jueves, 21 de enero de 2010

"¡Mueran los 'heditores'!", artículo de Luisgé Martín en El País. Los dueños de la finca se ponen nerviosos.

Cada vez son más los escritores que pierden los papeles ante la que se avecina. Ahora ha sido Luisgé Martín, en un artículo publicado en El País, quien presenta su candidatura para sentarse en la mesa de las grandes corporaciones y en la de los gobiernos que ejercen de fieles ejecutores del sistema capitalista-patriarcal que rige nuestros destinos. Juntos decidirán que todo ha sido un error, que ya está bien de tonterías, y acabarán planteándose cerrar el grifo de internet por diversos vías, más o menos sutiles. Algunos medios de comunicación empiezan a cobrar por sus contenidos, pero no es eso lo que más preocupa a los que mandan. Lo que les quita el sueño son los blogs, las redes sociales, la libertad de pensamiento y de expresión, en suma, ellos que son tan defensores de "la libertad" (la otra, vamos).

Luisgé Martín está preocupado por el despiporre éste de que la gente escriba libros o blogs y se dedique a opinar, y que todo ello circule por la red con impune facilidad. Para ello recurre a una serie de falacias que más allá de resultar pueriles dibujan al autor como lo que suele resultar la progresía burguesa cuando ve peligrar su estatus social o económico: un puñado de señoritos.

Para desarrollar su idea de que hoy todo el mundo se cree autor, y que el fácil acceso a la creación y difusión de contenidos va a acabar destruyendo la cultura, parte de la distinción aristotélica entre "la democracia, que es el gobierno del pueblo, y la oclocracia, que es el gobierno de la plebe o, si se prefiere, de la muchedumbre". Hay que tener cuajo para aplicar tales conceptos a la diferencia entre escritor/a publicado en una editorial convencional y escritor/a que se publica en internet. Así, sin más, traza una línea entre unos y otros autores o autoras y divide la creación artística entre los elegidos y la plebe. Luego, como suele pasar en esta clase de artículos, acabará por decir que se le ha entendido mal.
El problema es que se le entiende todo. Para aderezar su teoría con un aroma coloquial, caracteriza ambos grupos mediante dos ejemplos: el de los verdaderos artistas elegidos por la gloria editorial lo representa Saramago; el de la muchedumbre, un personaje al que llama, y esto es literal, mi prima Paqui (que es casi analfabeta pero se divierte contando historias).
Permítaseme un inciso: puestos a crear un personaje analfabeto pero que se divierte contando historias, un tonto del bote que junta cuatro letras y ya "va de escritor"... Luisgé Martín ha escogido, cómo no, a una mujer. A tono con el resto del artículo, el ejemplar autor progresista y defensor de las diferencias enseña la patita misógina desgraciadamente habitual en una parte del mundo gay.
Pues bien, nuestro preocupado autor se pregunta si es justo que Saramago y su prima Paqui estén en pie de igualdad. Hombre, depende de a qué igualdad se refiera. Si es a la de manifestar su mucha o poca creatividad por escrito y difundirla, por supuesto que están en pie de igualdad. Y debe ser esta a la única a la que se refiere y la que precisamente le molesta. Porque la otra, la del reconocimiento y el prestigio, no puede existir nunca, y es complemente absurdo que se plantee en esos términos: ¿acaso el hecho de que todos y todas puedan acceder a publicar en la red supone que todos y todas merezcan idéntico reconocimiento literario, que tengan de por sí el mismo valor? Hay numerosas piscinas abiertas en todas las ciudades, y quien más quien menos alguna vez nos lanzamos y pegamos en ellas unas brazadas. ¿Nos hace eso iguales a los campeones de natación? O más aún, ¿pienso yo, que soy lento y torpe y ni siquiera se nadar bien en los distintos estilos, que tengo la misma valía que mi vecino Manolo, que no es nadador profesional pero lleva años practicando? Es tan disparatado que nos revela la verdadera inquietud de Martín: la igualdad en el acceso, no en el mérito.
Y aquí es donde se encuentra el meollo del artículo. De acuerdo con su visión, el mercado editorial español es el mejor de los mundos imaginables, un dechado de trasparencia, ética y esforzada labor cultural:
A las oficinas de una editorial media llegan al cabo del año casi 1.000 manuscritos. En España deben de circular durante ese tiempo más de 5.000 originales diferentes. La inmensa mayoría de ellos son impublicables, como sabe bien cualquiera que los haya ojeado, y lo primero que hace el editor (gastando dinero para ello) es separar el grano de la paja. Luego, de entre todos los granos elige aquellos que tienen más afinidad con su línea editorial: literatura de autor, best sellers, creación experimental.
Antes de referirme a este párrafo memorable quiero precisar que las editoriales españolas han tenido hasta ahora una importancia trascendental en mi vida, y espero que continúen así. Son responsables de muchos de mis mejores momentos de felicidad, aprendizaje lector y deslumbramiento. Espero cada mes sus novedades por ver si hay algo que me interese, y pocas sorpresas más agradables recibo que la de tropezarme en las librerías con un título inédito en español de Henry James, o con el descubrimiento de algún autor o autora desconocidos para mí y que incorporo entre mis favoritos, como me está ocurriendo ahora con Nancy Mitford, o el año pasado con Iris Murdoch. También me han enseñado que hoy, en este mismo país, continúa haciéndose extraordinaria literatura, desde Belén Gopegui o Cristina Fernández Cubas a Luis Magrinyà.
Ahora bien, junto con ello, y volviendo al párrafo precedente, son muchas las objeciones que puden plantearse al panorama editorial idílico que nos dibuja Luisgé Martín:
  • No es en modo alguno cierto, y de hecho es suficientemente reconocido por los propios agentes culturales, que el modelo de editor que separa el grano de la paja sea el habitual. El grano, para muchos de ellos (no todos, insisto), viene dado por modas comerciales, los contactos y compromisos (yo te cedo al autor que represento a cambio de que también edites a su vecino Paco) y sobre todo la apuesta económicamente menos arriesgada de acudir a textos poco difundidos de autores del pasado siglo veinte cuyos derechos hayan caducado. Así es como cada mes aparecen presuntos genios anglosajones o centroeuropeos de entreguerras. Se pagan cuatro perras a los traductores (no hay más que oír sus reivindicaciones, los verdaderos parias de esta industria), una portada bonita, un amiguete en el suplemento cultural de turno, si acaso una subvención, y a vender. ¿Riesgo, labor cultural, inversión? La misma que la del constructor que contrata mano de obra barata y ajusta bien el precio con la calidad de los materiales.

