domingo, 20 de junio de 2010

'Habitación doble', de Luis Magrinyà. El arte de crear el pasado (y comprender la paternidad).


Tengo especial predilección por este autor, con cuya obra no puedo ser objetivo. Ya conté en alguna ocasión cómo lo abordé en la feria del libro de forma un tanto impropia para que me firmase "Intrusos y huéspedes", encontrándose él en el stand de Alba, editorial donde desarrolla un trabajo impecable -que nunca le agradeceremos lo suficiente- en la dirección de la colección "Alba clásica". Esos libros dorados han permitido al lector español acceder a la mejor literatura en traducciones esmeradas y ediciones maravillosas que convierten al libro en objeto artístico, invencible frente a la amenaza digital -al final es tan sencillo como eso, editar bien-. Reconocibles en cualquier estantería, más allá de su aspecto encantador nos ofrecen una experiencia lectora de calidad, y nos recuerdan lo muy modernos que son ciertos clásicos. La colección Alba clásica es una de mis pocas adicciones (lamento no tener nada más escabroso que ofrecer al amable lector/a).



Algo así ocurre con la propia obra narrativa de Magrinyà, autor de libros no tan indefinibles como parece indicarlos la crítica "normativa", pero sí tan imprescindibles como los que él mismo selecciona para su editorial. "Habitación doble", puntual en su tardanza de cinco años entre títulos, nos presenta cuatro títulos, divididos a su vez en dos secciones, que van desde lo que podrían ser novelas cortas a una suerte de diálogo teatral o el sugerente ensayo que cierra el libro. Esto hace que tal vez no quepa encasillarlo en los territorios habituales con que el mercado parcela el arte, "novela", "colección de relatos", incluso el odioso "texto misceláneo"; pero tampoco es preciso esencializar esta circunstancia hasta el punto de convertirla en el único argumento para presentar el libro. Uno quiere pensar que el autor se ve obligado a responder con gilipolleces ante el acoso periodístico que supone la exigencia constante de sentido para sus obras, tal parece que debiera excusarse, motivar adecuadamente su escritura, al igual que ocurre con las resoluciones judiciales; tal vez porque supone un orden alternativo del mundo y una manera diferente de mirarlo, y entonces necesitamos que se explique bajo pena de aplicarle el reglamento indicado para tales casos en la cosa cultural: el silencio. Así es que leemos a Magrinyà calificando a su libro de "instalación", denunciando el mercando de "autenticidades" y definiendo a la literatura como el único lugar donde caben algunos de sus historias o caracteres; en realidad tiene algo de humorístico, porque en tal tesitura recuerda a los personajes atribulados de sus narraciones, divertidos analistas que describen lo que les ocurre con agudeza e ironía, pero que siempre resultan estar en el sitio equivocado y se desenvuelven en él como buenamente pueden. Saquemos al libro del lugar equivocado del periodismo cultural oficial, sección "pongámonos estupendos", y disfrutemos de él leyéndolo sin prejuicios.



Encontraremos, en primer lugar, un prosa que de por sí hace la lectura un placer sin más exigencias. No es que dé igual lo que nos cuente, pero al contrario que en otros libros que únicamente se basan en esto último, en algún momento podríamos olvidarnos de ello. Siendo, pues, un autor moderno -entendiendo por tal avanzado, innovador, cercano al mundo que le rodea en sus diversas manifestaciones, libre y, en consecuencia, rupturista-, su escritura procede de modelos clásicos que no requieren la experimentación verbal para ser creadores de sentido. Párrafos largos, escritura reflexiva, incisos sutilmente humorísticos con los que el narrador contrapuntea su propio discurso, digresiones y pequeños juegos con las expectativas de los lectores... En las habitaciones de Magrinyà se cultiva siempre el estilo, la elegancia y el saber estar, aunque ese "estar" se desarrolle en contextos chuscos o tensos. La sonrisa aparece tan a menudo que abrir el libro, tras haber interrumpido su lectura, es ir de fiesta: "le agradezco también que sea la única de la familia que se atreva a pronunciar abiertamente las palabras 'dinero' y 'clase', que en mi casa siempre han sido, como sabes, escamoteadas en beneficio del 'trabajo' gracias a una culpable obsesión de tipo protestante y a una triste afición a la falsa pobreza"; "él era de buena familia, tradicional, es decir, de doble vida"; "mi padre tenía una tienda marcos y 'contactos' más o menos artísticos, lo cual había creado en mí ciertas aspiraciones y una tendencia a las camisetas a rayas que muchas veces funcionaba, tal vez no con las camareras, pero sí con las amigas, algo más feúchas, de las camareras"; "prometo que, si me pierdo, jamás me encontrarán en una sesión de ayahuasca. O al menos no sólo en una"... Magistrales son en este sentido las páginas en que uno de los narradores se explaya con una especie de leyenda egipcia que interrumpe de repente diciendo: "un momento, llaman a la puerta"; o su argumento paródico de la novela de éxito en el primero de los títulos; o ese típico -ay- monólogo masculino en torno al fútbol que todos hemos padecido alguna vez...



