domingo, 13 de junio de 2010

'No se lo digas a Alfred', de Nancy Mitford. Wilde con falda tableteada.

El comienzo de esta novela marca su tono de manera significativa: "El día que iba a cambiar mi vida, fui a Londres en el tren de las 9.35. Tenía planeado hacer algunas compras. Me habían dicho que había batas chinas de rebajas: eran perfectas para cenar porque lo tapaban todo". Y a partir de aquí nos vamos a encontrar una escritura inteligente, reflejo de la mirada irónica de la autora -y, por ende, de la protagonista-, un sentido del humor de esos que te sorprenden por no ser previsibles, como una flor bonita encontrada entre densos matojos de hierba y, ya dentro del bosque, si nos apetece internarnos, un análisis nada desdeñable de las relaciones sociales de la Europa de los cincuenta, y de las sutiles maniobras de supervivencia de quienes carecen de otro poder que el de figurar al lado de los poderosos (hablamos, cómo no, de las mujeres).




Se trata de una novela del género "diplomático" propio de mediados del siglo pasado, en que las relaciones entre países comenzaron a trenzarse con una intensidad necesaria tras las dos guerras. A Nancy Mitford no le interesan, en cambio, las intrigas políticas, y sí las familiares y sociales que una posición tan singular proyecta en su entorno. Tal elección encamina el relato hacia una especie de vodevil o alta comedia que uno se imagina en el cine protagonizada por Grace Kelly y Cary Grant -haciendo el pazguato-. Pero si algo eleva esta novela por encima de los materiales con los que trabaja es una prosa de estirpe wildeana, repleta de paradojas e iluminadores pensamientos que se suceden, además, sin anuncios o subrayados, de ahí la sensación de autenticidad que transmite. Mitford no trata de hacerse la graciosa, ni de ser brillante, sencillamente lo es, y nos proporciona un agradable entretenimiento estético con todo ello. Hasta tal punto que el libro se termina pronto, puesto que podía no haber acabado nunca. lejos de agotarnos las idas y venidas de los personajes, sus conversaciones desternillantes, las tribulaciones de la protagonista, a la que cada remedio parace crear una nueva dificultad, queremos seguir leyendo, acompañando a Fanny quizá durante el resto de su vida. Afortunadamente, algunos de estos nombres se encuentran ya en novelas precedentes, y siendo el primer libro de esta autora al que accedo, ya tengo reservados otros en perspectiva como esos refugios seguros a los que acudir cuando sea preciso.




Y es que además de una prosista aguda, Mitford construye muy bien los personajes, especialmente los secundarios: esa Northey encantadora y caradura, ese Davey imprevisible, como salidos de una historia de P. G. Wodehouse, con el que sin duda tiene la autora algún parentesco literario; los hijos enredados en incipientes tribus urbanas y amores poco remondables; y Alfred, el marido embajador, la presencia siempre ausente pero siempre condicionante que ocupa el fondo del paisaje. Hay escenas divertidísimas, memorables, como la aparición estelar de la ex-embajadora y rival de Fanny en el momento exacto de arruinarle su primera fiesta, pero en general, insisto, es constante el humor delicado que adereza cada párrafo. Un ejemplo: "Iban vestidos de teddy boys, pero era imposible equivocarse de especie. Con su andar desgarbado y despreocupado, las manos colgando a cada lado del cuerpo como pescdos muertos, como si no formaran parte de sus largos brazos articulados, sino que únicamente dependieran de ellos, la boca ligeramente abierta y aspecto de estar tiritando, como si su ropa, demasiado estrecha en todos los sentidos, no les calentara, habrían sido inmediatamente reconocibles, por muy disfrazados que fueran y aunque estuvieran en las montañas de la luna, como alumnos de Eton. Allí estaban las crisálidas de los elegantes y corteses caballeros ingleses que yo deseaba que mis hijos llegaran a ser". La ironía de este párrafo apunta a la imposibilidad de dejar de ser lo que uno es por mucho que se adopten roles y se pongan disfraces. Los Teddy Boys de los cincuenta acabarían perpetuando el papel de la clase dominante de la que procedían, quizá hasta su declive y sustitución por el 'yuppismo' de los ochenta.



Quizá esto sea algo de lo que, muy en el fondo, se ocupa Mitford en las gozosas pedrerías literarias que constituyen sus novelas: la clase social privilegiada como destino en el que sobrevivir tan felices como atrapados, lo que termina por dotar a los personajes de una fragilidad con la que no es difícil sentirse identificado. Esá es la razón de que sus libros continúen vigentes en tiempos en que cualquier recreación de las diferencias económicas y sociales ha dejado de tener la mínima gracia. Tan sólo es posible abordarlas desde la distancia sarcástica de un Wilde, por ejemplo, o desde la profundidad completamente univarsalizable de James. Mitford ha adoptado el primero de los caminos, y merece la pena recorrerlo con ella.

2 comentarios:

  1. Como me gustó este libro Francisco!! que delicia, que divertido. Y los dos anteriores son igual de buenos aunque creo que este es el más divertido. Hay uno de ellos, no recuerdo si es amor en clima frío que transcurre durante la segunda guerra mundial y es muy interesante pero es más serio.
    Yo la descubri por casualidad creo que cotilleando el catálogo de libros del asteroide nada más descubrir la editoria.
    un beso!

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  2. No sé por qué, no me aparece este comentario publicado de Viola, así que lo reproduzco:

    "Como me gustó este libro Francisco!! que delicia, que divertido. Y los dos anteriores son igual de buenos aunque creo que este es el más divertido. Hay uno de ellos, no recuerdo si es amor en clima frío que transcurre durante la segunda guerra mundial y es muy interesante pero es más serio.
    Yo la descubri por casualidad creo que cotilleando el catálogo de libros del asteroide nada más descubrir la editoria.
    un beso! "

    Razón de más, por lo que me dices, para seguir leyéndola. Besos.

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