  • Imagino que no descubro nada al afirmar que los premios literarios están acordados previamente. Hace unos meses así lo reconocieron tres relevantes periodistas culturales (de los diarios de tirada nacional más importantes) en un coloquio, a raíz de una pregunta mía. Pero no era necesario. Se anuncian los ganadores semanas antes en esos propios medios escritos, con total descaro. Y lo peor sucede cuando esos premios son convocados por Ayuntamientos u otras administraciones. Entonces hablamos de tres delitos: prevaricación, cohecho y malversación de caudales públicos. Lo sé por mi profesión, me dedico entre otras cosas a defender a Entidades Locales.

  • Asimismo me consta que el sistema de "lectura editorial" de algunos sellos recuerda a lo peor, de nuevo, del mercado del ladrillo. Yo, lector "oficial", subcontrato mi trabajo mediante el pago de algunos billetes a estudiantes, no necesariamente formados o interesados en lo literario, que me redactan un informe que luego me limito a adaptar y entregar a mis empleadores, quedándome con la plusvalía. Ladrillo way of life.
Nada de esto, entre muchas otras cosas, existe en el mundo de Luisgé Martín. Y ello porque necesita que el sistema sea perfecto para legitimarse. Su condición de escritor aparece así avalada por el logotipo de la editorial que lo publica. Eso, de algún modo, lo hace indiscutible y lo diferencia de la plebe. Si el sistema no es perfecto, sólo queda el caos. Traslademos ese pensamiento a la política general. No precisa de calificativos.
A estas alturas no puedo obviar que como autor publicado en Bubok, que distribuye sus obras a través de internet, me he sentido aludido por el texto de Martín, lo que sin duda le encantaría. Los que así opinan gustan de usar el resentimiento como argumento invalidante. Si denunciamos determinados aspectos del mercado editorial es simplemente por el resquemor que nos produce su supuesto rechazo; si hablamos de las camarillas literarias es que anhelamos formar parte de ellas. Así que voy a hablar en primera persona y contar mi experiencia, asumiendo la imputación de resentimiento o anhelo.
Llevo leyendo literatura y escribiendo desde adolescente, hace casi veinticinco años. A estas alturas no tengo grandes posesiones materiales, pero sí un par de miles de libros. Entre los veinte y los treinta moví algunos escritos por diversas editoriales. Recibí las típicas respuestas estereotipadas, algunas sin tiempo material para poco más que abrir el paquete, pese a que afirmaban haber examinado atentamente la obra. Tiempo después concluí una novela más o menos extensa, "Los nuevos", pero en ese caso los intentos fueron mucho más limitados, consciente de que por sus propósitos, técnica y estructura lo tendría bastante difícil. Aun así, un editor me remitió una carta elogiosa en términos que no voy a reproducir sugiriéndome que recortase algunas partes. Apenas un par de meses después, fue expulsado de la empresa para la que trabajaba, absorbida por un grupo editorial. "Los nuevos" durmió unos años a causa de los caminos, sobre todo profesionales, por los que me llevaba la vida. Hasta que a mediados de 2008 decidí encarar una revisión y reconstrucción a fondo.
Entonces ya existía esa bicha a la que tanto temen los dueños de la finca: internet, las redes sociales, los servicios de autopublicación y distribución individual. Ni siquiera me planteé inciar de nuevo el recorrido editorial. Acudí a Bubok. Tras ella llegó una novela corta, y en los próximos meses completaré otras dos y un libro de relatos. Todos son proyectos con los que llevo más se seis o siete años. Y ninguno va a pasar por las editoriales convencionales.
Poco a poco voy construyendo mi obra, eligo el cómo y el porqué. No busco distribución ni promoción alguna. Tengo una profesión remunerada, y otros proyectos personales y profesionales ajenos a la literatura, aunque no a la cultura en sí, que me interesan igualmente. La creación es un pequeño ámbito de libertad innegociable. No puedo dedicarle mucho tiempo, pero tampoco hago concesiones. Cada mañana escribo una hora, de seis a siete, antes de ir al trabajo. Lo hago a mano, despacio, y tardo mucho en revisar los proyectos y pasarlos a Word, como ocurre ahora. Llevo un blog donde, además de los amigos/as, el azar hace que alguien me conozca a través de mis impresiones sobre un libro, un disco o una película, y a lo mejor acuden a mi página en Bubok y se descargan mis libros gratuitamente. Imagino que cuando se generalice