martes, 1 de diciembre de 2009

Ángeles caídos. Jacko y Wilde en sus encrucijadas.

Aparecen simultáneamente en el mercado editorial español dos libros biográficos que, en el objeto de su estudio, presentan interesantes similitudes. Ambos hablan de la condena pública de dos seres extravagantes, innovadores y diferentes. Ambos nos cuentan su meticulosa autodestrucción, el suicio lento de quienes, no obstante, habían sido injustamente colocados al borde del precipicio.






-"Michael Jackson. La magia y la locura", de J. Randy Taraborrelli, en Alba Editorial, es la reedición ampliada de un volumen que había tenido ya varias salidas al mercado, aunque, si no equivoco, ninguna en español. En primer lugar debo decir que el título me parece espléndido, y anuncia la tesis sobre la que desarrolla el autor su impresión acerca de la vida de Jacko: cómo un artista mágico, talentoso y único va derivando hacia una creciente irracionalidad sustentada e incluso fomentada por los cientos de palmeros que a lo largo de su vida se acercaron a él, cogieron la pasta, y echaron a correr. Aunque el texto resulta un tanto deslavazado por los añadidos, que nunca se coordinan con lo ya publicado, el autor se acerca al personaje con ecuanimidad. No es uno de ellos -la corte de maniqueos-, pero tampoco de los otros -el periodismo estúpido que repite falacias mil veces hasta convertirlas en verdades-. Nos habla, más allá de la leyenda, de la efectiva crueldad de su infancia, de un padre al que cualquier juez cabal, de haber tenido oportunidad, habría quitado la custodia; de unos hermanos que con los años van asomando la patita y se convierten en recaudadores de las migajas de Michael, como bien se demuestra ahora. Hago un inciso para referirme a la chapuza intolerable que ha supuesto el polémico lanzamiento del tema "This is it". Con motivo del documental se confeccionó a toda prisa un álbum que tan sólo incluía, una vez más, viejos éxitos del cantante; pero había que incorporar un tema nuevo, de esos supuestamente cientos que están por ahí escondidos, para satisfacer al público deseoso de conocerlos. El caso es que, lejos de rescatar alguna de las grabaciones que había hecho en los últimos años, y que nos darían fe del estado en que se encontraba, recurren a un viejísimo tema coescrito con Paul Anka y cedido en los años ochenta a una cantante medio desconocida, al que añaden unos suntuosos arreglos orquestales que podrían pasar por marca de la casa. Pero el escarnio no podía quedar ahí, y previendo el pelotazo, los entrañables hermanos estraperlistas deciden grabar unos coros y meterlos con calzador. El resultado se deja oír -imposible que nada de Jacko sea realmente malo-, aunque el ridículo fue mayúsculo cuando, justo al salir a la luz, los propios fans encontraron la vieja grabación de la cantante desconocida y descubrieron el pastel. Anécdotas como ésta, a pocos meses de fallecimiento de Michael, nos dan fe de la calaña del personal que lo rodeaba. Y este libro interesante, profundo, pero infinitamente triste, nos explica cómo el artista pudo dar rienda suelta a su megalomanía, su infatilismo, su ignorancia y su absoluta falta de cálculo a pesar de tener en nómina, a lo largo de los años, a decenas y decenas de managers, asesores, abogados -ay madre-, y ayudantes de diversa índole. La tesis del autor es que en algún momento después de Thriller, pongamos a finales de los ochenta, se le fue definitivamente la cabeza. Operaciones de cirugía estética, extravagancias, inseguridades con respecto a su carrera -¿alguien se puede imaginar la presión que supondría grabar Bad?- y, finalmente, el gran problema de las denuncias de abuso a menores. En este aspecto el escritor se muestra prudente -lo que, según confiesa, motivó el rechazo del biografiado y todo su entorno-, a fin de cuentas, nos dice, él no estaba allí dentro para poder afirmar a ciencia cierta lo que pasó. No obstante, tampoco elude incidir en lo que muchos, aun a distancia, hemos defendido durante todos estos años: la insultante incoherencia de los casos que llevaron a Jacko al banquillo. Afortunadamente el autor se explaya en pequeños detalles de los comportamientos de los demandantes, sus historias personales de relación con Michael, las declaraciones testificales... En el segundo juicio, hace pocos años, la inconsistencia de la demanda llegaba a ser de traca. Pero paralelamente refleja el deterioro mental y físico que todo aquel sufrimiento provocó en el artista. Uno de los episodios que para mí resultan más estremecedores del libro, aunque en apariencia no lo sea, ocurre en el momento en que, tras escuchar la sentencia absolutoria del segundo juicio -que Jacko recibió aturdido, seguramente drogado con los mismos tranquilizantes que lo mataron, hasta el punto de que ni siquera llegó a entender que quedaba libre-, un espectador anónimo de la sala de vistas se acerca al autor y le dice: "¿y si de verdad era inocente?". Eso es precisamente lo que nadie se paró a pensar durante aquel decenio de humillación, rechifla y linchamiento públicos. Cada vez que un humorista soltaba en la tele un chiste sobre Jacko y los niños, o que un periodista insinuaba que habría adoptado a tres criaturas para dar rienda suelta a su lascivia, nadie se hacía esa pregunta. ¿Y si de verdad era inocente? Qué le habríamos estado haciendo entonces...




