domingo, 23 de mayo de 2010

"Derechos de los animales" (varios autores). La capacidad de sentir.

La revista de pensamiento jurídico "Teoría & Derecho" dedica su último número a los "Derechos de los animales". Reúne un puñado de ensayos interdisciplinares a cargo de autores relevantes que componen un tomo de gran interés para iniciarse en la materia.

Más allá de lo jurídico, los estudios introductorios de Javier de Lucas Martín, Valerio Pocar y Gary L. Francione nos sitúan ante el estado actual de la cuestión relativa al "bienestar animal", fundamentado en su capacidad de sentir como criterio moralmente determinante. Hay, no obstante, un párrafo en el texto del primero de los profesores citados que a mi entender consigue llegar al fondo de la cuestión:

"(...) el problema último no son los derechos de los animales no humanos, sino, como lo han formulado Fernández Buey, Riechmann o Francione, los mecanismos por lo que hemos acabado por aceptar como natural que podemos oprimir a otros: las mujeres, los niños, los negros, o los animales. El problema es una sociedad patriarcal y violenta que trata a los animales (como a la mayoría de esos otros) como medios para cualquier fin de algunos seres humanos, los verdaderos seres humanos: para su placer, su diversión, su salud, su utilidad económica"

Y es que una de las cuestiones que más me han llamado la atención al leer este libro es la existencia de numerosas similitudes en cuanto a categorías, análisis, conceptos y conclusiones que presenta el tema del "bienestar animal" con los estudios de género. El texto que he citado da en el clavo al explicarnos cómo al final del camino al que conduce cualquier examen riguroso de los grandes problemas del mundo actual se encuentra esa configuración de la realidad para el goce y disfrute de un modelo de individuo muy concreto: varón, blanco, occidental, apologista del libre mercado. No es extrañar, por tanto, que tanto las mujeres como los animales, aun a distinto nivel (al menos en cuanto a su inclusión en el discurso), se presenten como objetos con los que satisfacer distintos intereses de ese individuo.

En el caso de los animales, sobran los argumentos para refutar esa realidad: la idea de continuum biológico desarrollada por Darwin y que descartaría cualquier tesis de superioridad natural de una especie, además de la mentada capacidad de sentir y sufrir, que como un imperativo moral nos impondría el deber de evitar el sufrimiento animal del tipo que sea. Pero en este asunto, como en tantos otros, con la iglesia hemos topado. Al igual que en el caso del aborto, en que un Papa decidió en 1869 que la hominización se producía en el mismo momento de la concepción, el respeto a los animales se ve lastrado por el discutible concepto de la dignidad humana. Este palabro tan jaleado por la religión católica sirve de aval para que el varón blanco occidental, etc., actúe como centro inequívoco de una naturaleza que el creador ha puesto a su servicio. Siendo así no es de extrañar que el status jurídico de los animales haya sido hasta hace bien poco el de "cosa" u objeto susceptible de posesión (res nullius), de forma que los posibles daños que se le pudiesen infligir eran tenidos en cuanta únicamente al efecto de valorar el perjuicio que a su propietario le ocasionasen. Es decir, los animales no existían como sujetos de derecho. Produce escalofríos pensar que una mínima, candorosa y pacata legislación protectora de los mismos frente a cuestiones tan evidentes como el maltrato, la tortura o el exterminio no encontró hueco en el ordenamiento jurídico español hasta los años setenta. Hace dos días.


Gracias a esa útil abstracción de la "dignidad humana" se han venido soslayando los derechos de los animales con el pretexto de su irracionalidad. Si siguiésemos estrictamente tal justificación, está claro que un ser humano discapacitado no merecería mayores derechos que un gato o un perro. Muchos de éstos poseen capacidades científicamente acreditadas que exceden de las de un niño de tres años o, insistimos, un adulto afecto de una grave discapacidad. ¿Por qué unos resultan intocables -y nadie pretendería lo contrario, por supuesto- y sin embargo los otros han sido hasta hace bien poco meras "cosas" como un jarrón o un cenicero? La respuesta, en el púlpito.


