogios. Me pongo en su lugar y veo con tristeza cómo el edificio del arte al que he dedicado toda mi vida se cae a pedazos.
Es el signo de los tiempos: un público que no compra sus discos, aunque los piratea con frenesí, se permite criticarlos (como si se fuesen sin pagar de un restaurante y luego le reprochasen al chef el punto de cocción del pescado); ese mismo público comienza a mostrar señales de agotamiento ante los numerosos conciertos -aforos a medio vender, desapego, incidentes desagradables, etc.- que debe realizar por causa de lo anterior; en estos momentos se encuentra sin sello discográfico, y con un futuro más bien incierto... No es difícil imaginarlo de gira a los setenta y pico años, como Leonard Cohen. Si sólo un mínima parte de los miles de personas que han acudido a los conciertos del viejo trovador hubiesen pagado por escuchar el "Dear Heather", tal vez no estaría a su edad saltando de país en país. Y menos mal que tanto uno como otro se encuentran en buena forma. Hoy día, si un músico tiene algún problema importante de salud que le impida viajar, mejor que rece o haya ahorrado lo suficiente. Porque nadie va a pagar por una de sus obras, aunque se trate de la mejor. ¿No estará Morrissey aprovechando el momento precisamente para asegurarse un futuro? Pues ahí está la pregunta que deberíamos hacernos: ¿somos conscientes de hasta qué punto nuestro comportamiento como "consumidores" está incidiendo en la forma y el fondo del propio arte, más allá de los avances tecnológicos?
El caso es que aquí tenemos "Swords", colección de caras B cuyo lanzamiento es oportuno aunque sólo sea por lo complicado que resulta encontrar legalmente los singles. Y el contenido no deja de resultar similar al de los últimos discos: temas de relleno, aun así meritorios, y excelentes canciones. 'Ganglord', "Because of my poor education", "Shame is the name", "My dearest love", "The never played symponhies" o "Chistian Dior" nos recuerdan al mejor Morrissey, y le permiten incluso, en lo musical, mostrarse más diverso y sorprendente que en los álbumes.
Me quedo, no obstante, con la que para mí es la más bonita y emocionante de todas: "My life is a succession of people saying goodbye". Quién no se ha sentido alguna vez así, cuando las amistades pasan -y en muchas ocasiones ni siquiera existe ese decir adiós- o, simplemente, la vida que se corresponde con nuestros deseos e ilusiones parece situada al otro lado de un cristal infranqueable, desde el que la vemos sin poder tocarla, como sugiere la letra (será por eso que la escucho obsesivamente en los últimos tiempos, en que el trabajo y ciertas expectativas rotas a él asociadas me hacen apoyar la frente con tristeza en ese cristal).
Disfrutad de ella. Y sigamos compartiendo nuestra pasión por quien tanto nos ha dado. Gracias, Mozz, por este hermoso disco.

2 comentarios:

  1. me han gustado mucho las últimas 3 entradas del blog, aunque ya conocí de primera mano alguna que otra anécdota :) jooooo ni siquiera puedo escribir halagos al mismo nivel que las entradas. suscribo lo de la industria musical y lxs ex-consumidorxs... Santa razón tienes... besos!

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  2. Muuuchas gracias, minipixel, siempre ahí, siempre amable la tía adoptiva de Betty :)

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