lunes, 11 de enero de 2010

'Mad Men', un virus ético y estético dentro de un sistema bien protegido.


Un grupo de directivos de empresa de finales de los años sesenta. La eclosión del capitalismo tal como lo conocemos y padecemos. Sin que sus talentos o habilidades puedan considerarse en todos los casos notables, configuran una casta de semi-dioses que hace del trabajo el campo de batallas y juegos donde crear y destruir su propio mundo e, indirectamente, el de otro/as. Trajeados, elegantes, bebedores y fumadores pertinaces, violenta y explícitamente machistas, homófobos, racistas y competitivos en grado extremo -en el peor sentido del término, aquél que legitima cualquier ardid para ascender un escalón o mantenerse en el que se ocupa-. Casados todos ellos con esposas perfectas, alejadas del espacio público, recluidas en el hogar con vestidos maravillosos y sometidas a agotadoras jornadas de limpieza, crianza y horneado de platos exquisitos que habrán de estar listos sobre la mesa en el justo momento el que regrese el guerrero. Madres, empleadas de hogar y servidoras sexuales tan elegantes y sonrientes como desesperadas. Los hombres, en cambio, se divierten: ganan o pierden en el trabajo, beben, bromean, flirtean, se acuestan con muchas mujeres, y tratan a las secretarias con la consideración que merece, en cualquier civilización que se precie, una raza inferior: ya no se les pone argollas en el cuello, pero tampoco se les concede el mínimo gesto que pudiera darles a entender que se trata de iguales.




Esta es la sociedad que nos refleja una de las ficciones cinematográficas más sorprendentes de la historia. Sorprendente por cuanto ha conseguido "colar" en la parrilla televisiva occidental un mensaje punk, radicalmente subversivo. Nos dice: esto es lo que somos, en esto nos hemos convertido. De un manotazo aparta las cortinas y nos muestra el interior de la empresa, del hogar, del pensamiento y las emociones de hombres y mujeres en la sociedad contemporánea (poco hemos cambiado desde entonces). Ninguna otra obra de ficción había sido tan directa y explícita al revelarnos la verdadera naturaleza del sistema capitalismo-patriarcado (tanto monta), aquí se encuentra el modelo que nos proponen la derecha y la iglesia: la empresa y la familia como motores sociales. El hombre naturalmente en la primera, y la mujer, naturalmente encargada de la segunda.





¿Y cómo han podido hacerlo? Pues con una mínima sutileza que estratifica el sentido en varios niveles de lectura, y ello a través de pequeñas escenas, casi anecdóticas, que discurren paralelas a los argumentos principales. Como si hubiesen pensado: acomodémonos a las exigencias del mercado con una mínima historia de luchas por el poder, infidelidades, enamoramientos y peripecias variadas, pero hagamos que cada plano nos revele mucho más de lo que cuenta: el acoso sexual constante de los jefes (o no tan jefes) a las secretarias; la separación tajante entre la vida privada (la cena en la casa a última hora del día, tras el beso en la frente a los hijos) y la pública (trabajo más bien escaso, en la práctica, y mucho compadreo entre compañeros, citas clandestinas en hoteles, comidas en restaurantes de lujo...); las diferencias sociales y raciales (el ascensorista negro, la novia del mismo color a la que todos confunden con una criada), etc.


Una secretaria hace un trabajo extra motivada por necesidades urgentes de la empresa. Lo realiza a la perfección, pero nadie -ni siquiera ella- se plantea que deba cobrar más por ello. Vista la necesidad de esa tarea, se decide crear un puesto fijo para desarrollarla: entonces se contrata a un hombre que, por supuesto, sí que cobra. La secretaria vuelve a sus ocupaciones sin más miramientos; entre las cuales se encuentra ser la amante del jefe, que incluso sueña con "ponerle un piso" donde, tras haber dejado de trabajar, se limite a esperarlo cada día para el revolcón correspondiente, previo a que el gran hombre regrese a su casa, con su familia.


Las esposas causan problemas: quieren hijos, se encuentran solas, desean trabajar. A lo largo de los episodios vemos cómo se desbaratan sus planes mediante llamadas (entre colegas), promesas falsas y, llegado el caso, alguna que otra bofetada.


