jueves, 14 de enero de 2010

'Cold Spring Harbour', de Richard Yates. El talento invisible.

Algunos autores, de entre los más grandes que nos ha dado la literatura, son transparentes en su brillantez, reconocemos al leerlos su estilo, la arquitectura de sus novelas, algunos temas recurrentes tratados con profundidad, todos los aspectos, en definitiva, que han construido su prestigio. Otros, en cambio, lo alcanzan de forma más discreta no ya en lo personal, sino en las propias características técnicas de su arte, de una delicadeza casi inapreciable. Su lectura siempre resulta atractiva, estimulante, placentera y sorprendente, pero no sabemos explicar muy bien cómo ni por qué.

Richard Yates pertenece a este segundo grupo. No sólo, como decimos, a causa de su discreto paso por las páginas de la historia literaria, pues habiendo llevado una vida solitaria de trabajo creativo apenas reconocido, no fue hasta después de su muerte cuando comenzó a ser reivindicado, precisamente por otros escritores, como uno de los narradores imprescindibles de finales del siglo veinte. Es su obra, sin embargo, la que lo caracteriza como artista tan relevante como discreto. Los lectores de a pie lo han descubierto por la reedición de "Vía revolucionaria", y la posterior adaptación cinematográfica. En una entrada anterior comenté la segunda de sus grandes novelas, "Las hermanas Grimes", y ahora se ha publicado esta tercera, "Cold Spring Harbor", escrita tras un largo periodo en que desapareció de las librerías, aunque imaginamos que no de su labor silenciosa. El fruto de ésta, en cualquier caso, merteció la pena al materializarse en esta obra extraordinaria.


Nos encontramos ante el contrapunto de la sociedad descrita en la serie 'Mad Men', aunque el clima social es idéntico: hombres legitimados por su participación en la guerra, creadores o mantenedores de un sistema social embrutecido, cegado por los anhelos económicos y aderezado con una amalgama de prejuicios religiosos, roles de género impuestos a cincel y la individualización interesada de la ciudadanía en aras de la famosa "mano invisible", que sólo se hace presente para soltar sopapos en las caras de los perdedores de siempre. No es de extrañar que en ese clima social los personajes femeninos resulten grotescos en su servilismo burdo, su dependencia, su aceptación de las cosas y su extrañamiento aun de su propio cuerpo. Como flores o mariposas, están ahí para alegrar el paisaje. Los masculinos, en cambio, viven para sí mismos, toman decisiones, son consultados y respetados, desarrollan una existencia construida a través de dos herramientas básicas que sólo a ellos les pertenecen: el trabajo y el coche. Ambas les permiten salir de casa y dejar los problemas tras la puerta, ya sea para acudir a hacer su jornada o escapar a tomar una copa y llevarse a la cama a otra florecilla, u otra mariposa.


El contexto, empero, es muy distinto al de 'Mad Men'. Bajamos unos cuantos peldaños en la escala social y abandonamos las calles céntricas de Manhattan para entrar en los suburbios, en los talleres de automóviles, en las fábricas, y en la soledad de los hogares donde ya no espera una esposa perfecta con hermosos vestidos. Richard Yates conoce ambos mundos, el de los hambrientos ejecutivos paradigma de la modernidad capitalista que se esbozaba, y el de los peones y manufactureros que, lejos de cuestionarse el sistema social, aspiran a encontrar una grieta por donde acceder al terreno ocupado por los primeros. Aquí nos habla de personajes sin esperanza, pero que de alguna forma necesitan sentirse parte de una fiesta a la que no estaban invitados. Imitan los tics y modos sociales de los otros, pero en vez de perfume huelen a sudor, sus coches revientan y precisan de mil reparaciones, y su espacio vital se resume en una convivencia exasperante entre cuatro paredes húmedas y sucias.


Yates desarrolla su escritura secreta pero altamente eficaz para dibujar unas vidas grises, irreflexivas, sometidas a pasiones nada poéticas y a frustraciones muy humanas. A través de la cháchara interminable de la madre comprendemos el destino de tantas mujeres separadas o divorciadas de la época: luchar contra el paso del tiempo aferradas a la quimera de encontrar a otro hombre. El narrador omnisciente, pero respetuoso con el punto de vista, otorga mayor protagonismo al pensamiento de los jóvenes, y más concretamente al de los hombres jóvenes, actores principales en la época: sus deseos de prosperidad, su fascinación por la guerra, su ansias de emulación de aquellos que, bien que mal, salen adelante. Las escenas de sexo se resuelven con una naturalidad animal coherente con el contexto poco propenso a la divagación estética. Los diálogos discurren con agilidad y resultan muy significativos, en este aspecto Yates es un maestro constructor de personajes sin excesivas descripciones o buceos psicológicos, basta hacerlos hablar para que todo quede claro.
La novela se interrumpe más que acabarse, como si con ello quisiera decirnos que en realidad no hay "una historia" que contar en esas vidas. El verdadero final quizá se encuentre en la forma en que el autor aparta la voz de la madre de forma paralela a sus propios personajes.
Tan sólo falta por incorporar al mercado editorial español el volumen póstumo de Collected stories, y es deseable que se haga, para que también en nuestro país terminemos de hacer justicia a este talento invisible que con buen arte nos explicó el final de un viejo mundo, y el origen del nuestro.

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