Quizá, no obstante, la moraleja que se desprende de este libro es que, finalmente, la magia venció a la locura. Ya lo había hecho en unas cuantas ocasiones, cuando todo parecía desmoronarse pero una canción nueva, un vídeo o un paso de baile hacían que las cosas recobrasen sentido. Y al final de su vida, volvió la magia. Meses antes de su muerte aparecía en silla de ruedas, aquejado de artrosis, empujado por alguien a su servicio, demacrado y tan falto de autoestima que hasta la música lo había abandonado. Bastaron unas cuantas semanas y un proyecto ilusionante -los cincuenta conciertos en Londres- para que el cadáver se levantase y empezase a bailar como siempre, es decir, como nunca. "This is it" -que aún no he podido ver, esperaré al DVD- es el testamento de un artista irrepetible. La biografía que ahora publica Alba Editorial nos muestra al mito y su sobrecogadora historia trágica. Un universo de música, arte y terroríficas monstruosidades.









-"Oscar Wilde en París", de Herbert Lottman (Tusquets Editores), tiene menos interés para los wildeanos. Al fin y al cabo se trata de un personaje que cuenta con suficiente bibliografía, que el autor se encarga de citar y reproducir convenientemente. Poco o nada añade a la prolija biografía escrita por Richard Ellman o a "Vida y confesiones de Oscar Wilde", de Richard Harris. La primera tiene el mérito académico de la investigación detallada y diríase que completa. La segunda, el valor del testimonio personal, que transmite una cercanía y veracidad con respecto a los hechos que hacen su lectura apasionante. No ocurre así con este "Oscar Wilde en París", tal vez dirigido en exclusiva al lector curioso relacionado con la ciudad. Los episodios de la descarnada caída de Wilde al infierno de la soledad, la enfermedad, la pobreza y el desprecio público son suficientemente conocidos, y dado que Lottman se apoya en fuentes ajenas, ninguna novedad representan. Si acaso puede servir como un primer acercamiento al personaje para un lector contemporáneo, y para el más avezado, la curiosidad de conocer cómo se iba percibiendo todo desde el continente. En este último sentido sí que merece la pena su lectura: a pesar de que Francia representaba una suerte de paraíso liberal frente al justiciero puritanismo anglosajón, lo cierto es que muchos intelectuales y artistas de la época dieron la espalda al caído con tanta o mayor crueldad que sus conciudadanos, pues a fin de cuentas escaso riesgo corrían en París al ofrecerle su apoyo. Junto a miserables historias de infamia encontramos también ejemplos decorosos de compromiso social: desde manifiestos publicados en la prensa a un saludo afectuoso, una invitación en la terraza de un café o el reconocimiento público de su talento manifestado en la reposición de alguna de sus obras teatrales.








El final de Wilde es, curiosamente, muy similar al de Jacko. Abandonados por el arte, aun así son capaces de un último rescoldo de genialidad ("Balada de la cárcel de Reading", "This is it"). En ambos casos murieron condenados por la opinión pública, da igual que el primero fuese culpable de algo que nunca debió ser delito, o que el segundo fuese inocente de algo que indudablemente lo era. Los demás ya habían decidido.








Pero en ambos casos, también, pasaran decenios y un público inacabable seguirá disfrutando de su obra artística, frente a la miserable hoja de servicios de muchos de sus contemporáneos, que tan sólo pueden presentar en su balance la pobre consecución de un puñado de maldades y un poquito de daño, meros arañazos o raspaduras en la piel de dos leyendas que los han vencido.




No hay comentarios:

Publicar un comentario