domingo, 30 de mayo de 2010

El final de 'Lost'. Reflexiones y agradecimientos.

El mayor logro de esta obra audiovisual estriba en el modo en que ha transformado de una manera intensa el gusto y la percepción de millones de consumidores televisivos poco habituados a las sofisticaciones narrativas. Sus flashbacks, forwards, historias cruzadas, escenas autorreferenciales, argumento expansivo (que invocaba a la literatura, la filosofía, la historia...), personajes de una complejidad inusitada en las series que habíamos visto hasta ahora, finales memorables, pausas irreverentes para recrearse en un instante de belleza, eficaz suspensión de la trama... Todo ello fue inesperadamente asumido y apreciado por el público, provocó verdaderas adicciones, y análisis inéditos en medios de prestigio intelectual que nunca antes se habían acercado a la televisión. Conviene recordar que hace unos cuantos meses eran numerosas las revistas de pensamiento o los artículos de escritores relevantes que se ocupaban de extraer lecturas interesantes de la serie.

Y conviene recordarlo porque en una de esas piruetas a que nos tiene acostumbrada la frivolidad del pensamiento contemporáneo, de repente 'Lost' pasó a convertirse -que me lo expliquen- en un subproducto para frikis, en un tópico aburrido que provocaba toda clase de gracietas. Ocurrió quizá en torno a la quinta temporada, y se agudizó en la sexta, donde la leña del árbol caído se repartió por toneladas en blogs y prensa convencional.

Porque al mismo tiempo no debemos olvidar que se trata de una producción industrial, y que su propia dinámica conlleva una serie de trastornos que resulta pueril enjuiciar con severidad: no hablamos de un creador o puñado de creadores encerrados en la torre más alta del castillo del arte, sino de un equipo de producción pendiente de los registros de audiencia para soltar más dinero y alargar las tramas o bien cortarlas de repente si fuese necesario. Exigir que los guiones, en este contexto, no incurran en lagunas y contradicciones es sencillamente imposible.

‘Lost’ debió terminar antes, la temporada quinta, aunque mantuvo la tensión y el atractivo en buena parte de sus capítulos, ya sobraba, vista de lejos. Y la sexta ha rozado el disparate o ha provocado la vergüenza ajena (los episodios de Richard Alpert y Jacob/Smokey), hasta finalizar en este brillante clímax de dos horas y media que recuperó el buen tono de los comienzos de la serie.

Así las cosas, pienso que lo pertinente es hacer balance contemplando la obra en su totalidad, y el mío, al menos, no puede ser más satisfactorio. En primer lugar estoy agradecido por la cantidad de horas apasionantes, de disfrute sin más adjetivos, que me ha proporcionado. Ha resucitado en muchos espectadores una ilusión por la narrativa ficcional que nos retrotrae a la ansiedad con que leíamos cuentos de pequeños. Al igual que ha ocurrido con las novelas de Larsson, por ejemplo, los personajes saltaban de la pantalla y nos acompañaban en nuestro día a día, se colaban en las preocupaciones cotidianas para plantearnos interrogantes, sostenían las conversaciones –el arte como instrumento de socialización- y nos hacían más que nunca creadores a un tiempo que consumidores de la obra. Ahí está el papel que ha jugado Internet como herramienta de expresión, con infinidad de foros en los que se intercambiaban sentimientos y teorías.


En segundo lugar, valoro esta serie de televisión como uno de los más acabados ejemplos en la buena técnica de construcción de personajes (pero tan sólo, desgraciadamente, los masculinos). Frente al cartón-piedra habitual, los hemos visto evolucionar de una forma que por cercana a la realidad de cualquiera de nosotros presentaba una verosimilitud fundamental para que, a día de hoy, hablemos de ellos como de viejos conocidos, amigos o familiares. Jack ha pasado de ser el hombre de ciencia al chamán, de el héroe sin fisuras al fracasado lleno de incertidumbres; Sawyer era un cínico al principio, receloso de cualquier empatía con el resto de supervivientes, pero a medida que avanzan los capítulos descubrimos la hondura tormentosa de sus recuerdos, y sólo cuando es capaz de arrostrarlos –la isla ejerció de espejo para todos ellos, en realidad- se convierte en un líder; Locke no era nadie, y por eso fue el primero que comprendió que la única forma de encontrarle sentido a lo que les sucedía era confiar desde el principio en su intuición: habiendo iluminado el sendero para todos los demás, su muerte constituyó un patético aunque hermoso fracaso; Kate es un ejemplo típico del machismo reinante entre ese arquetipo de guionistas treintañeros que toman el testigo de sus predecesores en el mantenimiento de la llama viva del patriarcado: en su caso la evolución es hacia atrás, de ángel vengador en su vida pre-isla pasa a adoptar el manido rol de mujer enamorada y, más tarde, el de mamá, sólo hubiese faltado que fuese la experta en cocina de los tripulantes del vuelo…; Juliet, en la misma línea, encarna a la mujer de ciencia, centrada en su búsqueda intelectual, para terminar siendo otra ‘tía buena’ por la que rivalizan los héroes… No merece la pena detenerse en Sun, esa esposa y madre perfecta que con tanta comprensión acepta los malos tratos y cuya personalidad se desarrolla exclusivamente en torno a las apariciones y desapariciones de su marido; en justicia, empero, hay otros personajes femeninos de mayor interés, como Rose o Ana Lucía, por decir algo… Salvando estas carencias no por habituales menos irritantes, pudimos al menos disfrutar con un villano absolutamente genial, carismático y complejo: Ben, perfecto ejemplo de hombrecillo gris al servicio del poder, manipulable y manipulador, valiente en su fanatismo pero cobarde cuando se trataba de mirar a la verdad de cara… Y aunque sería demasiado largo pasearse por todos ellos, no puedo dejar de mencionar a Desmond y Mr. Eko, los dos verdaderos chamanes de la isla, poderosamente conectados con ella aun en sentidos muy diferentes, romántico el primero y trágico el segundo.

