sábado, 8 de mayo de 2010

‘La librería’, de Penelope Fitzgerald. Delicia agridulce.

El adjetivo “delicioso”, referido a un libro, se aplicó por primera vez en un salón de té de Bedfordshire el siete de diciembre de 1978, a las diecisiete horas quince minutos, concretamente por la señorita Henrietta Elsie Cornellia Boone, que comentaba en su club de lectura las impresiones que le había suscitado esta novela de Penelope Fitzgerald. A partir de entonces hemos utilizado tal calificativo para muchos otros libros, pero no cabe duda de que el que aquí reseñamos debió de ser, sino de veras el primero –mis fuentes no resultan del todo fiables-, sí al menos el más indicado para aventurarse en semejantes hazañas lingüísticas.

La delicia, no obstante, comienza a rezumar inesperados sabores amargos en cuanto uno la paladea, y es que esta novela de apariencia inocente contiene fantasmas ocultos, a la manera del poltergeist o rapper que importuna y hace compañía a la protagonista de la historia, Florence Green, voluntariosa mujer que decide abrir una librería en Hardborough, un pequeño pueblo costero donde no hay nada, o poca cosa.

Lo que abunda, en cambio, es el rechazo de los lugareños hacia su empresa, un rechazo cuyas razones últimas tiene el acierto la autora de no revelarnos por completo, y que con el paso de las páginas va adquiriendo tintes kafkianos. No sabemos a ciencia cierta el porqué de esa oposición que lenta pero constantemente va socavando los planes de Florence, y el humor irónico de la autora, que nos hace sonreír en varias ocasiones, dulcifica la naturaleza siniestra de ese comportamiento colectivo contrario a los libros. No es difícil, pues, entender la narración en clave simbólica, basta mirar a nuestro alrededor para comprenderlo. Quién no se ha encontrado alguna vez frente a tales reacciones compulsivas ante las paredes cubiertas de libros, el recelo, la incomodidad exteriorizada incluso con tics físicos, las explicaciones apresuradas -y no solicitadas- acerca del poco tiempo que se tiene... Sean unas u otras razones, lo cierto es que las fuerzas vivas (e incluso muertas... el rapper) de Hardborough conspiran contra el pequeño negocio de Florence mediante procedimientos aparentemente casuales –y legales- pero sospechosamente numerosos.

El humor típicamente british de muchos de los diálogos y los párrafos descriptivos del pensamiento ingenuamente optimista del personaje principal nos van llevando de la mano hacia un final magistral: no es nada sorprendente (no hay vueltas de tuercas narrativas), tan sólo una frase sencilla que lo dice todo sin explicar nada (prefiero que el lector o lectora la lean por sí mismos). Y es entonces cuando te das cuenta de es libro es una comedia, sí, pero también un gigantesco drama anticipatorio. Un drama de nuestro tiempo. No hablo de los medios tecnológicos que sustituyan a la herramienta tradicional de lectura, sino del abandono de la cultura libresca misma, de su sustitución –nada inocente- por otras que se pretenden similares o mejores: el videojuego, el sms, el conocimiento wiki. Sustentado todo ello en argumentaciones absurdas que confunden el continente con el contenido. Nada que objetar a que la elaboración reflexiva del pensamiento a través del lenguaje –en ocasiones amplia, densa- sea presentada en una tableta electrónica. Lo alarmante es que se trate de equiparar a un mensaje de twitter. Inquieta constatar que incluso algunos profesionales de la gestión cultural tienen como únicos referentes culturales el rap, el grafitti, las redes sociales y los videojuegos. No quiero imaginarme un futuro en el que el rechazo generalizado haga que no existan esos autores que se pasan años estudiando y elaborando sus reflexiones en gruesos tomos que son un reto y un homenaje a la razón que nos hace animales humanos, o que la narración como forma de arte deba necesariamente adaptar sus herramientas propias al último invento de la industria tecnológica, y no al revés. Como en esos videojuegos consistentes en emular una guitarra mediante estúpidos botones de colores y limitarse a tocar unas canciones seleccionadas por la industria a través de su pulsación secuencial: la sustitución, en definitiva, de un instrumento musical por una suerte de avatar en el que lo que cuenta no es la calidad final de la producción, sino el gran dogma de la cultura contemporánea: la facilidad.
Valga esta digresión para resaltar el valor de "La librería" como una novela que va más allá de la humorada típicamente anglosajona, entretenida, cuidadosamente escrita y deliciosamente editada por esa trinchera de la resistencia que es el sello editorial Impedimenta. Nos habla de un mundo que se acaba. Y de la paciente mansedumbre con que aceptamos su terminación.

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