lunes, 21 de diciembre de 2009

"Diaro de un antimenfotista." Daniel Simón Plá nos saca los colores.

Llevo unos pocos años viviendo en Alicante, y acabo de descubrir que no la conocía. Si algo caracterizaba mi opinión sobre esta ciudad era que se trataba de un "yermo cultural" de primerísima magnitud, en especial si la comparaba con otras. Los escasos eventos a los que he asistido en estos años tenían, aunque sólo ahora me he dado cuenta, un aspecto en común: una cabeza llena de rizos que se paseaba de un lado a otro organizándolo todo.

Esa cabeza, que sirve para mucho más que portar los rizos, se llama Daniel Simón Plá, gestor cultural de los que engrandecen la profesión, sobre todo porque la ejerce con el viento en contra, la tormenta perfecta, y el terremoto siempre a punto de agrietar el suelo bajo sus pies.

Este libro recopila sus columnas en el diario La Verdad, donde ha acuñado un término, "antimenfotista" como reacción y contrario al ciudadado menfontista, entendiendo por tal el que, preferiblemente apoyado en la barra de un bar, tiende a despotricar contra los males de Alicante con inapelable convicción, un día tras otro, y así, poco a poco, a lo largo de toda una vida. El menfotista ve la cosa muy mal, lo que unido a su conciencia de que el mal siempre son los otros convierte el problema en irresoluble. La cultura no existe en Alicante, y no es posible hacer nada al respecto; los poderes públicos se han desentendido de ella por completo, y más que ayudarla a respirar, la torpedean. Sí, todo eso es desgraciadamente cierto, pero ante tal situación hay quienes se quejan en la barra del bar y piden otra caña para seguirse quejando, o los que pasan a la acción al grito de guerra de Daniel: "¡antimenfotistas del mundo, uníos!".


Es justo que reconozca que yo soy uno de los quejicosos, salvo que suelo ejercer la actividad en casa, y no tanto en la barra del bar. Hace tiempo que di esta ciudad por culturalmente muerta, y ha sido dentro del hogar donde me he creado una burbuja que me proporcione el oxígeno necesario para ir tirando y sobrevivir al trabajo.


Entonces un día veo este libro, hojeo sus páginas y decido comprarlo. Y me he llevado una sorpresa tal que no acabo de creerme su contenido, parece una broma, o una performance encaminada precisamente a poner en solfa el panorama cultural alicantino imaginando que existen cosas inverosímiles. De repente aparece este tío y nos habla de actos interesantes que tienen lugar a lo largo de todo el año, de bares de esos que uno añora -pequeños centros culturales, frente a los chunda-chunda donde gente desesperada acude a babear y mirarse con la vana esperanza de acabar en una cama y contarlo el lunes en el trabajo-, de colectivos organizados para cambiar las cosas -aunque su propósito acabe en un bello fracaso-, de artistas que en poco tiempo ya van consolidando una obra con repercusión nacional, de iniciativas locas y divertidas, de lugares desaprovechados y mapas de ocio para todo tipo de públicos. Lo hace con buena prosa y la honestidad suficiente para apartarse del foco y sacar a la luz lo mejor de lo que otros hacen, por pequeño que sea.


¿Es posible cambiar Alicante? El optimismo desbordado de Daniel nos saca los colores, y hace que muy secretamente creamos que sí, y nos sintamos culpables por no hacer nada al respecto. También nos preguntamos por qué este profesional, que tiene su propia empresa de gestión cultural y se ocupa en la actualidad de la programación del espacio Camon, no es la primera voz a consultar por los poderes públicos (o más bien nos imaginamos por qué no es así, pero como decía el caudillo, no nos metamos en política...).


Sirva como triste excusa para mi menfotismo la dificultad con que uno se encuentra, cuando se traslada a una ciudad nueva, si la oferta cultural no aparece sistematizada y canalizada a través de la acción pública. Con ello no quiero decir que deba ser el Ayuntamiento quien la controle, pero sí quien la difunda, respetando su creatividad y diversidad. Así ocurre en mi Gijón, por ejemplo, donde nadie que pase unos días puede no darse por enterado de todo lo que se mueve y lo que ocurre. Gijón, en ese sentido, lleva años desarrollando una trayectoria cultural estable, plural, solidaria e innovadora. Para alguien que aterriza en Alicante y que debe pasar muchas horas diarias de su vida en un trabajo que ninguna conexión tiene con la cultura, como un servidor, no resulta fácil integrarse en esos mundos e iniciativas que, por suerte pero también por desgracia, obedecen muy a menudo al impulso individual o asambleario de un puñado de meritorios antimenfotistas.


En cualquier caso este libro ha sido para mí un descubrimiento, me ha enseñado cosas de la ciudad donde vivo que ni siquiera me habría atrevido a soñar. No sé cómo andaré de tiempo, disponibilidad o ganas. Pero si sé a dónde acudir para enterarme de la vida cultural alicantina. Es decir, que ya no tengo excusa.

3 comentarios:

  1. Francisco, creo que es la mejor crítica que he leído de mi libro. Gracias por expresar de manera tan clara lo que pretendía plasmar en el libro pero, sobre todo, gracias por tu complicidad.

    Ahora, vamos a antimenfotizar Alicante

    ¡¡ MUCHAS GRACIAS !!

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  2. Y, por cierto, estoy muy de acuerdo contigo, Gijón es el modelo y la meta ¡Puxa Asturies!

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  3. Gracias a ti, Daniel, este libro deberían repartirlo en la Refe o Iberia cuando uno aterriza en Alicante, sobre todo para quedarse. Me alegro de que tengas esa opinión de Gijón. Poco a poco acabarás 'gijonizando' Alicante, seguro. Saludos.

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