sábado, 6 de marzo de 2010

"Un asesinato piadoso", de J. M. Guelbenzu. La epidemia de intrigas y el no saber parar. 'Damages.'

Una de las manifestaciones más relevantes de la progresiva infantilización del lector -o espectador- que nos está tocando vivir consiste en el hecho de que la práctica totalidad de obras de ficción que se le ofrecen se encuentran subordinadas a una trama de suspense. Lo característico de ello no es tanto la existencia de una intriga cuanto su completo apoderamiento de los mecanismos narrativos. Al fin y al cabo, todo es -o puede ser- intrigante o enigmático en la vida de cualquier personaje, pero no nos enseña eso la ficción contemporánea. Bien a contrario, los caracteres se nos presentan como meros arquetipos en función de una trama sorprendente, juguetona, entretenida, quizá, pero insultantemente superficial. El lector abre la boca cuando descubre que el ayudante del inspector era finalmente el asesino, que la fiscal había sido comprada por la corporación o que el muerto estaba, en realidad, tomando cañas; pero, dos días después, apenas le queda recuerdo de ello, y además estará muy ocupado leyendo la siguiente historia, en la que será la fiscal quien tome cañas, la corporación se sobornará a sí misma y el inspector acabará convertido en vampiro.



Tal es el grado de simplificación intelectual a que nos somete el mercado literario que las novelas, antaño manifestaciones artísticas, podrían dividirse hoy entre las que cuentan muchas cosas misteriosas -y se presentan como "apasionantes" en las fajillas publicitarias- y el resto, es decir, las "raras", las que no venden ni cuentan y parecen pertenecer a un pasado triste. Porque las que eluden esos cosquilleos del suspense y, en apariencia, nacen con alguna pretensión literaria no hacen sino adaptarse al programa de los nuevos tiempos: el mimetismo de la prosa fragmentaria del facebook, los sms o los e-mails, así como la hibridación de elementos audiovisuales en forma de citas (con el e-book serán vídeos o canciones). Es decir, nada que no haya hecho John Dos Passos hace cuarenta años, pero adaptado a los medios tecnológicos actuales. Este es, en realidad, uno de los asuntos que más me interesa últimamente: nada que objetar al empleo de todas esas novedades que nos ofrece la realidad, pero pienso que deberíamos hacernos unas cuantas preguntas fundamentales del tipo: ¿la escritura de 'novelas' adapatadas al teléfono móvil nos hará ganar o perder? No se trata de que no sea legítima y necesaria, sino de que seamos consicentes de lo que supone el proceso. Los términos de "ganancia" o "pérdida" a que hago referencia tienen que ver con determinados elementos que han caracterizado la narrativa desde siempre: profundidad, desarrollo del pensamiento a través del lenguaje, estética, creación de sentido. Espero que las generaciones futuras conserven la suficiente racionalidad para darse cuenta de que Henry James no puede existir en formato de sesenta caracteres por mensaje. Y de que cuando nos hablen del "Henry James de la era del móvil" nos estarán engañando. El propio formato impide una prosa tan extraordinariamente rica -no así el e-book leído en un Ipad, por ejemplo-.


Sirva este excurso para incidir en cómo la novela contemporánea que no pretende ser la más moderna del mundo y aparecer reseñada en las webs de videojuegos se ha refugiado en la intriga, la mera y limitada generación de suspense mediante vueltas de tuerca narrativas con el único fin de sorprender al lector. Este es el exclusivo y excluyente espacio de legitimidad que le ha concedido el mercado.


Y todo ello viene a cuento del modo en que grandes autores se han rendido a esa presión hasta transmutarse el perfectos cultivadores del género policíaco. Jose María Guelbenzu es uno de nuestros novelistas más destacados, autor de títulos imprescindibles para entender la evolución de la narrativa en español en los últimos decenios. De un tiempo acá, sin embargo, ha reconvertido su nombre en un par de iniciales para presentarse en las mesas de novedades como autor de historias intrigantes. "Un asesinato piadoso" es el cuarto título de una saga que comenzó con "No acosen al asesino". Si esta última auguraba un camino interesante, al buscar el justo equilibrio entre la trama y la construcción de personajes, sin renunciar a un lenguaje denso y trabajado, con el transcurso de los nuevos episodios de la juez Mariana de Marco las cosas han ido yendo a peor. Lo cual lamentamos no sólo por lo mucho que debemos como lectores a este narrador excepcional, sino porque Guelbenzu es uno de nuestros críticos más fiables, cuya labor didáctica acerca de la composición de novelas, con especial dedicación a la literatura anglosajona, han supuesto para muchos -entre los que me encuentro- un aprendizaje impagable.