Tal como se ha venido planteando el asunto, tampoco debe alarmarnos el hecho de que cualquier defensor de los derechos animales con proyección pública haya recibido la misma clase de improperios que las feministas: se les acusa, por ejemplo, de "preferir" a los animales frente a los seres humanos. La ventaja que tienen los varones blancos occidentales apologistas del libre mercado es que no leen, así uno no se lía la cabeza. Si se acercasen a este volumen esclarecedor editado por Tirant, comprenderían que, como en tantas otras situaciones, la solución viene por la ponderación de derechos. Y los profesores nos muestran unos cuantos en los que ciertos derechos fundamentales o primarios de los animales -basados en esa capacidad de sentir sufrimiento- han de anteponerse a los derechos secundarios de los seres humanos: así, un conejo tiene derecho a que no se le revienten los ojos en un experimento destinado a obtener un producto cosmético para la tersura de la piel de esos que tanto nos muestran los pulcros y elegantes anuncios del ramo.


Y aquí es preciso tocar, aun persignándonos y en voz baja, uno de los pilares de esta gran nación: un toro tiene el derecho primario a no ser torturado mediante distintos instrumentos punzantes, a no ser alanceado, perforado por una espada, etc., frente al derecho secundario de "los aficionados" a disfrutar del "arte" de un torero. Y qué podemos decir de esas espantosas fiestas populares consistentes en "soltar" una vaquilla por una serie de calles hasta encerrarla rodeada de doscientos "mozos" que la "tientan" durante horas. Hace poco, con motivo de un caso que tuve que llevar en el trabajo, pude analizar de cerca el contenido de esa clase de festejos, y tengo claro que no existe otro modo de calificarlos que el de crimen repugnante contra la racionalidad, humanidad o incluso dignidad de la que nos habría dotado ese creador que tan a medida de unos cuantos ha construido el mundo. Cualquiera que tenga un mínimo contacto con animales es conocedor de lo mucho que sufren por el miedo, el estrés, las situaciones amenazantes, la confusión de no saber dónde estar o por dónde salir... Imaginemos pues a una pobre vaquilla en un ambiente ferozmente hostil, golpeada, mareada, provocada durante un par de horas, para goce de un puñado de impresentables. Algo así resulta insoportable si nos distanciamos un poco y lo contemplamos desde la esencia de que somos o decimos ser: racionales. Pero claro, en este punto tropezamos con la tradición...

Ah, las tradiciones... Me dolió bastante lo mal que se entendió al filósofo Jesús Mosterín en el debate del parlamento de Cataluña acerca de los toros, cuando hablaba de que en nombre de las tradiciones se habían justificado cosas como la mutilación genital femenina. Algunos grupos feministas se sintieron ofendidos por la comparación, y sin embargo Mosterín (nada sospechoso de machismo, desde luego) hacía referencia a ese anclaje interesado que supone la apelación a las "tradiciones culturales", de forma que a través de ellas se han legitimado históricamente verdaderos crímenes de lesa humanidad, al menos el argumento se caería por sí sólo. Como el todavía más chusco de la "bravura" del toro. Ábranle la puerta de la plaza, que tenga un buen espacio abierto para escapar, y veremos si embiste o no, decía Mosterín con bastante gracia. Y en cuanto a que la fiesta de los toros es el único medio de que perviva la especie, hagamos un parque temático, como ocurre con tantas otras, y la supervivencia estará asegurada. Esta semana precisamente hemos conocido que por primera vez se va a poder clonar un toro, pero en seguida han alzado la voz los defensores de la tortura para dejar claro que "la bravura" depende de cuestiones ambientales, no de la mera raza o especie. ¿Nadie se ha ocupado de denunciar la flagrante contradicción, no quedamos que esas características que se aplauden en las plazas son consustanciales a la especie y por eso la fiesta es la única vía para conservarlas? ¿En qué quedamos, entonces, quiere eso decir estamos criando animales -con el componente ambiental añadido de "bravura"- exclusivamente para ser masacrados en la "fiesta"?

