viernes, 18 de diciembre de 2009

'Millennium', de Stieg Larsson... Y ahora qué hacemos sin Micke y Sally.


Mi historia de encuentros-desencuentros con estos libros terminó el mes pasado, cuando después de ver la película "Los hombres que no amaban a las mujeres" algunos de sus personajes y situaciones anduvieron rondándome por la cabeza. Había dejado el primer tomo, pero me di por enterado con su versión cinematográfica, y cogí el segundo con prevención e interés a un tiempo. Poco puedo añadir a lo expuesto por Vargas Llosa en su excelente artículo "Lisbeth Salander debe vivir". Sin embargo sí que me gustaría destacar algunos aspectos, tanto positivos como negativos, en torno a esta obra que merece, ante todo, ser analizada con la cabeza pero disfrutada con el instinto lector que nos hacía embadurnar los libros y tebeos de chocolate y migas cuando éramos niños, pues no podíamos permitirnos interrumpir la lectura por algo tan prosaico como una buena merienda.

  • En el lado bueno, decir que es una excelente obra de entretenimiento. Como el propio Larsson comentaba en su correspondencia, el tono y la atmósfera de cada uno de los tres libros es distinto, aun dentro del género detectivesco o de novela negra, como queramos llamarlo. Si la primera historia tenía algo de las retorcidas especulaciones de Agatha Christie en torno a un puñado de sospechosos, la segunda es un thriller de acción verdaderamente frenético. El tercer tomo, para mí el mejor, encajaría dentro de la novela política o incluso de suspense judicial. Por encima de los concretos argumentos, lo que resulta fascinante y hace adictivos los volúmenes es el carisma de sus personajes, especialmente los femeninos. No sólo Lisbeth, de la que ya he hablado en una entrada anterior, sino la editoria de Millennium, Erika Berger, con su tenacidad y carácter indomable, una verdadera mujer de dirección y gobierno, y por lo tanto discutida e incluso violentada en cuando comienza a ejercer, aun con buena mano, el poder; Mónica Figuerola, la encantadora policía vigoréxica que mata sus nervios sudando en el gimnasio (y sudando con Mikael); Susana Linder, segurata dura y sensible a un tiempo; Annika Giannini, la abogada de Lisbeth y hermana de Mikael, igualmente firme, inteligente y valiente. Todas ellas, en realidad, son las mujeres reales que vemos a diario, y por eso no deja de resultar extraño el atractivo que presentan en la ficción; tal vez se deba, a fin de cuentas, a que estamos tristemente acostumbrados a otras representaciones femeninas: la mujer fatal, el oscuro objeto del deseo, la víctima o la adoratriz... Luego resulta que las chicas con las que convivimos en cualesquiera ámbitos sociales se dedican a algo más que fumar misteriosamente, retorcerse como boas en nuestra presencia y rezumar perlillas de sudor por el amplio escote; aunque el mal cine y la mala literatura traten de perpetuar esa imagen lo cierto es que también trabajan, pelean, crean, deciden y se divierten. Qué triste conclusión, la de que Larsson parezca innovador contándonos semejante obviedad. De una manera u otra se nos hacen cercanas, y nos vemos envueltos en sus peripecias con curiosidad y afecto (más de una vez nos apetece entrar en el libro, ponernos de su lado y liarnos a bofetadas con los malos). En la cúspide de esta robusta y admirable pirámide femenina se encuentra, claro, Lisbeth, que a medida que avanza la narración -y ese es otro acierto de Larsson- se humaniza, deja de ser menos símbolo y adquiere hechuras de persona contradictoria, frágil, empecinada y doliente. En cualquier caso, de poco servirían los personajes bien construidos si la trama de unos libros como éstos no los sustentase: y aquí es donde se encuentra el verdadero virtuosismo del autor, en la obsesiva, casi enloquecida minuciosidad con que nos va relatando las investigaciones paralelas que giran en torno a un escaso puñado de hechos, hechos que arroja sobre las primera páginas de los volúmenes, para después elevarse sobre ellos como un dios que con afán experimentador se distrajese observando el deambular con frecuencia despistado de sus criaturas, e interviniendo en pocas ocasiones -ciertos azares imposibles o reacciones inverosímiles- para que todo llegue a buen término, esto es, al término que desde un principio había establecido. La verdad que transmiten estas novelas es la del amor del autor por su profesión, el periodismo, y su concepción honesta e idealizada de una tarea que estamos habituados a mirar con desconfianza. Larsson creó en la ficción la revista en la que le hubiera gustado trabajar en la realidad, con la ética como guía, ambiciosa en sus objetivos y alcances, capaz de hacer temblar los grandes estamentos de poder aun ha riesgo de verse destruida por ellos. Pocas veces se nos había explicado el trabajo del buen periodista con tanta precisión y, sobre todo, pasión, hasta el punto de que tan relevantes son los hechos que van sucediendo como su reflejo más o menos libre o condicionado en la revista Millennium. No menos puntilloso es en las investigaciones policiales, y todo ello constituye la mayor fuente de entretenimiento de las historias, pues hay que reconocer que la manera en que a veces se resuelven, con escenas de acción que parecen sacadas de viodeojuegos, dejan bastante que desear.