"Un asesinato piadoso" juega con la típica intriga de espacio cerrado y personajes limitados a la manera de Agatha Christie. En un principio el supuesto asesino confiesa para, de seguido, comenzar el baile de vueltas de tuerca, muñecas rusas o cualesquiera tópicos que podamos aplicarle. Porque todo va hacia adelante para volver atrás sorpresivamente, y en seguida uno se plantea que sólo existen un par de posibilidades de resolución, y mucho antes de que la novela concluya el narrador se decanta, en efecto, por una de ellas. La escritura se muestra chata, con escasas concesiones al Jose María Guelbenzu que conocemos cuando describe los perfiles de esa ciudad norteña imaginaria que tanto se parece a mi querida Gijón -uno de los motivos que me impulsaron a leer este libro-, y la focalización en la protagonista de la saga no hace sino reiterar hechos y motivos de obras precedentes: su independencia, su atracción por los hombretones clásicos y caraduras... No hay evolución, ni tampoco en realidad nos aportaría gran cosa, dados los parámetros con los que se ha construído la historia. Así es que Jose María Guelbenzu firma como J. M. Guelbenzu en su vertiente policiaca, al igual que John Banville muda en un tal Benjamin Black. Búsquese en el diccionario la palabra "vergonzante", describirá este proceso a la perfección.
Lo mismo ocurre con la narrativa cinematográfica, y me refiero con ello a las TV-movies y series, puesto que el cine en cuanto tal ni está ni se le espera. Damages es un ejemplo paradigmático: tiene un arranque excelente con el que nos sitúa en dos planos temporales a través de forwards desordenados y una fotografía sucia y fría, recurso que se repite un par de veces más a lo largo de cada capítulo. La historia es muy interesante: una joven abogada comienza su carrera en un bufete importante dirigido por una profesional cuasi-mitológica, Patty Hewes, justo en el momento en que se avecina una desproporcionada batalla legal contra un millonario embaucador. Con el transcurso de los episodios las manipulaciones se suceden y no sólo nada es lo que parece, sino que todo estaba previsto y dirigido. La atractiva Rose Byrne interpreta a esa ingenua principiante que va perdiendo su inocencia gradualmente hasta mimetizarse con su tutora. Glenn Close está magistral como Hewes, incluso gracias a un efecto físico seguramente contrario al deseado: el botox y/o las operaciones no la hacen más atractiva, sino que la visten con una especie de máscara inexpresiva, y lo digo sin ironía alguna, que se revela altamente eficaz para que nunca sepamos hasta qué punto siente lo que dice o sabe más de lo que parece. Ted Danson, quién lo iba a decir, es el villano perfecto, matizado y seductor. Todo, en realidad, tiene un referente palmario en la narrativa superheroica de los comics: Patty es el Batman contemporáneo de los títulos más "adultos", la justiciera que por alcanzar sus propósitos emplea iguales o peores medios que su adversario (incluso tiene una especie de mayordomo-Alfred llamado Pitt); Ellen Parsons, la joven discípula, es una Robin que aprende las artes del combate y la ausencia de piedad; Arthur Frobisher, el malo, se asemeja a las inteligencias mundanas, elegantes y letales del tipo Lex Luthor. Al final todo parece llegar a una catarsis donde cada personaje termina lleno de heridas e irreparables secuelas.
¿Y qué ocurre en la segunda temporada? Que se te quitan las ganas, que el chiste deja de tener gracia porque has oído varios similares, que el truco del mago ya se ha hecho evidente. Los mismos forwards, las sopresas artificiosas y constantes que intentan mantener un ritmo tan intenso que causa, definitivamente, un distanciamiento tal con la realidad que expulsa al espectador. Y es que, salvando Mad Men, la ficción audiovisual contemporánea no conoce otro camino que el de la intriga. En eso estamos, y a muchos se nos abre la boca no ya por la admiración o el desconcierto, sino por el bostezo.
Mi primera novela, 'Los nuevos', tenía una vaga trama argumental que se disolvía durante prácticamente el noventa por ciento de sus páginas y se retomaba para concluirla en las últimas. Fui consciente de ello desde el principio, y buscaba un lector cómplice que supiese que su mayor o menor valor no iba a estar en ese pequeño ingrediente que quizá, tan sólo, haría el libro más digestivo. En mi novela futura de personajes femeninos (de momento sólo siglas, UMBH, años de apuntes y una especie de casting de fotografías), la "intriga" desaparecerá aún en mayor medida, entendida como esqueleto o soporte de la obra. Sí que habrá decenas de pequeñas "intrigas" en el reconocimiento de situaciones y personajes, de episodios pasados y presentes y, espero, proyección de un pensamiento. No es una postura forzada, se trata únicamente de que toda la gran literatura que ha hecho mi vida plena e intensa desde hace más de veinte años ha dejado en mí una huella indeleble, pero apenas puedo recordar sus "argumentos" o sus "tramas". Como productos alimenticios de carácter perecedero, han desaparecido de los estantes de mi memoria. Pero no así las reservas intelectuales y artísticas que me han proporcionado y de las que he ido tirando para seguir, pese a los mil imponderables de la existencia, felizmente vivo.

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