En tercer lugar, y a la manera del viejo maestro literario de la intriga, Wilkie Collins, ‘Lost’ ha sabido congelarnos el aliento con finales estremecedores y capítulos perfectos. Cada cual tenemos los nuestros, y en mi caso puedo recordar el descubrimiento de que Ethan no estaba en el pasaje, la ambigüedad moral de aquel Henry Gale (Ben) encarcelado bajo la vigilancia de Locke; la aparición de Desmond en el sótano; el emocionante, tristísimo “Not Pennys boat” con que Charlie se despedía de la vida; el episodio del viaje en el tiempo de Desmond (un relato fantástico sencillamente magistral); el asesinato inesperado, brutal, de la hija de Ben; la conversación Jacob/Smokey en la que por primera vez nos muestran la estatua (qué sensación de vértigo); el encuentro Jack/Kate en el que nos damos cuenta de que se trata de un flashforward; la escalofriante historia de Locke y su padre; las primeras apariciones del humo negro; la traición de Michael (la serie nos ha tratado como a adultos y no nos ha ahorrado la crueldad en algunos momentos); el encuentro entre Faraday y la niña pelirroja que será su amor en el futuro…

Y, finalmente, el broche que ha supuesto el último capítulo de la serie, lleno de emoción en los reencuentros, de frenética acción en el desenlace... Y con una última escena que cierra al mismo tiempo que abre el círculo: Jack tumbado, agonizante, en el sitio donde todo empezó, con el perro a su lado, satisfecho por el resultado de su sacrificio; la belleza del verde de los bambúes, el avión que los sobrevuela a través de un hueco azul ganado a la vegetación, una sonrisa, un párpado que se cierra al igual que seis temporadas antes se había abierto. Una manera triste y dulce de despedirse.






¿Teorías, explicaciones? ¿De veras son tan importantes, a estas alturas? Aun así no dejó de sorprendernos e indignarnos la tertulia que organizó Cuatro a la finalización del capítulo. Es increíble que la propia cadena que nos vende el producto lo desprecie de ese modo. La presentadora con una serie de invitados que parecían ejemplificar los peores prejuicios de quienes desconocen la serie: al parecer no había nadie más a quien invitar que a un puñado de frikis que compitieron en gilipolleces y desenfadadas exhibiciones de pocas luces. Resulta que ninguno había entendido mínimamente la historia. Se puede estar de acuerdo con ella o no, pero es que ni siquiera lo había pillado, y no tenían otra valoración que realizar más allá de su rabieta por que “no se explicasen todas las cosas”. Mejor olvidar.

Todo ha acabado. Pero estará siempre con nosotros, como la gran literatura, la mejor música, las películas inolvidables. Las obras de los hombres y las mujeres que engrandecen nuestra vida.

Hay una isla en alguna parte donde nada envejece y los seres humanos pugnan por entrar o salir, o extraer de ella algo bueno; a veces están allí por voluntad propia, otras son escogidos; se sienten orgullosos de ella, o la aborrecen; escapan, pero la añoran y regresan; los hace crecer y cambiar, y les proporciona los momentos más intensos, especiales y hermosos de su vida. Puedes llamarla amor, amistad, vocación, arte, trabajo, fe, viaje, sueño, sexo, reto, soledad, compañía. Lo que de verdad importa es que sepamos encontrarla. Tal vez coincidamos en algún momento. Si no, dejemos rastros que ayuden a los demás a orientarse.

La escritura es el mío.

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