Como vemos, la mayoría de las posiciones reaccionarias frente a cualquier cambio transformador de la humanidad (en la dirección de más igualdad, justicia social o respeto por el entorno) se fundamenta en encantadoras abstracciones que impiden el debate: la dignidad del hombre, la bravura, la complementariedad entre los sexos... Música conocida para cementar el régimen patriarcal.

Volviendo al tomo de "Teoría & Derecho", tras el análisis filosófico de la cuestión, se hace un repaso por el estatus jurídico de los animales, tanto español como europeo. Y la conclusión no puede ser sino agridulce: hemos pasado, sí, del animal como res nullius susceptible de apropiación a res communis omnium, o bien común, como el medio ambiente, y por tanto del interés y la necesidad de protección de todos. Es un paso adelante, pero sólo un paso. Porque la protección de los animales continúa configurándose desde una perspectiva androcéntrica. No son sujetos de derechos, sino que su bienestar se protege en exclusiva atención a factores económicos –cuidar el ecosistema como inversión a largo plazo- o, yendo a lo antropológico, por la minusvaloración que de nuestra propia condición humana supone el maltrato a otros seres vivos.

Aun así no cabe duda de que algo hemos avanzado. Al menos parte de esas ideas se han incorporado al discurso colectivo, tal como sucede con el medioambiente. Sin embargo aún queda lo más complicado, que del discurso pasemos a la práctica.


Esa brecha entre propósitos y realidades es especialmente sangrante en España, un país de larga tradición de maltrato animal, por vía cultural, religiosa y por ende, sociológica. El sadismo cotidiano hacia los animales domésticos o de compañía sigue siendo desgraciadamente habitual, y en buena parte es heredado de unas generaciones a otras. Tener una mascota es un factor de extraordinaria influencia positiva en la educación de los niños, y sin embargo uno se sorprende a veces descubriendo en ellos esa vena oscura de barbarie que se solaza jugando con los límites del dolor o el miedo en los animales.


Las legislaciones autonómicas, siguiendo a la catalana, pionera en esto como en tantas cuestiones sociales, regulan de una forma detallada aspectos tan elementales como el cuidado físico (alimentación, limpieza, habitáculos, paseos) y psicológico de las mascotas, con plausibles enumeraciones de mínimos imprescindibles que constituyen de por sí una verdadera formación básica al respecto, para quien esté interesado.

El problema es que nadie se va a leer un texto legal por curiosidad, y uno piensa que en las tiendas de mascotas debería proporcionarse una información standard de ese tipo y otra adaptada a la raza y edad en concreto de cada animal, de forma que mediante una firma el ciudadano se diese por enterado y aceptase por tanto su responsabilidad.


Ocurre que produce espanto el desprecio cotidiano al bienestar animal, reflejo de esa consideración de “objeto” que tanto tiempo requerirá para ser modificada. Familias que compran un cachorro por el capricho de un niño y en cuanto crece lo abandonan porque ya no hace gracia, o que simplemente desconocen unas mínimas nociones de cuidado y educación… Cuántas veces escuchamos que un perro determinado “es malo” y trae de cabeza a los dueños de la casa, que barruntan la mejor forma de librarse de él; y resulta que “es malo” porque después de pasar ocho horas atado en una esquina para que no toque los muebles, cuando es liberado da un salto y se sube al sofá… Cuántos animales están sometidos a encierro, estrés y ansiedad permanente, atiborrados con dulces que terminarán dejándolos ciegos, golpeados, etc. Y esto en nuestras civilizadas ciudades y entrañables pisos familiares… En realidad es más preocupante el maltrato constante de bajo nivel que los casos de extrema crueldad que saltan a los periódicos. Porque al igual que ocurre con la violencia de género, el primero es el caldo de cultivo lamentablemente frecuente del segundo. La desigualdad genera violencia. El desprecio al bienestar animal genera violencia.

