jueves, 4 de febrero de 2010

"Fin", de David Monteagudo, en El Acantilado. El signo de los tiempos.

Lo que caracteriza a ciertas expresiones artísticas que en algún momento han merecido el calificativo de punk, postmodernas, pop, o cualesquiera otras similares en cuanto a su contenido, es el empleo de las herramientas propias de cada arte conscientemente alejado de los cánones formales que hasta entonces le estaban atribuidos. Así se crea, paradójicamente, un estilo, aun por contraposición a otro. Igualmente legítimos, pues, resultan el desaliño de Bukowski, la sequedad de Carver, o el párrafo intrincado de James. Lo mismo podemos decir de la riqueza o variedad idiomática, muchos autores gustan del barroquismo y la palabra arcaica, otros de la prosa funcional, de los coloquialismos o la experimentación verbal. Nada de ello, en principio, sería merecedor de prejuicios por parte de los lectores, puesto que a fin de cuentas se trata de una más de las técnicas literarias que, en conjunto, conforman la obra. Y lo importante, al final, es su calidad. Ahora bien. En todos estos casos hablamos de un lenguaje personal, imitable o no, pero inequívocamente propio del escritor, con independencia de que nos guste más o menos.
Una entrevista con el autor de "Fin", David Monteagudo, suscitó mi interés por leer esta novela. El argumento inquietante, su afán de "historia de personajes" más que de misterio... Eran ingredientes lo suficientemente atractivos para optar por ella. Entonces la abro y me empiezo a encontrar con esto: "en un tono apremiante, descortés", "palabras prudentes, desconfiadas", "frases entrecortadas, interrumpiéndose", "mirada más reflexiva, más atenta", "información de más sustancia, más densa", "sonido no articulado, gutural", etc., etc.
Las que he transcrito, y no son todas, pertenecen a las tres primeras páginas.
A ello podemos añadir el constante, persistente (permítaseme la parodia) empleo del adjetivo delante del nombre, como si estuviese así preceptuado en las tablas de la ley del escritor: "anónimo llamador", "total silencio", "expectante quietud", "malicioso brillo", "largo silencio"....
Este libro te obliga a levantar la vista de la lectura en algún momento y preguntarte: "¿es una broma?". Desgraciadamente no sólo no lo es, sino que se trata del boom de la temporada. Lamento que ocurra así, ya que me siento identificado con el autor en su dedicación casi clandestina a la literatura, mientras desempeña otro trabajo que nada tiene que ver con ella. Mi reparo lo hago como lector, puesto que en condición de autor no soy quién para aconsejar nada a nadie. En ese sentido pienso que debería tomarse las cosas con calma, hacerse dueño de su lenguaje (con toda la libertad que permite) y dejar de "tratar de escribir bien". A lo mejor son lecturas lo que le falta.
Nada más lejos de mi intención que ser el típico cascarrabias que va buscando pequeños errores sintácticos en la prosa. Tampoco, como he dicho al principio, considero que uno deba ser Juan Benet para escribir una novela. Hay otras herramientas y estrategias en la narración más allá del propio lenguaje, como la propia historia literaria nos confirma. Pero es que estamos ante un caso de falta de rigor extravagante, como un ejercicio de taller literario a cargo de una persona bienintencionada y con ideas. Son los típicos errores de quien carece de un estilo, ya sea punk o funcional, ya deconstruya la norma o la apuntale: redundar las descripciones con adjetivación doble y anteponerla siempre al sustantivo, sin atender mínimamente a la música de la frase. Así que la lectura se hace directamente insoportable, como un camino lleno de piedras con las que uno va tropezando, de forma que ya te da igual adónde lleva o el paisaje que ves a ambos lados. Tienes que dejarlo. Incluso en esas novelas de pura intriga sostenidas por el mero argumento la prosa suele ser sencilla y bien ajustada al empeño de contar, no te fascina pero tampoco de molesta, y a la larga el libro puede resultar bueno o incluso excelente. No es el caso, desde luego, y sin embargo hay tanta unanimidad en las alabanzas a este libro que sólo cabe entenderlo como un ejemplo más del signo de los tiempos.

2 comentarios:

  1. Completamente de acuerdo. Fin es un "bluf" Parece escrito por un chaval de secundaria; el humor es pésimo, el uso de los giros coloquiales llegan a ser insultantes... y encima, una estructura tramposa que te dirige a un callejón sin salida de ningún tipo. No le encuentro la gracia por ningún lado

    ResponderEliminar
  2. Vaya, pues ya somos dos frente a miles, al parecer.
    El "mercado" editorial cada día es más incomprensible. Luego querrán arrogarse legitimidad intelectual cuando llegue definitivamente la catarsis del libro electrónico...
    Gracias por tu comentario.

    ResponderEliminar