domingo, 18 de abril de 2010

'Dublinesca', de Enrique Vila-Matas. Inexorable, irlandés, legendario.

Si, de acuerdo con Henry James, la casa de la ficción tiene muchas ventanas, la que da al cuarto de Vila-Matas es una de las más interesantes y agradables a las que puede asomarse el lector. Nos muestra un mundo jovial y desprejuiciadamente literario, tan personal que bloquea cualquier intento de análisis con arreglo a las reglas usuales o preceptivas. Vila-Matas no escribe novelas, dietarios o colecciones de relatos, sino libros de Vila-Matas, y más allá de los tópicos habituales acerca de su transgresión de los géneros literarios, debemos reconocer que ha hecho de sí mismo no ya un género, sino la fusión de todos ellos. Al público lector, en general, le cuesta ser generoso con sus contemporáneos; de ahí que asuste pensar en los pocos autores, a lo largo de la historia, de los que cabe manifestar algo semejante.


Cada título suyo presenta una suerte de excusa argumental para comenzar el despliegue de temas, obsesiones, guiños y bromas privadas, referencias a obras ajenas o propias, transfusiones biográficas y derivas monologales propias de este grandísimo escritor. Todo ello presentado con una prosa excelente, libérrima hasta la farsa, y al mismo tiempo profundamente rigurosa, como una eficaz herramienta que sigue a la vez que delimita la caudalosa imaginación del autor.


Este caso nos encontramos con un viejo editor, ya jubilado, incapaz de encontrar su sitio -aunque, en el fondo, quizá nunca lo tuvo- que trata de reinventarse mediante el "salto inglés" que supone abandonar la seguridad de su bagaje literario francófono y viajar a Dublín para celebrar un desopilante funeral por la era Gutemberg en compañía de amigos escritores tanto o más estrafalarios que él. La personalidad de Riba, el editor, recorre todas las patologías que podríamos encontrar en un diccionario de psicología, como un arquetipo de Woody Allen hipertrofiado y pasado por la turmix de la obsesión libresca. De la mano de su pensamiento errante saltamos de una ciudad a otra, de un escritor a otro, de una chaqueta de Nehru a una gabardina mackintosh, de sonidos inexistentes a fantasmas muy reales, del humor a la melancolía. Porque a pesar del tono de guasa con que se nos ofrece la palabra de este personaje no dejamos de escuchar la música de fondo de un mundo que se acaba, el de la edición artesanal, visceralmente comprometida con el arte literario, la que ha construido en definitiva el mundo que conocemos. ¿Qué vendrá después? Lo ignoramos, pero tal como termina el libro, y a pesar de que "siempre aparece alguien que no te esperas para nada", no ha lugar a buenos augurios. El salto inglés de Riba lo era hacia un precipicio, pensamos al final. Aunque, pese a todo, estaríamos dispuestos a acompañarlo.
Vila-Matas emplea en esta novela un curioso narrador en tercera persona y tiempo presente que se permite la chanza de intervenir en un párrafo como para robar plano, eso sí, con mucha educación: "creo yo, modestamente", nos dice en uno de tantos momentos que provocan la sonrisa. Este narrador conoce tan bien a Riba que algunas alusiones a su formación francesa, su colapso físico y sus devociones literarias nos recuerdan a un autor llamado Vila-Matas, y pensamos que algo tiene el libro de réquiem por un modo de hacer que quizá cada vez menos se repita. O al menos no tal como ha sido hasta ahora en su caso, con una difusión y una visibilidad impensables en el futuro digital y exacerbadamente mercantil que nos aguarda. Los Vila-Matas del mañana serán cada vez menos y más secretos y, por ello, más valiosos. Disfrutemos entretanto del que tenemos, ahora en Dubín y en versión anglo, mañana en lo que a él le plazca.
Serían interminables los pequeños momentos de placer que este libro ofrece a los catadores literarios, desde aquellos de prosa relampagueante ("Una gran desgracia, en cualquier caso, para la vida interior de la vida y tambíén para todos aquellos que aún desean utilizar subjetuvamente la palabra, tensarla y estirarla hacia miles de conexiones de luz que quedan por restablecer en la gran oscuridad del mundo"), a los humorísticos ("una voz deliberadamente suave, poética, antibancaria, vengativa con respecto al espacio financiero en el que se encuentra", o cuando nos habla de los nombres de los bares "inexorables, irlandeses, legendarios"), o a los que, sin mayores pretensiones, nos revela unas cuantas verdades, y quizá la mayor de todas ellas sea la que, de alguna manera, compone la esencia vila-matasiana: "una persona sabia es aquella que monotoniza la existencia pues, entonces, cada pequeño incidente, si sabe leerlo literariamente, tiene para ella carácter de maravilla". Ahí estaba, señores y señoras, después de tantos siglos de debate, la clave de la felicidad.
Tal como se afirma en el libro, "el mundo es muy aburrido" o, lo que es lo mismo, "carece de interés si no lo cuenta un buen escritor". Afortunadamente contamos en nuestro tiempo con uno de los mejores, que libro a libro va haciendo el mundo más interesante, divertido y deliciosamente anárquico. Puede que la era Gutemberg se haya acabado. Pero Vila-Matas no se acaba nunca.

No hay comentarios:

Publicar un comentario