domingo, 11 de julio de 2010

'Ford County', de John Grisham. La narrativa de ventanas abiertas.


Publicado en España con el título de "Siete vidas", por uno de esos criterios nigrománticos que sólo los servicios de marketing editorial conocen -y que siempre están equivocados-, esta colección de relatos puede pasar desapercibida incluso para los lectores del autor, ya que no parece que la acompañe una promoción similar a las de sus habituales novelas de éxito. Sin embargo se trata de uno de sus mejores libros, y también uno de los más notables que pueden encontrarse ahora en las librerías. Afirmación esta bastante discutible, imagino, para los elaboradores del canon, pero constatable para un lector/a que deje los prejuicios a un lado y que desee, eso sí, pasearse por una de las habitaciones de la "casa de la novela" jamesiana que tenga vistas al exterior. Digo esto porque hay ocasiones en que uno necesita experimentar con formas de arte que practican con interés el enrocamiento, pero en otras apetece abrir las ventanas al mundo, encararlo de frente y contemplar sus virtudes y sus miserias.
Si en las novelas largas que millones de personas hemos disfrutado a lo largo del tiempo Grisham se revelaba ya como un autor próximo a los que menos oportunidades tienen en esa sociedad del éxito que tan bien conoce, el presente libro le permite explorar esos territorios sin ambages, a cara descubierta y asumiendo ese riesgo -con el que dice luchar- de soltar sermones.
No los hay en ninguno de los siete relatos de 'Ford County', que transcurren en esa América profunda tan espeluznante que casi parece inverosímil. El tono de las historias discurre entre el sentido del humor encarnado por pícaros y buscavidas y la gravedad de temas sociales cercanos al mundo jurídico en el que se muestra experto. "Campaña de donación", "Expedientes pez", "Casino" y "Remanso de paz" pertenecerían al primer grupo: relatos habitados por lugareños que tratan de salir adelante sorteando las reglas, a veces zarrapastrosos, otras finalmente triunfantes, siempre perseguidos o ayudados por abogados que aparecen en segundo plano, al contrario que en las novelas largas del autor; lo que no falta es el dinero, Grisham siempre ha sido un gran narrador de la consecución y pérdida de la fortuna. Los cuatro se leen con gusto, te hacen sonreír sin rastro de ensañamiento -y mira que hay razones- y te dejan con la sensación de que habrían podido continuar hasta completar, cada uno, una novela por sí solos.
El resto, empero, se ajustan a la forma narrativa del relato en el sentido de que no cabría imaginar otro final que el que el escritor les ha dado. Son de una intensidad y un aliento ético que constituyen una verdadera sorpresa incluso para los lectores que apreciamos a Grisham:
"Recoger a Raymond" es uno de los cuentos más memorables que he leído en los últimos años. Debería proponerse como parte de los planes de estudio escolares por su calidad narrativa y el alcance de su contenido. Más de la mitad del texto discurre como una humorada a costa de esos personajes obcecados y cortos de miras que pueblan la américa de Ford County, frente a los que opera el Raymond del título como contrapunto fantasioso y un tanto irritante. Los primeros, hermanos y madre del último, acuden a visitarlo a la cárcel en un viaje surrealista por lo que es y por lo que se cuenta a lo largo de él. Pero de repente la habilidad del autor consigue que sin un giro brusco nos coloquemos en el centro de uno de los grandes dilemas de la justicia contemporánea en Estados Unidos: la pena de muerte. Y entonces todo deja de tener gracia, la sonrisa se congela, y nos deja emocionados y pensativos. Excelentemente bien resuelto.
"La habitación de Michael": sin ser tan sorpresivo como el anterior -el argumento es en cierto modo cercano al de "El cabo del miedo"-, y con ritmo de thriller que recuerda a los episodios más vibrantes de sus novelas, plantea otra de las cuestiones fundamentales del sistema judicial americano: la ausencia de equilibrio en las posiciones de ambas partes, fatalmente dependientes del dinero que manejen. Desde el punto de vista deontológico, como ya he comentado en una entrada anterior, suscita en el abogado litigante el problema de los límites y medidas en el ejercicio del derecho de defensa, algo para lo que ni existe otra regla que la del sentido común o, mejor dicho y parafraseando a Jane Austen, las del juicio y el sentimiento, en un depurado equilibrio que no es fácil de conseguir.
"El rarito": cierra el libro un relato estremecedor, de nuevo recomendable para leer en los colegios. 1989: un enfermo de sida, perteneciente a la raza blanca dominante, regresa a Ford County para ser cuidado en sus últimos días por una empleada negra. Apartado de su entorno, recluido precisamente en el ghetto, asistimos al implacable y detallado desprecio que sufre hasta sus últimos momentos por todos los que lo rodean. Nadie se atreve a acercarse a él, o a cogerle un billete de la mano, los taxis no le prestan el servicio, la gente no lo saluda, la policía se pasea para vigilarlo, la iglesia -tan dispuesta a manifestar compasión por los pecadillos de sus propios miembros, pongamos la pederastia- interviene para rubricar su exclusión... Y los días pasan lentos en el porche de la casa donde enfermo y cuidadora comparten las horas hasta crear entre ambos una verdadera amistad, que culmina incluso en una revelación sorprendente. Un valioso relato, en fin, que nos explica cómo es posible linchar con el silencio. Y que siempre ha habido gente que posee la verdad, al parecer, y se siente capaz de dictaminar lo que es bueno y es malo para "la comunidad". Siguen ahí, no nos despistemos.
Entretenido, comprometido e inteligente. Un narrador al que el futuro acabará haciendo justicia. Valga esta reseña como recurso de apelación.

No hay comentarios:

Publicar un comentario