Este invierno volvíamos una noche de nuestro paseo “largo” con Betty. Hacía uno de esos días de frío extraños que nos ha tocado en suerte vivir los últimos meses, e íbamos abrigados hasta arriba, y aun así con la boca bien cerrada para que el helor no nos arrasase la garganta. Betty, por supuesto, llevaba también ropa de abrigo. Entonces pasamos al lado de un bar y vimos fuera a un ejemplar de Tekkel miniatura, una especie muy similar a la de nuestro pinscher, con el pelo muy corto, que apenas los protege del frío. Habiendo visto tiritar a mi perrilla este invierno, aun dentro de casa, lo que vi en aquel bar me sobrecogió: el pobre estaba atado a una farola, tiritando igualmente, y lloriqueando. Muerto de frío, vaya. Miraba muy fijamente hacia el interior, donde vimos a un grupo de chavales sentados… viendo un partido de fútbol. Al pequeño animal le esperaban dos horas de sufrimiento, minuto a minuto.


He querido poner este ejemplo porque me parece más esclarecedor el maltrato cotidiano de gente aparentemente bienintencionada que ese otro de carácter delictivo que tanta repugnancia nos produce en las noticias. Lo que los ensayistas de este tomo necesario nos dicen es que el derecho primario del Tekkel a no sufrir durante dos horas por el frío es superior al secundario de que un fulano vea el partido con sus amigos. Podría verlo en casa, podría no sacar al perro, podría pedir permiso para tenerlo en brazos dentro del bar (España es el país más restrictivo con la presencia de mascotas en lugares públicos, muestra clara de nuestro nivel de civilización).

O bien podríamos empezar a denunciar cada una de esas circunstancias de las que seamos testigos. A ver si con el palo acabamos entendiendo que no somos dioses, ni reyes. Que los otros, dentro del amplio contenido del término, no son nuestros objetos o nuestros esclavos. Yo no lo hice, no tuve coraje, y me arrepiento de ello. Intuyo que se me trataría como a un loco.


Y de todos modos seguramente la denuncia no habría prosperado. Dadas las circunstancias, el juez comprendería y asumiría el argumento fundamental de la defensa: “señoría… que era la champions…”

5 comentarios:

  1. Huh... Excuse el off-topic, pero ¿qué fue de aquella entrada que comenzaba "Ni siquiera te odio"? Parecía muy prometedora...

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  2. Ah, Nemo, ha ejercido usted de inesperada voz de la conciencia. Ocurre que uno a veces se arrepiente de determinados desgarros y quejíos excesivamente personales, en la idea de que al final los elementos más tóxicos de la vida no deben contaminarlo todo... De momento se ha quedado en borradores.

    Por cierto, excelentes los relatos del pequeño misántropo: intensos y emotivos. Espero tener tiempo para ponerme al día.

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  3. Favor que usted me hace. Ya me contentaría con acercarme a su altura, mi bestial amigo.

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  4. Agradezco el cumplido, pero no hay alturas cuando se habla ya de literatura -no de mera "escritura"-, sino diversos estilos e intereses. Y sus escritos son "literatura" sin duda alguna. Además, y en eso coincidimos -aunque suene mal que lo diga de mi persona-, tiene el valor o la honestidad de hablar de sentimientos. Esos que se quedan en lo más hondo y que estallan y aparecen en un gesto de comunicación a veces meditado, otras espontáneo, casi siempre frustrante, y al que los seres humanos volvemos siempre: el amor, la amistad, los otros y nosotros. Enhorabuena de veras.

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  5. No me atrevería yo a hablar de literatura. Sería pretencioso por mi parte el pensar que a alguien le pudiera interesar lo que escribo. Y mucho menos el que sea capaz de decir algo nuevo que no haya sido dicho ya mucho antes y mucho mejor. Creo que es más bien una cuestión de exhibicionismo.

    De todos modos, le agradezco su apoyo a la página de El Pequeño Misántropo en Facebook. Ha sido una sorpresa que no me esperaba.

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