lunes, 15 de febrero de 2010

"Historias reales", de Margaret Atwood. El pulgar concienciador.

Gracias a Bruguera continuamos accediendo a la producción poética de Margaret Atwood. Parece ya un tópico afirmar, cuando nos encontramos ante los libros de poesía de un novelista, que ambas facetas presentan numerosos puntos de conexión. Sin embargo esto es especialmente cierto en la obra de Atwood, e "Historias reales" es un buen ejemplo de ello.

Abre el volumen un prólogo de la autora en el que reflexiona, con el humor irónico habitual, acerca de sus comienzos en la escritura poética. La imagen del dedo pulgar que desciende del cielo, aprieta su cabeza y le regala un poema tal vez no agrade demasiado a los fundamentalistas de la escritura artesana, pero la realidad es que la poesía, a diferencia de la novela o el relato, tiene algo de mágica e imprevisible invocación del lenguaje. No pocas veces surge así, como un fogonazo de palabras que se ordenan solas en la mente, por mucho que quizá responden a determinados estados emocionales o apreciaciones estéticas.
Muchas de estas circunstancias pueden apreciarse en las "Historias reales" de Atwood, donde la contemplación inquieta o amenazada de la naturaleza, la preocupación política o la perspectiva de género se asoman en una escritura humorística y densa, a ratos descriptiva y pocas veces ensimismada en el puro lenguaje. La narradora-poeta o poeta-narradora parece pugnar en ocasiones entre su llamada a la palabra dotada de lirismo y la querencia por el cuento, la escena fugazmente captada o la reflexión casi ensayística. Esta tensión se resuelve en favor de una diversidad de tonos y temas que hacen la lectura sorprendente e intensa. Pasamos del agua, la arena o los jardines y sus pequeños habitantes a la intimidad susurrante de "Hotel" o la sobrecogedora alusión a la tortura y la degradación del cuerpo femenino en "Un asunto de mujeres". La política hace aparición para mostrarnos su lado más siniestro, el que convierte los seres violentados en banderas.
En la sección final retorna la Atwood meditativa, que juega con la propia escritura poética como en una suerte de galanteo, alejándose y acercándose de esa condición irrechazable que, por obra de un mágico dedo pulgar, la ha convertido para siempre en una "contadora de mentiras mundanas".
Absolutamente recomendable esta faceta de una autora carente de fisuras, que libro a libro ha construido una obra imprescindible en cuanto a su vigor moral, talento narrativo y reinvención del lenguaje poético.

2 comentarios:

  1. Hola:
    Muchas gracias por la detenida lectura del poemario y por su lúcida reseña. Me hace sentir que el trabajo de traducirlo ha merecido la pena. Lamentablemente, la editorial no se está esforzando mucho en promocionar el libro. Quizá a Ud. tenga alguna idea al respecto.
    Saludos, Pilar Somacarrera

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  2. Estimada Pilar:

    agradezco mucho la generosidad de su comentario. Aprovecho para felicitarla por su excelente trabajo, que nos está permitiendo acceder a esta faceta creativa de Atwood. Y, como curiosidad, decirle que a mi mujer y a mí nos llamó mucho la atención la dedicatoria personal con que usted cierra su prólogo, nos sentimos de alguna manera identificados y pensamos que es una buena muestra de que el rigor técnico no está reñido con la emoción.
    En cuanto a la promoción del libro, es una lástima que, siendo este título -en mi modesta opinión- más importante y significativo que "La puerta", se le ha dado menor difusión, quizá a causa de que han pasado ya los ecos del premio Príncipe de Asturias (el mercado editorial, incluso en poesía, siempre pendiente de las modas).

    En cualquier caso, poco importa ya en esta era de la web 2.0. Se ha acabado el tiempo en que un libro sólo existía si se asomaba a determinados medios literarios. Tenga la seguridad de que su trabajo será apreciado largamente, más allá de los ecos y las modas.

    Reitero mi agradecimiento, reciba un cordial saludo.

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