el lector electrónico y se uniformicen los formatos serán muchos más, pero aun así me sorprende y me honra el modesto número de los que lo han hecho. El precio de su versión en papel únicamente cubre los costes de edición, no gano nada con ello. Es que no escribo para ganar dinero. Trabajo para ganar dinero. Aun así, no hay tarea en la que sea más riguroso que mi lenta redacción madrugadora. Tampoco desarrollo maniobras para tener contactos y cosas así. No voy repartiendo mis libros por la calle. Nadie en mi trabajo y entre mis conocidos habituales conoce esta faceta mía. De hecho, allí utilizo otro apellido, el que aparece en mi carnet. Tengo unas cuantas copias en papel para entregar a las amistades que manifiestan interés, y nada más (bueno, tengo previsto entregar unos cuantos a determinadas bibliotecas). Cada lector/a es un regalo, pero el tiempo es demasiado escaso para perderlo en saraos y contubernios. Hay tanto por leer y escribir...
Definitivamente, pues, soy una "prima Paqui" que escribe "editores" con hache. Pero aun así me siento legitimado para preguntar ¿qué daño puedo hacerle al bueno de Luisgé Martín? ¿Y a la Cultura, en general y con mayúscula? ¿Acaso a Saramago?
La cuestión en último término hace referencia a una batalla más antigua: la del control de los medios de producción. Internet puede acabar con las castas que los poseían hasta ahora.
Pero no deberían preocuparse los autores de calidad que ahora, de una manera u otra, forman parte de la casta. Internet y la edición en papel convivirán. El problema es que la legitimidad ya no quedará en manos de unos cuantos que por tradición, contactos, riqueza o herencia se hagan dispensadores de acreditaciones artísticas. Todo será más extraño, caótico y sorprendente. Seguiremos leyendo a los buenos escritores, lo que ocurre es que a veces los encontraremos bajo el logotipo "Anagrama" o "Alfaguara" y otras, en una web a la que habremos accedido por un simple comentario que hayamos encontrado en un blog. ¿Es esto injusto, será el fin de la cultura... representa el mercado editorial español "la cultura", él y sólo él?
Un escritor como Luisgé Martín debería conocer, o al menos no obviar interesadamente, la cantidad de escritores a los que hoy denominamos clásicos y que en vida apenas tuvieron acceso a la publicación. Desde Kafka a Melville o al más reciente descubrimiento de Richard Yates. Si hubiese existido la publicación a través de internet, los habríamos encontrado allí, muy posiblemente. Desde luego que al citar estos casos no pretendo incluirme entre ellos. Yo simplemente soy la prima Paqui.
Dos reproches para terminar:
-Uno a las más de trescientas personas que a fecha de ayer han contestado a Luisgé Martín mediante comentarios redactados en los formularios al efecto que incluía su artículo en El País. Error. Eso es lo que pretenden los medios periodísticos, jerarquizar las opiniones. Por encima está el autor de renombre, y debajo, incluso físicamente en la pantalla, la turbamulta de lectores que expresan sus opiniones. La sociedad red permite la horizontalidad. Tú hablas en El País, y yo te rebato en mi blog, o creo un grupo en Facebook, o movilizo a mi gente a través de Twitter. Así funciona el ejemplar y admirable movimiento feminista del que tengo afortunado conocimiento, capaz de provocar rectificaciones y remover mundos. Las jerarquías vendrán impuestas en el futuro por el valor, el rigor, la calidad y la verdad de lo que se diga, y no por el medio que los transmita, a saber con qué intereses.
-Otro, para mi editorial Bubok. Acaba de anunciar un servicio que conectaría a los autores con los editores que quieran darse de alta en él, justo cuando en un artículo de su blog acerca de los mitos de la autopublicación sostenían que uno de ellos era el de que se recurría a tales servicios por no poder acceder a las editoriales convencionales. Error. Salvo que se trate de un sistema para atraer a ambiciosillos y obligarlos a pagar un dinero por sus vagos propósitos, esto viene a contradecirse con la autogestión que en sí supone el sistema de "impresión bajo demanda". Este nuevo servicio estaría completamente legitimado, porque la iniciativa Bubok debe financiarse, sin duda, y nada hay que reprocharle a ese respecto. Se trata de que quizá lo veo contradictorio con la propia filosofía del sistema, frente a otras actuaciones precedentes como la distribución en librerías.
Por lo demás, sigamos leyendo, sigamos disfrutando.
Suya atentísima,
la prima Paqui.

