jueves, 5 de noviembre de 2009

I love New York


Hemos pasado unos días de vacaciones en Manhattan. Habíamos estado hace cinco años, después de casarnos, y ahora repetimos con el ansia y la premura de quien se impone tomarse una semana de vacaciones por lo civil o lo criminal. En esta ocasión el jet-lag nos ha afectado más de lo esperado, y apenas podíamos dormir, a las siete de la mañana estamos ya callejeando por el decorado de una de tantas películas que hemos visto o tal vez veremos: aceras alfombradas de hojas amarillas, panaderías y cafés apenas abiertos, con sus bollos calientes de mil variedades recién expuestos, paseadores de perros mansos, mujeres y hombres con ropa elegante de trabajo y un vaso de plástico en la mano camino del metro, ardillas asomándose a las aceras para regresar al instante a su árbol moviendo un rabo denso como un plumero... Nueva York sigue tan amigable, hermosa, diversa y encantadora como siempre. El bien ganado sentimiento antiamericano que han ido sembrando los Bush y demás caterva ha hecho que este oasis de civilización y multiculturalismo se introduzca en el mismo saco que el de esa sociedad fanática, mojigata y militarizada que tan bien representaba el niño de papá lerdo que dirigió sus destinos en los últimos años. Nueva York es otra cosa.

Resulta agradable confirmar la impresión con la que nos fuimos aquella primera vez: los neoyorquinos/as son extraordinariamente amables, comunicativos y generosos. En modo alguno viven ajenos a los otros, en modo alguno se trata de una comunidad fría y deshumanizada; pero tampoco es tan ruidosa, frenética y caótica como se suele hacer ver, así que en realidad da igual, los tópicos perdurarán durante siglos, y por mucho que la realidad los contradiga.

En esta ocasión hemos podido acercarnos a lugares que no habíamos podido ver por entonces: Brooklyn y su maravilloso paseo frente al skyline, donde tomé la foto que aparece más arriba; el Lower East Side, barrio emergente en el que han instalado el New Museum para acoger el arte más rompedor; Harlem y su hermosa catedral de St. John, que merece un aparte: en su interior ha acogido un memorial en recuerdo de las víctimas del SIDA donde aparece la bandera gay; a su lado hay una escuela y, pegada a una de sus paredes, una cancha de baloncesto; y asimismo un pequeño parque dedicado a la paz y a los animales, lleno de esculturas hechas por niños que recogen citas de grandes autores acerca de esas cuestiones. Vamos, uno, que no es creyente, compara esto con la barahúnda de cuervos de la iglesia española, manifestándose en manada como zombies, con los ojos inyectados en sangre y espumajeando por la boca mientras gritan "Aído asesina" y cosas similares, y te entran ganas de llorar. O de reír, que viene a ser lo mismo.

La visita al Brooklyn Museum ha sido de lo más interesante del viaje. En primer lugar, por la posibilidad de ver el Elizabeth A. Sackler Center for Feminist Art y en concreto la obra de Judy Chicago The dinner party. Es impresionante y triste a un tiempo, porque padece lo mismo que denuncia: resulta inexplicable que no se encuentre entre las piezas canónicas del arte contemporáneo, y uno sólo puede entenderlo en el único sentido posible: la historia del arte continúa escribiéndose por esa mayoría androcéntrica de la que me enorgullece no tomar parte. Contemplando esta obra admirable me reafirmo en que el feminismo, como filosofía humanista transformadora -o revolucionaria, si nos atrevemos a emplear el término- es el ideario más honroso que puede, hoy por hoy, abrazar un caballero. The dinner party contiene, por otro lado, todo aquello que hace grande el arte: una realización a través de medios expresivos sugerentes, poderosos y originales, junto con un propósito que trasciende el contexto artístico para intervenir en la sociedad a la que se dirige, en este caso mediante la recuperación de los nombres de aquellas mujeres que han ido construyendo la historia, y que apenas conocemos a través de esa otra historia escrita por los de siempre. Especialmente irónico resulta que la artista haya sacado a los hombres fuera de aquella última cena a la que sólo asistían ellos, y la mesa se encuentre ocupada por hermosos juegos de manteles, cubiertos y platos que simbolizan, mediante diversas técnicas, y con el leit-motiv común de los genitales femeninos, los logros de la concreta mujer a la que están dedicados. Aquí al lado cuelgo el de Virginia Woolf. Leyendo algunas notas sobre las figuras que recoge la obra te sorprende, sencillamente, el no haber tenido previamente ni siquiera noticia de ellas.

Pero en este museo nos aguardaba una encantadora sopresa: la exposición "Who shot Rock & Roll", que repasaba alguno de los trabajos de los mejores fotógrafos que han trabajado con la música popular. Estuvo entretenidísima, a pesar del trancazo que llevábamos encima. Me encontré allí con Mozz en un par de ocasiones, pero también al Bowie de Hunky Dory:




O al del "Serious Moonlight Tour", en plan mega-star:




Me hizo expecial ilusión que se incluyese esta imagen, que ocupaba el interior del LP en directo de los Smiths, 'Rank'. Ahora la tengo plastificada en el pasillo de casa, y expresa como nadie la pasión de los seguidores de un artista, disputándose jirones de su camisa:



En el Moma había también una obra de un artista que no conocía (Jonathan Monk) titulada Stop me if you think that you've heard this one before que utilizaba como motivo la portada de los discos de los Smiths:



Morrissey estaba por todas partes, como se puede ver. Pero uno de los aspectos más interesantes de la exposición del Brooklyn Museum era la sección dedicada a Grace Jones, con diversas fotografías y vídeos de sus actuaciones. Qué pena que no hubiese tenido temas realmente buenos, porque su imagen y su puesta en escena era tan rompedoras como las del propio Ziggy en su día:


En definitiva, un agradable paseo por este puñado de iconos que hacen el mundo más rico e interesante.

No puedo acabar sin la típica anécdota neoyorquina: una de las noches oímos una especie de alarma en la habitación de al lado del hotel. Salimos a escuchar y llamamos a recepción. Al rato, mientras tratábamos de volver al sueño, se sucedieron los ruidos, gente que entraba y salía, conversaciones en voz baja. Entonces sonó una alarma más fuerte, Nuria se levantó, se asomó a la ventana (piso doce) y vio tres camiones de bomberos parados frente a la entrada, al tiempo que dos coches de la policía cortaban la calle. "¡Hay que salir de aquí, venga, vamos!", dijo Nuria, y nos vestimos a toda prisa. Ella, eso sí, no dejó de ponerse un gorrito para recogerse el pelo, que si hay que morir carbonizados mejor hacerlo con cierto estilo. Bajamos echando leches las doce plantas por las escaleras, encontrándonos a gente que, medio atontados, miraban a todas partes sin decir nada; pero decidimos pasar de ellos y salvar nuestras valiosas vidas, a pesar de que allí no olía a fuego y revuelo, lo que se dice revuelo, tampoco había demasiado. Llegamos a recepción y la cruzamos hacia la calle. Los tres camiones y los dos coches habían desaparecido. El personal del hotel nos comentó que no había fuego, era una falsa alarma. Volvimos un tanto decepcionados, después de nuestra predisposición a la aventura, y maravillados por el único tópico americano que realmente se cumple: te echas un cigarro en tu cuarto, y antes de que tires la colilla la autoridad competente ya ha cortado la calle y poco menos que tienes un bombero con un hacha golpeando tu puerta.

No hay comentarios:

Publicar un comentario