viernes, 12 de marzo de 2010

"Infiel. Historias de transgresión", de Joyce Carol Oates. La pasión de narrar.

El llamativo título de esta notable colección de relatos augura el que supone su mayor riesgo: el efectismo. No hay demasiada transgresión en ellos, salvo que la entendamos en un sentido muy laxo, y sin embargo aparece esa palabra sugerente en el subtítulo a modo de reclamo comercial, aunque ya de por sí la que lo antecede necesita de pocos subrayados.

Joyce Carol Oates es una narradora de amplísimos registros, con una prosa robusta, sencilla pero permanentemente tensa, capaz de abarcar cualquier historia o cualquier vida, de transmutarse en la perspectiva de un hombre brutal, una niña confusa o una mujer presa del desespero. Semejantes cualidades convierten la lectura de sus libros en un acto pasional, de la misma forma en que viven sus personajes.

El ser humano es, para Oates, una amalgama de impulsos a los que la mente trata de controlar con pocos resultados. La reflexión se abre paso a través de ellos como un guía que tratase de buscar el mejor camino para permitirles seguir avanzando y llegar a su término. Amantes que buscan venganza, ancianos que adelantan su muerte, mujeres enredadas en relaciones que las alimentan mientras las destruyen... El amor en este libro tiene algo de callejón oscuro, las relaciones familiares están llenas de lagunas o arenas movedizas, el sexo es siempre sucio, convulso, con una urgencia sudorosa que lo hace insatisfactorio.
Algunos de los relatos, como "Preguntas", "Fea", "Amante" o el que da título al volúmen, son narraciones ejemplares en la elaboración de personajes y la administración de sus turbaciones. Pocas veces juega Oates con una sorpresa argumental, pero cuando lo hace consigue su propósito: acostumbrados a que muchos de sus cuentos concluyan sin un giro explicativo, no nos esperamos, por ejemplo, el final de "Infiel", que constituye una moraleja aleccionadora sobre los prejuicios de género. En otros, sin embargo, la historia en sí cede importancia frente al mero y breve paseo literario por unas vidas al límite, en el cual se pretende no tanto un efecto de empatía cuanto de conocimiento. La autora nos invita a asomarnos al mundo de los sentimientos extremos y las pasiones, entre las que debemos añadir la suya propia por la escritura, sin someterlo a juicio, a modo de catálogo informativo de los abismos en que podemos caer en algún momento.
La tercera sección es la más irregular, y en ella aparece el riesgo a que aludía al principio: relatos como "Idilio en Manhattan", con su clímax cinematográfico y su recurso al disparo para poner fin a todo, apelan a una lectura fácil guiada por el morbo y el sobresalto, frente a la conclusión igualmente eficaz pero sin duda más ponderada de "El acosador", que hubiese podido tomar fácilmente la misma deriva.
En general es un libro aconsejable para introducirse en las muchas virtudes y puntuales defectos de la autora, y una invitación a seguir leyéndola. Por cierto, abundan las reseñas sobre Joyce Carol Oates en las que la palabra "violencia" se aplica constantemente como una de esas etiquetas que parecen tener archivadas en un memorando los medios de prensa convencionales. Acerca de este concreto título ha llegado a decir que se hacía ardua la lectura de un relato tras otro a causa de su tono violento, señal evidente de que el reseñista se había limitado a acudir al memorando sin la fatigosa labora de abrir el libro. Nada de eso, si por tal entendemos una serie de hechos que podrían ocupar las páginas de sucesos. Esta relevante escritoria nos habla de las pulsiones que en mayor o menos medida nos abordan ante ciertas circunstancias, y que en muy pocas ocasiones dejamos salir a la luz. La lucha del ser humano consigo mismo para retenerlas o domarlas es el terreno de trabajo literario de Oates.

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