  • En el lado malo, algo que ya he tratado en otras entradas y que esta clase de libros de reafirma. De veras que lo he pasado muy bien con ellos, pero lo cierto es que desde su mismo incio, desde su construcción y la elección de sus herramientas, renuncian a esa expresión artística ya antigua que denominamos literatura. No existe trabajo con el lenguaje, ni con el punto de vista, carece de un "narrador" en el sentido técnico del término. Se trata, a fin de cuentas, de contar un cuento, una historia de buenos y malos que nos entretiene, que nos trasmite información -sobre la sociedad sueca y sus oscuros mecanismos, similares en lo peor a los de todas las occidentales-, y que trata de reflejar un sistema de valores propio del autor -en este caso con apariencia de sinceridad, frente a otros artefactos novelísticos "buenistas" que utilizan lo políticamente correcto como estrategia de marketing-. Pero nada más. Uno de los aspectos en que queda reflejada la verdadera altura artística de la propuesta es precisamente aquel que sorprendentemente más se destaca, y que incluso la ha hecho merecedora de un premio: su supuesta denuncia de la violencia de género. Ciertamente que en toda su biografía se transparenta que Larsson era un firme defensor de la igualdad, la justicia social y los derechos de las mujeres. Pero desde luego que estos tres libros no nos dicen nada serio acerca del problema. Para escoger a sus maltratadores acude a ejemplos extremos cercanos a las figuras mitológicas del vampiro, monstruos perfectos, asesinos en serie que no sienten dolor, psicópatas sexuales, pedófilos, sádicos, traficantes de mujeres. Quizá por ello, al igual que en los cómics de superhéroes, tenemos en el lado opuesto a los buenos sin tacha, capaces igualmente de las mayores proezas, que nunca llevan a cabo, no obstante, con facilidad. El mal contra el bien, en abstracto de puro radicales que son sus hacedores. Tan sólo atisbamos ejemplos de la desigualdad y la violencia real que sufre la mitad de los seres humanos en los episodios laborales de Erika Berger (que nos desvelaré por si chafo a alguien la lectura), o en Hans Faste, ese policía empeñado en etiquetar a Lisbeth como "peligrosa asesina lesbiana satánica adicta al BDSM". Causa estupor que en muchas reseñas se diga que estos libros nos revelan a la Suecia real. ¿Está Suecia llena de psicópatas sexuales y el resto de especímenes que he ennumerado en líneas precedentes? Nadie puede hacerse una idea de la situación en ese país en lo que a la violencia de género se refiere con estos ejemplos de malvados de cuento de hadas. En realidad los personajes que más nos enseñan sobre nosotros mismos son aquellos que se encuentran en la zona gris de la escala de bondad-maldad, los que en un momento dado deben hacer frente a sus prejuicios, dudar entre varios caminos, intuir por donde puede andar la verdad; o lo que la descubren, pero se dan cuenta de lo sencillo que sería para ellos dejarla pasar, hacer como que no han visto nada y dejar de complicarse su carrera profesional o sus afectos personales. Ahí sí que nos hemos encontrado todos alguna vez, sentimos su incetidumbre como propia y nos regocijamos cuando toman, finalmente, la salida correcta.


En fin, casi mil quinientas páginas después me quedó un sentimiento de extraña tristeza, qué iba a hacer yo sin Micke y Sally, como si hubiese dejado atrás a unos amigos y supiese que por alguna razón ya no volvería a verlos. Anduve deambulando por internet para compartir con otros esa pérdida, leí testimonios de algunos lectores/as y visité entrañables páginas dedicadas a seguir los pasos de los personajes por el Estocolmo real. En especial tuve la necesidad de encontrar las famosas Billy's Ban Pizzas congeladas que constituían la base de la dieta de Lisbeth.




Pero he de ser sincero: ha pasado una semana y mi sentimiento ya no es exactamente el mismo. Tengo el vago recuerdo de argumentos y percances, y de mi disfrute mientras devoraba páginas. También me acuerdo de Lisbeth, me la imagino enfurruñada delante de su ordenador, metiéndose en más jaleos, y deseo que le vayan las cosas bien.


Sin embargo no puedo olvidar, pese a que hayan pasado meses desde su lectura, la imagen de ese perro que echa a correr en un paraje helado, escena central de "La lluvia antes de caer", de Jonathan Coe, o la rebeldía musical, divertida y aun tiempo lastimosa, de la adolescente de Gopegui en "Deseo de ser punk".


Algo debería poder explicarlo, llamémoslo diferencia entre "literature" o "popular fiction". O simplemente, el inexplicable poder del arte. Todos estos libros, a su manera, lo tienen. Pero unos más que otros.

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