martes, 22 de diciembre de 2009

'Los papeles de Aspern' y 'Cuadernos de notas', de Henry James. El maestro, lugar seguro.

Vuelve el maestro al mercado editorial español por Navidad. Siempre ha estado y estará ahí, con nuevas publicaciones y reediciones de clásicos, y siempre acudimos a él cuando se hace necesario tomar fuerzas literarias en lugar seguro. Seguro no quiere decir previsible, ni aburrido, bien al contrario su obra continúa marcando las cotas más altas en la historia de este noble arte, y siempre es un placer, además de una experiencia formativa y enriquecedora, acudir a sus páginas.



Alba publica una nueva edición de "Los papeles de Aspern" que nos permite disfrutar al James más pudorosamente humorístico de toda su trayectoria. Novela corta memorable que toca alguno de sus temas predilectos: la pasión literaria más grande que la vida, la intimidad del escritor enfrentada al mundo y, cómo no, la batalla entre inocencia y corrupción, los sutiles manejos de la segunda por domeñar la primera.



La traducción de Alba "suena" impecable, como era de esperar, aunque uno echa de menos en la escena cumbre aquel viejo: "¡Ah, bribón publicador!" (no recuerdo exactamente la editorial en que la leí por vez primera), frente al actual "¡Ah, editor sinvergüenza!".



Destino recupera también los Cuadernos de Notas, y aunque tenía la vieja edición, no he podido resistirme a hacerme con ésta, bastante más cuidada. El libro es uno de los mayores tesoros que un autor, quizá involuntariamente, puede legar a la posterioridad. Releerlos ahora me produce la misma excitación que experimenté de joven, cuando después de acabar cada una de sus obras mayores acudía a este volumen para rastrear de alguna forma la carpintería de tan brillantes creaciones. Aparece aquí el observador patológico, que atrapa las ideas como un cazador de mariposas, fascinado por su belleza e interrogado por sus posibilidades; vemos al autor reflexionar sobre la escritura, en lo concreto -las dificultades para encarar un proyecto- o en lo más abstracto; nos divierten las retahílas de nombres que se le ocurren para personajes, y el grado de elusión que alcanza para nombrar lo innombrable. Henry James deambulaba de cena en cena, de salón en salón, en pos de una idea. Parecía, en su comportamiento social, más interesado en el arte que en las personas; sin embargo son éstas, en toda su profunda humanidad, en sus más sutiles sentimientos y oscuras inteligencias, las que cimientan sus libros. La dicotomía siempre irresuelta entre arte y vida, testimoniada en estos extraordinarios cuadernos de notas, de lectura insoslayable para cualquier interesado/a en la creación artística.

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