miércoles, 19 de mayo de 2010

“All days are nights: songs for Lulu”, de Rufus Wainwright (disco y concierto). Las lágrimas de Tadzio.

“Release the stars”, el anterior disco original de estudio de Rufus –por en medio anduvieron el homenaje a Judy Garland y su primer directo-, debía haber sido su álbum desnudo tras el exceso barroco de los dos “Want”. Se trasladó a Berlín para componerlo y grabarlo, y la cosa se fue liando hasta el punto de exacerbar la orquestación como no se había atrevido a hacer en los precedentes. No puede un artista semejante luchar contra su propia naturaleza. Ésa que ahora le ha dictado un conjunto de canciones para voz y piano, tensas y no siempre melódicas, brillantes como siempre pero emotivas como nunca.

Durante su escritura ocurrió el hecho seguramente más relevante en toda la vida de Rufus: la enfermedad y fallecimiento de su madre. Incluso en el estadio alejado y especulativo de quienes únicamente nos declaramos seguidores de este músico, y no lo conocemos en persona, se nos hace evidente el grado de afecto que siempre tuvo por ella, algo que era inmediatamente perceptible cuando subían juntos al escenario. De este modo “All days are nights: songs for Lulu” tenía que ser lo que finalmente ha resultado: una obra oscura y doliente, profunda, intensa y, por todo ello, irrepetible. Podrá haber otros temas o discos para voz y piano, pero ninguno de ellos captará el ambiente fúnebre, en el estricto sentido de la palabra, que caracteriza éste.

Rufus Wainwright siempre ha sido uno de esos artistas que no retrocede ante la posibilidad de alumbrar, en su obra, atisbos de su vida personal. A veces incluso han sido catarsis o confesiones más o menos evidentes, cruces de reproches o de piropos entre familiares, recuerdos de íntimos abismos y bromas privadas. Se trata de uno de los aspectos que lo hacen especial -y que algunos confunden con el exhibicionismo mal entendido-, así es de entender que en estos momentos complicados se sienta, como ha declarado recientemente, apoyado de una forma tan intensa por sus seguidores.


“All days…” sólo puede escucharse como una obra total, el viejo concepto de “álbum” que pretende arrumbarse en esta época de canciones individualmente descargables y de fácil asimilación. No es, precisamente, inmediata a la escucha, precisa de varias vueltas para apreciar los matices que lo alejan de la reiteración. Incluye unas cuantas canciones que podrían funcionar de por sí en cualquier otro de sus títulos, pero reunidas en éste adquieren el brillo melancólico que se desprende desde la misma portada. Y clásicos que seguiremos escuchando mucho tiempo como “Who are you, New York?”, excelente apertura que recuerda al hito de su carrera, “The art teacher”, o la sobrecogedora “Martha”, quizá uno de los temas más emocionantes que se hayan escrito en la música popular: la llamada de un hermano a una hermana con la que ha roto relaciones para, sencillamente, hacer reír a su madre enferma, pese a que no haya solución para sus diferencias.

Cuando el tono personal reposa en el disco, nos ofrece tres hermosas adaptaciones musicales de sonetos de Shakespeare que, sin embargo, funcionan como piezas imprescindibles del conjunto. Y casi al final está el aria que cierra su ópera “Prima Donna”, cuyo rechazo tópicamente prejuicioso por parte de la crítica especializada es objeto de ironía en otro de los temas, “Give what I want…”.


Siendo así el disco, su presentación en directo precisaba de una coherencia que ha sabido respetar con una idea brillante: dividir sus actuaciones en dos partes bien diferenciadas. En la primera de ellas toca íntegramente el nuevo disco, con inquietantes proyecciones de ojos oscuros a sus espaldas, y la petición al público de que no aplauda hasta que haya abandonado el escenario. Aparece en él ataviado con una larga cola negra, como un ángel de luto. Camina en silencio, lentamente, hacia el piano, y comienza a extraer de él las primeras notas de “Who are you, New York?”. Luego siguen las demás, en orden, y el fondo se va llenando de ojos que parpadean con triste delicadeza, y que al final se desbordan en una lágrima que igualmente aparece en la música, y que el artista desea compartir con nosotros. Nadie aplaude, afortunadamente, cumpliendo su petición. Cómo aplaudir ante un canto fúnebre de despedida al ser querido. Finalmente sale del escenario con la misma languidez y, tras una pausa, regresa iluminado de luces y colores vivos para tocar unos cuantos temas de siempre, sonriente ya, bromista y dicharachero, aunque inevitablemente menos de como lo recordamos (por fortuna ha sido la quinta vez que he podido verlo en directo). Casi al final recuerda que la última vez que estuvo en España su madre actuaba con él en un tema, y le dedica la interpretación de otro procedente de su discografía, a modo de homenaje. Al levantarse del piano para despedirse del público, debe apretar los dientes porque se encuentra a punto de romper a llorar, y se esfuerza por sonreír y saludar antes de desaparecer rápidamente.


Tras el concierto no podemos ya escuchar el disco del mismo modo. Entendemos su contexto, su peculiar naturaleza y la verdad de su propósito. Debemos darle las gracias por compartirlo con nosotros y, sobre todo, una vez más, por hacerlo a través de un arte sofisticado y emocionante.


(Debo poner una nota entre desagradable y chusca a esta entrada. Tal vez la afee, pero ocurrió allí y formó desgraciada parte del espectáculo. Teníamos detrás de nosotros a un grupo de amigos treintañeros, chicos y chicas. Uno de ellos, a mi espalda, se pasó el concierto berreando de la forma más soez que uno pueda imaginarse. “No puedo con ella”, “mira, la Pantoja”, le dedicó cuando salía como un muerto en vida a interpretar “All days…”. Después no dejó de hablar y comentar la jugada, con mucha palabrería supuestamente graciosa, y mucho coño y mucho follar y mucha polla. Es admirable la capacidad de ciertas personas de permanecer toda su vida en una adolescencia sin fisuras. Como a estas alturas no necesito demostrar mi ausencia de prejuicios homófobos, bien puedo manifestar que gilipollas hay en todas partes, y que a ratos tuve ganas de levantarme y aporrearlo con lo que tuviese a mano. En especial cuando, con el último aplauso, comenzó a llamar al artista “¡¡perraca!!”. Con un poquito de sensibilidad se puede entender y apreciar al Rufus excesivo y loquísima, y a este Rufus con un dolor tan hondo que sólo puede ser expresado en una colección de canciones ásperas. Pero eso sería demasiado pedir para la gente infeliz que exorciza sus frustraciones en el territorio del caca-culo-pedo-pis, abundante en desahogos y efímeros colegueos. Hay otros mundos por ahí fuera…, aunque, pensándolo mejor, es preferible que se queden en el suyo y no molesten, ya que son incapaces de respetar a públicos y artistas en su patética exhibición de malicias y procacidades.)

No hay comentarios:

Publicar un comentario