martes, 22 de diciembre de 2009

'Taking Woodstock', de Ang Lee.

En primer lugar, me gustaría que alguien pudiese explicarme por qué esta película ha pasado en apenas un suspiro por la cartelera española. Ang Lee es un director lo suficientemente prestigioso para que no hubiese ocurrido así, y sin embargo, misterios de la distribución, verla en las salas resultó más difícil que ser afortunado hoy con la lotería de los coj**** (sí, ésa que siempre te obliga alguien a comprar en el trabajo, alguien que siempre suspira y resopla diciendo "último año que me ocupo de esto"... hasta el año siguiente, cuando te aparece con doce papeletas distintas de cofradías diversas...).
Lo cierto es que "Taking Woodstock" puede colocarse a la altura de cualquier otra película del director, y reconocemos en ella la construcción de personajes-foco, dubitativos y frágiles, en torno a los cuales deambulan otros más seguros de sí mismos, y la interacción de todos ellos culmina en un cambio, al final del metraje nadie es como era, ni falta que le hacía. Porque a lo largo de su filmografía Ang Lee nos habla siempre de quienes no tienen fácil acomodo en una cultura o entre una gente. Y su lucha por salir adelante, aunque esté llena de azares, episodios divertidos o surrealistas y pequeños apuntes dramáticos.
De todo hay en esta cinta amable e intensa, que cuenta la trastienda de Woodstock y el juego de casualidades, lucros desaforados, manipulaciones e irresponsabilidades con que se puso en marcha. Hasta que de repente la gente lo llenó todo con esos valores que ahora tanto se caricaturizan (paz y amor...), aunque no nos vendría mal colocárnoslos sobre la lengua y dejar que nos poseyesen como el ácido que arrebata al protagonista en algunas de las escenas más hermosas de la película, y todo encajó de repente, y quedó la leyenda construida.

La intrahistoria de aquel hecho irrepetible se narra a través de otra bien distinta: la emancipación de un muchacho voluntarioso sometido a una trama familiar de mezquindades y codicias. Cada paso de los que da va en esa dirección, aunque en apariencia se trate de organizar el festival. En este sentido, es significativo que al final nunca llegue a ver una sola de las actuaciones, en una especie de guiño al agrimensor K que vagaba de un personaje a otro sin poder entrar nunca en el castillo.
El metraje, de dos horas, se te hace corto sin que ocurran excesivas cosas, quizá porque le basta con transmitir algo de aquel espíritu con el que pareció posible un día hacer un mundo nuevo. Hermoso propósito que ahora parece resultar extraño al espectador, a tenor de la pobre repercusión de la película. Los medios de comunicación ya se han encargado de decirle a la gente lo que hay que ver esta temporada: la última pirueta tecnológica del cine -esos espantosos bicharracos azules de Avatar-, que alimentará convenientemente el saco sin fondo de nuestra vacuidad.
"Taking Woodstock", recomendable para pasar un rato de entretenimiento de ése que no ofende, y recordar, aunque sea con la boquita pequeña y disimulando, que sí, que otro mundo es (¿fue?) posible.

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