domingo, 22 de noviembre de 2009

'Literature' y 'popular fiction' (o gatos y liebres). Casoledo agacha la cabeza y rectifica. Que viva Lisbeth!!

La declaración que John Grisham efectúa al principio de esta entrevista es un verdadera irreverencia punk si la trasladamos al mercado editorial español. Resulta que uno de los autores más vendidos del mundo explica -con naturalidad, sin ambages, sin disimulos ni ironías- que lo que él hace "no es literatura" y no pretende hacerla pasar por tal, sino lo que denomina "popular fiction. Eso sí, espera que sea de calidad, que el lector se entretenga y reflexione y se encolerice con los dilemas que plantea, aunque luche consigo mismo por no sermonear.





Irreverente, decimos, porque si hubiese ocurrido en nuestro país, el tipo recibiría llamadas histéricas de editores y agentes persuadiéndolo para que rectificase. De lo que se trata aquí es de que vender gato por liebre, el famoso "best seller de calidad". Los autores de excelente literatura de entretenimiento quieren, además de la pasta, el prestigio, y si hay vacante un silloncete en la academia, mejor que mejor. El mercado español piensa que, ante todo, lo que los lectores/as precisan es sentirse muy cultos/as, que cuando compran un libro, no exista la mínima duda de que se trata de un sofisticado ejemplo de las más nobles artes. En ese mundo maravilloso e irreal vivimos, qué se le va a hacer.


Todos hemos disfrutado decenas de veces de excelentes libros, comics o películas de entretenimiento que nos han tenido enganchados un par de horas, que nos han dado que pensar e incluso tenían algunos instantes cercanos al arte, por qué no. "Millennium 1", la película, es un de esos casos.


Y aquí es donde toca agachar la cabeza, aunque sea refunfuñando y con el semblante torvo: ver la historia en el cine me ha dejado con ganas de saber más de esta mujer, a la que de repente adoro -y no debería, porque es capaz de cruzar el limbo de la literatura y soltarme un sopapo-. Así que me he lanzado a leer el segundo tomo, y lo estoy devorando, después de cogerlo y dejarlo no menos de tres veces. Esto me pasa por haber estudiado en un colegio de curas, el sentido de culpa, y tal. A estas alturas suscribo el final del famoso artículo de Vargas Llosa en el que halababa la triolgía: "¡Bienvenida a la inmortalidad de la ficción, Lisbeth Salander!".


Y es que su fuerza como personaje sostiene los tres libros, y veinte más que se escribiesen. No se trata tanto de los rasgos de su personalidad -gótica o punki o ambas cosas, bisexual, insociable, tatuada y llena de piercings, poderosa y frágil a un tiempo, durísima y muy sensible, inclasificable, en suma- cuanto de su potencia simbólica: de alguna extraña manera nos ha llegado tan hondo porque contiene en sí misma la historia universal de las mujeres. Subyugada, abusada, exclavizada durante mucho tiempo, se ha convertido ahora en una persona inteligente, decidida e indomable que aun así tropieza con importantes obstáculos. No busca problemas, pero responde a las agresiones masculinas con la máxima dureza. Sus heridas son tan profundas que, al menos en lo que voy leyendo, resulta complicado saber lo que quiere. Toda su aspereza inspira tanta ternura como la de esos perrillos maltratados y abandonados que de repente dejan la perrera y vuelven al mundo. Inquietos, imparables, parecen buscar su destino moviéndose en tensión de un lado a otro y olisqueándolo todo, rechazan el afecto porque sospechan que al rato vendrá la paliza, se defienden frente al mínimo atisbo de la agresividad que tan bien recuerdan y conservan traumas y atavismos que puede hacerlos insoportables. Pero al mismo tiempo resulta imposible no tenerles cariño, y desearles que salgan adelante. Así ocurre con Lisbeth Salander. Te da miedo, y a la vez quieres abrazarla y compartir su dolor. En su día afirmé que atraía a muchos lectores y lectoras por tratarse simplemente de una mujer 'diferente'. Estaba equivocado, Lisbeth es todas y ninguna, es la historia de nuestra vida -el sistema patriarcal no sólo se cobra víctimas femeninas-, y el grito de rebelión contra ella que quizá no nos atrevimos a dar. Su 'diferencia' consiste únicamente en el valor con que se enfrenta a las dificultades, y en su negativa, sin matices, para amoldarse a lo correcto y corrompido.


