domingo, 28 de febrero de 2010

"La invención de los Derechos Humanos", de Lynn Hunt. La literatura estaba allí.

Interesante ensayo de la profesora Hunt que no se refiere tanto a las circunstancias jurídico-políticas que dieron origen a las primeras declaraciones de derechos con carácter más o menos universal cuanto a las transformaciones de fondo que se produjeron en el pensamiento colectivo para propiciar tales acuerdos.

Entre lo más fascinante de aquel complicado proceso se encuentra el papel que la narrativa jugó en el cambio de la percepción del mundo que del alguna manera lo originó. La autora nos cuenta cómo la popularización de determinadas novelas (Pamela y Clarissa, de Richardson, y Julia, de Rousseau) provocó que, por primera vez, los lectores sintiesen como propias las experiencias ajenas, aun de personajes de ficción. No podemos pasar por alto el hecho de que las protagonistas de todas ellas fuesen mujeres, y sin embargo el fuerte efecto de identificación que proyectaron alcanzó incluso a solemnes prohombres de la época, que confesaban sin pudor haber llorado por causa de los infortunios de sus heroínas. No nos entusiasmemos por ello, una de las últimas secciones del libro nos relata cómo las mujeres quedaron ausentes de los debates y, por ende, de los textos finalmente aprobados, lo que motivó la réplica de Olympe de Gouges, en 1791, en forma de "Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadanía", o la Vindicación de los derechos de la mujer, que publicó Mary Wollstonecraft un año más tarde.

Volviendo a la literatura, no sólo las historias que relataban aquellas novelas fueron las responsables de el "efecto empatía" al que se refiere Hunt. Más allá de sus melodramáticos argumentos, fue la técnica empleada en transmitirlos lo que afectó profundamente a los lectores y lectoras de la época. La narrativa epistorial, frente a la antigua voz omnisciente de tintes cuasi divinos, revolucionó el punto de vista e implicó a la gente común en las vidas, igualmente comunes, de sus semejantes. Produce regocijo reparar sobre este hecho, en el que uno nunca había reflexionado. El poder transformador de la palabra escrita como medio de expresión artística se pone de manifiesto, y esta vez para bien. Ello contribuyó al proceso de progresiva "inidvidualización" que hizo a los seres humanos tomar conciencia de su propio cuerpo, comenzar a cultivar su intimidad en los hábitos domésticos, y la experiencia interna de la apreciación del arte en sus más diversas manifestaciones.

Junto la literatura, es el pensamiento jurídico el que más influye para la creación de un "nuevo orden secular". En el siglo dieciocho se promueven las importantes reformas procesales que culminarían en la eliminación de las "cuestiones previas", esto es, el empleo generalizado de la tortura como medio para obtener confesiones de culpabilidad o delación. Desde la misma reflexión jurídica, de la mano del derecho natural, germina la idea de que todo ser humano es titular de una serie de derechos, y las Declaraciones, la de Independencia Americana de 1776 y la Francesa de 1789, ejercen un papel difusor fundamental. De nuevo podemos afirmar que el lenguaje adquiere la máxima importancia en este contexto: el énfasis y la solemnidad literaria de esos instrumentos jurídicos proyectaron sobre ellos un halo de verdades universales que, lentamente y con no pocas dificultades, acabaría alcanzando una implantación social irreversible.
Y es que Hunt también da cuenta de las resistencias existentes desde la religión, el pensamiento conservador y el nacionalismo surgido como reacción al imperialismo napoleónico. Y no deja de consignar la profunda contradicción entre el carácter teóricamente universal de los derechos y la total ausencia de consideración de minorías raciales, sexuales, de clase, etc., que en la práctica no llegaron a ser titulares de ellos. Sin que lo dicho obste al milagroso avance que supusieron, hasta el punto de que uno contempla con alivio su existencia en textos legales ya consolidados, al tiempo que imaginamos que muchos poderes fácticos lamentarán que así haya ocurrido.
De eso se ocupa este libro admirable, de entender el porqué de la primera frase con que se abría la Declaración americana: "sostenemos como evidentes estas verdades...". A día de hoy podemos decir que cada vez son más evidentes. Ya sólo falta que aplicarlas a todos y todas de una manera real y efectiva.

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