Una chica consigue ascender al mismo estatus profesional que sus compañeros. Aun así, es ella a quien ordenan levantarse para poner una copa o enterarse de por qué se retrasa el jefe en las reuniones. Su supervivencia, por otro lado, pasa por adoptar todos los roles, tics y actitudes que esa alegre cofradía masculina ha establecido en el trabajo. Ser igual que ellos no es cuestión de derechos: se trata de convertirse en uno de ellos.


Los diferentes son estigmas andantes: el homosexual sobre el que se bromea, las gordas -no los gordos-, los negros, las parejas sin hijos, la mujer divorciada a las que ellas ven como una maldita, y ellos como una oportunidad favorable.


El éxito económico no tiene límites: la delación, los tratos de favor, la mentira, la humillación. Memorable el episodio en que el protagonista utiliza a su esposa como cobaya en la preparación de una cena, para demostrar a sus jefes que un determinado producto funciona entre las amas de casa americanas.


El medio ambiente es algo a disposición del hombre: todos los restos de un camping se sacuden y se abandonan en mitad del campo. El tabaco y el alcohol están en todas partes, como atrezzo imprescindible de los rituales mercantilistas.


Estas son las cuestiones sobre las que nos habla 'Mad Men' a través de una estética tan cuidada como la de las películas de James Ivory. El mensaje se hace así vistoso, agradable, y puede distraer a suficientes espectadores por medio de un puñado de tramas habituales en cualquier serie, provocando seguramente el sarcástico efecto de que haya quien se identifique con unos y con otros, cuando todos son mostruos repugnantes. Pobrecilla la apenada esposa que sufre la infidelidad de su marido, y el abandono absoluto en las cuestiones del hogar y los hijos; pero poco antes o después la veremos tratar con displicencia a su criada, o a la vecina divorciada. Habrá quien se quede en lo primero, pero muchos más repararán en lo segundo. Como ya comenté en alguna otra entrada, el mercado actual no se preocupa de desactivar los productos peligrosos, ha desactivado a los receptores, de forma que perciban esta serie como cualquier otro show televisivo de peripecias sentimentales y ligero suspense.


En añadidura, la construcción de los personajes es memorable: los patanes e inútiles que llegan a lo más alto profesionalmente gracias al compadreo, el patético cincuentón que se cree sexualmente arrollador, el trepa inagotable, cercano a la psicopatía, el bufón que tan pronto nos saca de quicio como transforma su rostro para decir las más crueles verdades... A ello sumamos unos diálogos inteligentes pero veraces, y una sabia administración del humor, la intriga -discreta- y el punto de vista. La realización se esmera en el detalle, y hasta se permite algún plano secuencia donde la pulcra sordidez de estos antecesores burdos del yuppie se nos muestra en procesión.


Excelente, en definitiva, al menos en sus dos primeras temporadas (y pese a que los saltos en el tiempo entre ambas, y de la segunda con la tercera, resultan algo inverosímiles). Muy recomendable.


Una última reflexión: la sutileza de los guionistas a la que hacíamos referencia parece tener como fin el contraponer dos modelos sociales opuestos. Uno, evidente, el que vemos en cada episodio, literariamente representado por las biblias liberales que supusieron en la época las novelas de Ayn Rand, de extravagante recuperación en nuestros tiempos. El otro no se ve, ni se cita, si acaso se rastrea en el nombre de la protagonista, Betty, que pudiera hacer referencia a la obra de Betty Friedan, La mística de la feminidad, que tan bien explicó "el problema que no tiene nombre", y que afectaba a las mujeres de la época. Este otro modelo social es que seguimos tratando de construir en el año dos mil diez. Algunos pasos hemos dado, y viendo esta serie, ¿podemos de veras creer que los derechos humanos, la igualdad de género, los derechos laborales, el respeto al medio ambiente, la diversidad cultural... han nacido espontáneamente en el seno del capitalismo, como se nos quiere dar a entender?


No. Todos esos avances han sido fruto de la lucha y el sufrimiento de muchas mujeres y hombres en los diversos ámbitos sociales, en las barricadas y en la academia, en el tumulto de las calles y el silencio de los escritorios, en las empresas y en los juzgados. Mujeres y hombres de izquierdas. 'Mad Men' debería ayudar a que no nos olvidemos de ello.

2 comentarios:

  1. Es de culto total para mí... Estoy terminando ya de ver la 3ª temporada y lo voy alargando pues no quiero que se acabe...

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  2. Yo también estoy ahora con la tercera, y sigue siendo un amaravilla. Saludos

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