En esta era de la imagen, el cine ha venido ha complementar las novelas con un aporte indispensable: el aspecto físico de Lisbeth. Si hay unanimidad en el hecho de que el trabajo de Noomi Rapace ha sido extraordinario, no tanto en la caracterización propiamente dicha. Algunas personas la ven más bajita, delgada y feúcha. Para mí ha ocurrido al revés, gracias a la encarnación cinematográfica el personaje se me ha hecho más creíble y cercano. La actriz ha sabido dotarla de agresividad y una especie de ternura muy muy subyacente. Ahora, en el tomo segundo, cuando la vemos tratar de ordenar su vida, a duras penas, y sospechamos que volverán a amargársela, nos la imaginamos con la fisionomía de Noomi Rapace en el cine, su gesto enfurruñado, sus ademanes bruscos, su circunspección y distancia, aun cuando se acueste con unas u otros en busca de un pequeño placer, como quien alivia con agua su garganta seca. Pero toda esa coraza gestual no nos engaña: ahí está, fiel a sus principios, echando una mano cuando puede -tan sólo a cambio de que nadie pretenda darle las gracias-, ejerciendo de silenciosa amiga o de ángel vengador. Hay algo de criatura Marvel en ella, una superheroína herida y tenaz que nunca dejará tirada a una mujer en mitad de una tormenta, pero que desaparecerá cuando alguien interfiera en su independencia.

Ya que, como los personajes de Marvel, te has convertido en un mito moderno, permíteme dirigirme a ti para ofrecerte mis disculpas: perdona Lisbeth, por haberte despreciado. Sí, ya sé que me merezco una buena patada en los huevos...


En fin, ya hablaré más largamente sobre los libros cuando los haya terminado, porque voy alternándolos con otras cosas. A todo esto, yo estaba con el irreverente Grisham. Sus dos últimas novelas de excelente 'popular fiction' recuperan el tono vibrante de las primeras, desde "The firm" a "The Rainmaker" -me niego a llamarlas "La tapadera" o "Legítima defensa", qué chorradas de traducciones, por Dios-, pero también de "El rey de los pleitos" o "The street lawyer" -"Causa Justa", manda narices-. Y es que cuando se aparta del thriller legal, Grisham flojea. Nadie como él nos ha hablado de la abogacía podrida al servicio de los grandes intereses empresariales, y de la confusión de que quienes se inician en su práctica al descubrir de qué va la cosa. Pero sus mayores logros provienen de las bifurcaciones morales a que somete a los personajes, y esto es algo especialmente destacado en los dos últimos libros:



-"La apelación" es en realidad más política que legal. Describe los mecanismos con que el gran capital domina el poder judicial financiando campañas electorales ad hoc con el propósito de asegurarse un fallo concreto en un determinado asunto. La lectura es apasionante y estremecedora. Uno no busca aquí la estética literaria, sino el pulso narrativo, los argumentos intensos y los personajes carnales. De sobra hay en esta fábula triste que nos cuenta que los de siempre siguen ahí detrás... ¿Sólo en Estados Unidos? Desgraciadamente, no. En mi pequeña experiencia profesional puedo asegurar que los jueces y magistrados de las primeras instancias son, con sus defectos y virtudes, juristas independientes y esforzados. A veces te dan la razón, otras quisieras matarlos. Pero también ellos tienen que soportarnos a nosotros -no es fácil- y, en general, vamos tirando. A medida que la porción de poder e incidencia en la política va creciendo en el escalafón, desaparecen los juristas y aparecen los "amiguitos del alma". Claro que Grisham no es un nihilista, ni se aloja fácilmente en el pesimismo. Aun en el lado de los derrotados, siempre encontramos en sus historias ejemplos admirables y divertidos, en su ingenuidad, a veces, de abogados honestos y con convicciones. En "La apelación" un matrimonio de juristas pelea más allá de sus fuerzas contra lo invencible. Y su triunfo radica en la simpatía y comprensión que suscitan en el lector/a.


-"La trampa" (en inglés es 'The Associate', pero en español se ha cambiado por si nos parecía demasiado difícil, imagino), última de sus novelas publicadas en España, es aún más adictiva. Retoma los personajes de abogados primerizos de los comienzos de su trayectoria narrativa y los enfrenta a un caso de chantaje. Nos ofrece de nuevo una visión escalofriante del capitalismo salvaje, representado por las grandes empresas jurídicas y sus colmenas estratificadas llenas de esclavos, y apela a la ética personal y el coraje para asumir riesgos por defenderla como únicas vías posibles de supervivencia. En algunos párrafos, incluso, se encuentra uno con inesperadas muestras de literatura, pero ante todo, y pese al final un tanto flojo, este libro te proporciona unas horas de formidable y enriquecedor entretenimiento. Tal vez no te acuerdes de sus frases cuando transcurra el tiempo, pero sí de sus personajes y situaciones, que a pequeña escala aprendes a identificar en tu propio entorno.

Excelente 'popular fiction', pues. Ni más, ni desde luego menos. Seguimos necesitando héroes.

2 comentarios:

  1. Si a Monsieur Cassoledó le parece digna especimen de personaja, habrá que leerse finalmente los Millenium... :) (leí la entrada al publicarla pero estos días pensé sobre ella...) salud y ¡a seguir escribiendo!

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  2. Sí, te los recomiendo y te los paso si quieres (ya te lo comentaré en un mail). Gracias

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