miércoles, 19 de mayo de 2010

"Todo el amor y casi toda la muerte", de Fernando Marías. "Black, black, black", de Marta Sanz... Que parezca un accidente.

La novela negra, criminal o como queramos denominarla, está de moda. Pasará, sin duda, al menos en la intensidad con que el mercado la promueve y jalea en estos momentos. No obstante deberíamos matizar el concepto, puesto que resulta de sentido común afirmar que no toda obra narrativa en que tiene lugar un crimen cuya resolución es objeto de la misma es “novela negra” y, al contrario, podemos encontrarnos muchos títulos que responden a los arquetipos y herramientas propias del género sin mediar cadáver e investigación de por medio. No obstante, está claro que una suerte de historias con muerto y “detective peculiar que descubre al asesino” constituyen hoy por hoy la apuesta comercial más segura, lo cual conlleva cuando menos un par de contrapartidas: el hecho de que se confunda la morralla con los excelsos cultivadores de esa clase de obras y, por otro lado, el deseo vergonzante de autores “de calidad” de probar el placer pecaminoso de escribir una, pero sin que se note, de modo que el prestigio virginal que los adorna quede incólume. Los libros a los que quiero referirme incurren en este último error, y además, con abuso.

“Todo el amor y casi toda la muerte” es la última novela de Fernando Marías, que ha obtenido el Premio Primavera. Publicitada no sólo con los medios estrictamente editoriales, sino con la habilidad del propio autor, que relata una especie de vivencias sobrenaturales (sexo con fantasmas, agarrémonos donde podamos) como motivo inspirador de la obra, prometía en principio una experiencia lectora sugerente. La promesa se queda en eso, y en el éxito de marketing se compadece mal con el contenido literario del libro. Para llevar el análisis a alguna conclusión de interés resulta conveniente atender al contexto en que se pone a disposición del lector una novela como esta: tanto las reseñas ad hoc como las declaraciones del escritor inciden en la imposibilidad de resumir el argumento, al tratarse de una obra ambiciosa y total que trascendería todos los géneros, etc. En alguna entrevista Fernando Marías se refiere a que toma algunos arquetipos de la novela negra y la novela romántica para darles la vuelta. Coincidimos con la primera afirmación, pero no hemos comprendido la segunda. En realidad la historia es perfectamente discernible y puede ser contada sin dificultad. Los tópicos de los que dice echar mano lo son hasta tal punto que parecen una parodia y no pocas escenas producen verdadero sonrojo: aquí hay matones crueles que dan (o deberían dar) miedo, y a los que, cómo no, se les tanga un dinero; una mujer fatal que enreda a un pobre tonto e inexperto enamorado con la fuerza de su atractivo sexual; un amor a primera vista de corte romántico a cargo de un poeta errante y la mujer malcasada con el rico del pueblo; una leyenda fantasmagórica que tiene el fondo del mar como protagonista; una madre desolada por la pérdida de su hijo en busca de ese misterio, aferrada a un manuscrito que no explica nada pero lo insinúa todo… Desapariciones, disparos, huidas, erotismo de serie B, como de película del destape, con una mujerona ávida y un joven que la sublima… Los personajes carecen del mínimo rasgo de humanidad porque son precisamente eso, arquetipos de cartón piedra procedentes de la más trasnochada ficción populista; aquí nada ocurre con arreglo al sentido común, la gente se desnuda y se echa al mar con una misteriosa carta en la mano, los amores surgen de la manera más misteriosa, en un solo instante, y ya para siempre como una condena; algunas situaciones son, de verdad, arduas de describir sin ruborizarse: los amantes se citan en un caserón al borde de un barranco asolado por una tormenta, de repente ella expulsa de la casa a él y lo reta a que, bajo la lluvia, recorra ventana a ventana para descubrir dónde está masturbándose… luego ambos se revuelcan con pasión retorcida de anuncio televisivo de colonia navideña en mitad del campo, bajo el aguacero; la madre desolada que descifra el misterio de su hijo se desnuda para introducirse en el mar con la última carta de aquél en la mano, pero otro personaje la rescata, de nuevo los dos bajo la tormenta… A todo ello debemos añadir un lenguaje barroco, supuestamente lírico, muy pasional, repleto de adjetivaciones y metáforas, algo así como una banda sonora ampulosa que subrayase aún más las escenas terribles que acabo de apuntar.

¿Y cuál es el problema de esta novela? Su quieroynopuedo, el tomar ingredientes de la literatura pulp y no atreverse a componer una obra entretenida, apasionante en sus misterios y vueltas de tuerca, lo que no es incompatible con alguna reflexión narrativa sobre el amor, la pasión sexual o lo que demonios se quiera. Pero el autor ha querido dar un paso más, subir un peldaño por la escalera de lo literario, y enredar esos materiales simples en una prosa refitolera y un juego desquiciado de pasiones excesivas que supuestamente trascienden el suspense de la historia. El resultado se hace incomestible, y es una lástima en un autor con buenos recursos y un amplio bagaje literario y cinematográfico.


