domingo, 28 de marzo de 2010

'El oficinista', de Guillermo Saccomanno.

El premio "Biblioteca Breve", de Seix Barral, tuvo un pasado glorioso con nombres como Benet, Vargas Llosa, Caballero Bonald y otros. Durante un buen tiempo fue garantía de literatura arriesgada a la que el galardón ayudaba a abrir brecha, pero en los últimos años se ha adaptado a la lógica comercial y forma parte del carrusel de nombres famosos que van pasando por unos y otros premios según unos turnos que seguramente negocian los agentes en secretas timbas nocturnas. Con este título recupera en alguna medida un buen tono literario que no recordábamos desde "Velódromo de Invierno", de la excelente narradora Juana Salabert.

Lo primero que destaca de este "El oficinista" es su lenguaje seco, hecho de frases muy cortas con las que construye un ritmo lento y derrotado especialmente adecuado a la atmósfera del relato. No por ello resulta simple, sino todo lo contrario, introduce al lector en ese ambiente con efectividad, y no renuncia a la imagen lírica o la adjetivación brillante. Nos habla de un mundo apocalíptico de ecos kafkianos, trufado por recursos clásicos de la ciencia ficción, en el que un personaje sobrevive desdoblado en el tópico oficinista, sometido por su jefe, su familia y una sociedad hostil y peligrosa, y el otro, una voz interior capaz de todo, siempre al borde de la ruptura pero nunca capaz de salir a la luz y llevarla a cabo.


El mundo de "El oficinista" parece consolidar rasgos inquietantes que en nuestro apenas se apuntan: los empleados son despedidos y sustituidos al instante sin miramientos, las calles son un caos de violencia y pobreza, el medio ambiente y los experimentos transgénicos han convertido en monstruos, en mayor o menor medida, a todos los seres vivos, el afecto es sustituido en las relaciones personales por un sexo convulso y doloroso... Y en este panorama sobrevive un triste oficinista que acepta el orden de las cosas con la mansedumbre con que Gregor Samsa contemplaba su cuerpo de cucaracha. Es el mundo interior de este personaje donde se aventura una revolución que nunca llega, una rabia encaminada a lugares equivocados y objetivos improbables.
El párrafo que cierra uno de los numerosos y cortos capítulos resume bien el universo moral de la obra: "no es la diferencia entre lo que fuimos y lo que somos lo que nos abisma, piensa. Es la pereza con que nos abandonamos a la degradación". Una mujer india da a luz en la calle, rodeada de espectadores curiosos o asqueados, los niños celebran peleas de kickboxing a muerte, o ven sus cuerpos sometidos repugnantes subastas sexuales, los trabajadores se denuncian unos a otros, los atentados terroristas y las muertes en plena calle son paisaje común, el cielo está lleno de helicópteros que todo lo vigilan y que, simbólicamente, destrozan a su paso a los murciélagos que sortean sus ráfagas de luz, confundidos... Y tan importante es el mundo degradado que se ve como aquél otro, impoluto, que se intuye: el de la gente pudiente y protegida, ajena a la misera salvo para explorar sus fondos y obtener algún fruto de ello.
Novela importante ésta, que aúna exigencias de estilo y pensamiento, que entretiene tanto como fascina e incomoda; que te deja sucio tras pasear por sus páginas y te acompaña cuando, en el día a día de nuestro mundo, reconocemos augurios del que parece que nos espera. Tal vez la manera de evitarlo, parece insinuar Saccomanno, estribe en comportarnos menos como "el oficinista" y más como "el otro". A fin de cuentas, de que acabemos convirtiéndonos en el primero ya se encargan los que financian los helicópteros.

2 comentarios:

  1. Me lo apunto como próxima lectura...
    Mientras haya una bestia como tú, esta jungla nuestra nunca será como la del oficinista.

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  2. ¿Y qué haría yo en la jungla sin mi león(a)?

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