4 comentarios:

  1. Nada que escriba mejorará este análisis. Una disección impecable e implacable. No cedamos.

    Fdo. Otra prima de Paqui

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  2. Gracias, Rafa. Poco a poco, las primas dominaremos el mundo.

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  3. Bien escrito Fran. Me parecieron muy certeras tus apreciaciones sobre el cortijo editorial. Ánimo con el blog y las novelas. Pese al mutis reviso el blog irregularmente; casi siempre me encuentro con algo interesante. Ya te dejaré más impresiones sobre impresiones, o impresiones a secas, a medida que vaya venciendo la pereza crónica al contacto virtual con la gente.

    Saludos a Nuria, a Betty y a ti, de mi parte y de Alba. A ver si nos vemos en un concierto de Mozz u otro y nos echas una firmilla en "Los Nuevos" (Leí hace tiempo los primeros capítulos que tenias colgados y tengo un buen recuerdo. Hoy lo compré; una vez acabado te comento un poco más)

    Fdo: Darío.

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  4. Qué sorpresa más agradable, Darío. Te agradezco mucho tu comentario, la lectura del blog y de "Los nuevos" (esto último me emociona, pero trataré de disimularlo). Me alegro mucho de saber de vosotros (y más aún que sea así, "de vosotros"), y confío en que el azar o la voluntad vuelva a reunirnos en un concierto (mejor que no sea Nacho Vegas... volverá a llover). Espero que vaya bien la vida, aunque siempre va bien para la buena gente, así que está asegurado en vuestro caso. Gracias de veras y un saludo de parte de Nuria también para los dos. (Betty no saluda, está roncando.)

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