Pero hay algo más que una prosa excelente: personajes interesantes, de ésos que se te quedan en la cabeza al cerrar el libro; cuestiones poco abordadas en la literatura, como el efecto condicionador del trabajo, que siempre parecen llevar encima todos ellos, para bien o para mal; una reflexión, presente en la práctica totalidad de los textos, sobre la tarea de contar el pasado como una forma de crearlo, en realidad; y, por supuesto, las relaciones padres/hijos, así, en esa dirección, la del estupor y la responsabilidad que provoca la autonomía de los segundos con respecto a los primeros, el papel de éstos, que pasa en primer lugar por su voluntad de aceptarlo, y la liviandad del resto de relaciones sociales -los amigos, los desconocidos que dejan de serlo en un espacio compartido- frente al peso ineludible de la paternidad, ese "fuego" capaz de consumirlos a todos que aparece referido en el ensayo final del volumen, y que tal vez resume uno de sus mejores párrafos: "Ésta es, francamente, otra fantasía paterna: creo que muchos padres -por una vez, no necesariamente ansiosos- y muchos hijos reconocerán en esas 'sesiones de pregunta-respuesta', en ese tráfico modesto de monosílabos, en ese interés fingido por la cotidianidad familiar que evita, de una forma cortés, las discusiones y enfrentamientos, cuando no la pura falta de interés, un típico momento en la relación entre padres e hijos en el que unos y otros tratan de solventar, torpe aunque efectivamente, la triste pero inevitable conciencia de que ya no pertenecen al mismo mundo"; así como esa imagen final del propio autor reunido con su hija en un lugar de complicidad, el sofá donde duermen, tratando de aliviar él con una caricia el dolor de barriga de ella, y separados sin más, a través de la naturalidad y necesariedad -difícil de asumir- en que quizá se encuentre el meollo del libro, por una voz externa -la de la madre- que les recuerda que no caben allí juntos, y que cada uno debe volver a su sitio.



Otro de los narradores afirma en un momento que la narración debe "incorporar el mundo", para a continuación preguntarse cuál: "¿Este mundo mío? ¿Este mundo feo y sin sentido plástico?". Podríamos decir que la obra de Magrinyà nos habla del mundo de todos, pero a través de un refinado sentido plástico que la hace tan valiosa en los tiempos que corren. No tema el lector o lectora que no lo conozca que vaya a encontrarse aquí con nada extraño, o no más extraño que cualquiera de nuestras vidas: una editora enfrentada a la perturbación de un amor mucho más joven; un artista en ciernes que recopila muestras de vivencias en el entorno de un espantoso crucero de lujo; una cena de médicos, con su cháchara vulgarmente elitista, en la que se cuela una presencia vacía que en su silencio todo lo cuestiona; el diálogo entre un guionista y dos de sus amigos, con herencias, críticas hacia su obra y egoos de por medio; el enclaustramiento de un camello ilustrado en un ambiente rural para, supuestamente, ayudar a una antiguo conocido del que se siente ya alejado; un ensayo acerca del libro publicitario y falsamente inculpatorio que el padre del "carnicero de Milwaukee" escribió sobre su relación con el hijo-monstruo y la medida en que debió prever o debió influir, esto es, la medida de su responsabilidad. Textos dispares que conviven en un mismo espacio, habitaciones dobles en las que la proximidad crea concomitancias temáticas sin que cada uno de ellos pierda autonomía.



En fin, la última y muy recomendable propuesta artística de un autor que, afortunadamente, aún entiende la literatura de ese modo. No más legítima que otras, en verdad, pero sin duda entre las más necesarias.



(Este es el vídeo que el propio autor ha rodado como una especie de complemento al libro. Sí, llamémosle mejor complemento que presentación. Además, es una manera de concebirlo como algo diferente y en cierta medida ajeno al texto. Sólo así nos libraremos de un tópico al que aquí se hace imprescindible acudir: el libro es mucho mejor que la película...)






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