“Black, black, black”, de Marta Sanz hace aún más evidente esta intención de apuntarse a la moda pero que no lo parezca. Si Fernando Marías opta por el barroquismo y el desenfreno de opereta, Sanz ejercita la ironía gafapasta y la deconstrucción. Dividida en tres secciones, la primera de ellas reproduce los parámetros habituales de un novela negra: detective original (una mariquita mala, elegante, distanciado, acidísimo y cotilla), un espacio delimitado con un puñado de sospechosos que se nos van presentado uno a uno, a lo Agatha Christie, y, por supuesto, un par de cadáveres llenos de enigmas. El tono, sin embargo, es de cachondeíto cultureta, propiciado por el diálogo que el detective mantiene con su ex, una especie de contrapunto crítico en la persona de una divorciada frustrada, a través del cual se toma distancia crítica con los hechos como si los personajes fuesen conscientes de serlo y recriminasen a la autora los tópicos propios del género en que va incurriendo. Qué risa, tú. La segunda sección equivale a un puñetazo encima de la mesa del lector: ¿crees que esto es una novela policiaca? Ni de coña. Entonces nos suelta un centenar de páginas del diario de una de las vecinas –sospechosas- que nos ha presentado antes. Característica inevitable de este tipo de novelas tan “literarias” es que todos los personajes son inteligentísimos y cultísimos, vamos, el diario tiene un nivel de escritura y agudeza intelectual que estremece. En él, a su vez, se nos proporciona una versión de los hechos que podemos creer o no (ah, el gran invento de la narrativa contemporánea: el narrador poco fiable; eficaz, siempre que se utilice en su momento y lugar idóneos… no es el caso). Y luego, en la tercera sección, se nos presenta otro punto de vista, el de la interlocutora del detective, que refuta en gran medida la visión de éste y llega a nuevas conclusiones igualmente discutibles. Sin dejar en todo momento el tono de fina ironía universitaria que me hace recordar a un sketch de Faemino y Cansado con ocasión de la entrega de un premio cinematográfico. Uno de ellos soltó de repente un discurso intelectualísimo sobre lo que era el cine, y el otro le pregunta estupefacto: “¿y esto?”, a lo que el primero responde: “es para la subvención”. Pues sustitúyase esta palabra por “calidad literaria” y encontraremos el quid del afán deconstructor de la autora de esta novela extravagante. Lo cierto es que contiene los elementos habituales de una historia policiaca, resolución incluida, puesto que en una lectura más o menos cabal así puede entenderse. Sin embargo está claro que la novelista no es capaz de incurrir en semejante pecado, y le añade este repertorio de técnicas literarias de manual para hacerlo todo muy irreverente y sarcástico, como esos artistas indies que cantan boleros pero con mucha ironía destinada a explicarnos que el bolero que escuchamos no es un bolero. Para que la cosa funcione se precisa, no obstante, de un buen “constructo” metido con calzador en la contraportada del libro, para aviso del lector gafapasta: así, al referirse a la segunda sección, y queriendo dejar claro que no nos encontramos ante una mera novela negra, se nos dice en la presentación del libro que “nos propone una lectura insurgente sobre la violencia del sistema (…) abre la posibilidad de una investigación psicológica que profundice en las relaciones de causa y efecto (…) lo imperceptible sale a la luz con toda la potencia que tiene lo siniestro, ese “siniestro familiar” del que hablaba Freud”. Toma ya. Desgraciada la narración que requiere de un constructo semejante para cobrar sentido.


En otras ocasiones me he referido a novelas de género negro o aledaños, como las de los famosos larsones, Asa y Stieg Larsson. En ambos casos afrontan su trabajo con la honestidad y la humildad suficientes para ser conscientes de que simplemente están contando una historia, lo que a su vez les permite profundizar en los personajes –darles vida, en definitiva, de lo que carecen los experimentos que estoy reseñando- a la vez que se ocupan de ciertos temas de relevancia político-social (la intolerancia, la corrupción institucional, los engranajes podridos del sistema…). Nada de esto interesa a Marías y Sanz, que viven un par de palmos por encima de la desagradable realidad, uno en el frenesí pasional y la otra en sonrisa teorética, y en realidad no tiene por qué ser objeto de su obra. Me limito a opinar y escoger el primero de los propósitos frente al aburrido pavoneo del segundo.

Estamos ante casos de esquizofrenia literaria. Ambos han querido apuntarse a la corriente de moda, pero sin que se notase demasiado, desdoblándose en un narrador de prestigio que le ordena al espurio, como en una escena cinematográfica de las tan queridas por Fernando Marías: está bien, escribe una novela policíaca… pero que parezca un accidente.

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