domingo, 20 de diciembre de 2009

"Slow attack", de Brett Anderson. La madurez brillante de un inesperado artesano.

¿Por qué será que cada día me gustan más las obras de madurez de los artistas que he seguido en mi juventud? ¿Me estaré haciendo viejo? Hombre, el espejo y el carnet dicen que sí, pero me consta que mienten.


Suede aparecieron a finales de los ochenta como una alternativa glam, gamberra y queer a los extintos Smiths. Como todos los buenos grupos de pop, más allá de su imagen estaba la calidad de sus canciones: Animal Nitrate, The wild ones, She's in fashion, The beautiful ones... Himnos inolvidables cantados por la voz chillona de Brett Anderson, divinidad andrógina de los noventa que hizo del exceso y la boutade señales identitarias. Un cruce entre el Bowie de los primeros años y el Mozz de los gladiolos, con música más pegadiza y quizá menos arriesgada.


Pasó el tiempo, y ahora Brett Anderson ha superado los cuarenta, está casado y vive alejado un poco del ruido de la ciudad y la noche. Suele ocurrir. Como también suele ocurrir que esas circunstancias, unidas a la experimentación de nuevas vías creativas, se identifiquen de inmediato con el aburguesamiento o la mediocridad. Qué le vamos a hacer, los blogs y revistas musicales están llenos de universitarios pajilleros a los que las alianzas de boda y las campiñas les suenan a aburrimiento marciano. En el fondo es un mero problema de base cultural -musical, literaria, artística, cinematográfica-. La historia nos ha ofrecido ya los suficientes ejemplos de creadores excelsos que no deambulaban precisamente por el lado salvaje de la vida (sostener que el arte está necesariamente ligado a eso es como decir que también lo está al consumo de tomates cherry), pero no merece la pena detenerse en ello, como tampoco en que cada edad, y cada situación, proyecta su reflejo en lo que se crea. La clave se encuentra en que ésto tenga la suficiente calidad, y cuando existe esa base a la que he hecho referencia, es raro que no la tenga.


Brett Anderson ya no hace pop-rock con el que dar saltos en los conciertos, aunque podría haber sido así -fijémonos en Mozz, más potente que nunca-. La línea que explora es aquella que se apuntaba precisamente en temas como "The wild ones", canciones tiernas, solemnes, sensibles, apoyadas en hermosas melodías de piano o guitarra, con arreglos de cuerda a veces, y una voz que recuerda tanto al icono que fue como lo supera el artista maduro en que se ha convertido.


Tras una breve andadura con "The tears" publicó su primer álbum -homónimo- en solitario, donde incluía una de las mejores canciones que ha escrito: "Love is dead". El segundo disco, "Wilderness" (2008) supuso un avance en la búsqueda de la melodía perfecta por la vía de la desnudez musical y emocional, temas minimalistas, de tan sólo voz y piano muchos de ellos, que recibieron todos los palos posibles de los eruditos musicales veinteañeros rebeldes con paga paterna (¡maduritos al poder...! ¿Se nota mucho que respiro por la herida?). Ahora parece "Slow attack", donde se consolida su nueva voz como artista, aunque arropado esta vez por mayor instrumentación, en un proceso que él mismo califica como de "desmantelamiento de su ego". "The hunted" es uno de sus mejores temas, aquí os lo dejo:





Me ha gustado leer en su web que, una vez acabado el disco, fue a escucharlo mientras paseaba sus perros por el parque, y habla de él con la sinceridad de un verdadero creador: no es la obra perfecta que siempre anda buscando, pero algunos de sus temas se encuentran entre lo más destacable de su carrera, y poco más puede pedir.


También a mí me gusta escucharlo cuando paseo a Betty, y cuando escribo por las mañanas tratando de alcanzar una meta artística a la que, como mucho, sólo llego a aproximarme. Este trabajo de Brett Anderson me ayuda a creer en ello, y me hace más feliz el camino. Gracias.

3 comentarios:

  1. Desde que comenzara su carrera en solitario el estilo del ex-Suede ha dado un giro de 180 grados. Lejos quedan ya las pirotecnias guitarrísticas y la temática urbana y glamourosa. Anderson se acerca con sus últimas obras al cantautor de baladas intimistas. Su inconfundible y afectada voz sigue presente arropada ahora en suntuosas orquestaciones. Ha seguido un camino similar al que emprendiese Richard Ashcroft al abandonar The Verve. Con un sonido más orgánico y humano, hasta su imagen se ha reconvertido desde el glitter y el lamé a un aspecto mucho más natural y sobrio. Quien tuvo, retuvo y Brett Anderson firma un trabajo estimable rebosante de melancolía. Pero me hizo disfrutar mucho más su partenaire en Suede, el guitarrista Bernard Butler, con sus dos exuberantes álbumes en solitario.

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  2. Coincido en todo lo que dices. No he escuchado los álbumes de Bernard Butler, pero me haré con ellos. Gracias por tu comentario.

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  3. Estoy de acuerdo en todo, posiblemente no tengamos más ganas de dar botas, yo ya dí unos cuantos con Suede, pero lo cierto es q estoy más cercano de brett en solitario q de editors, interpol y un largo etcetera.

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