martes, 27 de julio de 2010

'Nocturnos', de Kazuo Ishiguro. Música, crepúsculo y laberintos.

Ishiguro es uno de los grandes autores contemporáneos, quizá de los pocos que en futuro puedan merecer la calificación de clásico, autor de una literatura que, aun reconocible en diversos precedentes e influencias, consigue ser original precisamente por el modo en que utiliza sus recursos. Una prosa peculiarísima, de un decir pulcro que recuerda a los grandes escritores ingleses del diecinueve, nos conduce sin embargo por caminos narrativos de ecos kafkianos y derivas surrealistas. Lo que ocurre no tiene demasiada lógica en ocasiones, y sin embargo los personajes lo aceptan y lo reelaboran verbalmente con maneras tan educadas que uno no sabe si son expresión de análisis inteligente o mero sometimiento temeroso al azar que los arrastra. Ishiguro alcanzó la maestría como novelista en la imprescindible "Los inconsolables", en que su territorio artístico tomaba rumbos dadaístas aun sin perder la ortodoxia del estilo que conocíamos de títulos anteriores, especialmente de "Los restos del día", aquella historia perfecta que situó su nombre en el canon. "Cuando fuimos huérfanos" y "Nunca me abandones" abundaban en esa amalgama de realismo y experimentación, llevándola con éxito a universos novelescos tan dispares como el drama histórico y la ciencia ficción -sin que el resultado final, por supuesto, encuentrosa acomodo en ningún género-. Ahora nos presenta algo nuevo, sin resultar del todo distinto.


"Nocturnos. Cinco historias de música y crepúsculo" es su primera colección de relatos, y lo más inmediato que podemos decir acerca de ella, sin que se trate de un reproche, es que no nos encontramos ante un "autor de relatos". Ishiguro concibe los mismos como fragmentos de vida de unos personajes similares al pianista atrapado en las responsabilidades que pesaban sobre él en un mundo extraño, el detective desarraigado o los desconcertados clones de las novelas anteriores. Las historias de "Nocturnos" tienen todas relación, en mayor o menor medida, con el mundo de la música. A veces es un ruido de fondo, una vía de escape o un fantasma alado que aparece y deposita el pasado frente a los ojos de los protagonistas. La música como banda sonora del amor que se acaba, de la amistad podrida por el mal uso, del egoísmo y la entrega, de los sueños de llevar la vida que uno desea, y que parece imposible. Suena en viejos tocadiscos, en plazas turísticas o góndolas tan inestables como el sentimiento con que se interpreta. La escuchamos, pese a que no esté escrita, porque todos tenemos, al igual que los personajes, ese puñado de canciones que como puntos de lectura han ido señalando momentos imprecindibles, para lo bueno o lo malo, a lo largo de nuestra vida.


Los narradores de Ishiguro necesitan de la música porque se hallan siempre en uno de esos momentos de bifurcación en que varios caminos, algunos cegados, se abren en su trayectoria; y entonces entran en contacto con otras personas, y hablan y hablan, y a menudo son manipulados de forma que, sin que se den cuenta, alguien ha decidido ya por ellos. Uno de los grandes temas del autor es ése, la fatal influencia que supuestas amistades o incluso desconocidos pueden ejercer sobre nosotros, porque en ese campo de juego se enfrentan, a la manera jamesiana, la inocencia y la corrupción, la bondad predispuesta a echar siempre una mano y la falta escrúpulos -todo, en cualquier caso, envuelto en muy buenas maneras-. Otra de las cuestiones que parecen obsesionarlo son las relaciones familiares veladas por una especie de neblina de ambigüedad: volvemos al maestro James como referente para recordar la forma en que éste eludía la explicitud, y sin embargo no dejaba asunto delicado sin tocar. Así funciona Ishiguro, al que el surrealismo permite incluso esconderse más y solicitar una implicación mayor del lector, de modo que la lectura de sus libros no concluye nunca, y tenemos la impresión de haber contribuido en el proceso creativo. Lo que carateriza al arte, en suma.


Recorramos brevemente los títulos de esta maravilla de libro:


-"El cantante melódico", de contexto romántico y veneciano -valga la redundancia- es una historia melancólica de amor y sacrificio, en el que el escritor pone en práctica una de sus técnicas predilectas para causarnos desconcierto: por un lado, no podemos sino empatizar con la peripecia de ese viejo crooner que protagoniza el relato, y sin embargo la forma educadamente despótica con que trata al típico narrador servil de Ishiguro nos deja mal sabor de boca. Y hace que releer sus conversaciones se convierta cada vez en un ejercicio sugerente y novedoso.


-"Come rain or come shine": aquí aparece el tratamiento de las luces y sombras de la amistad, de esas amistades que se sostienen simplemente por lo que fueron, quizá en la esperanza -al menos para el narrador- de que vuelvan a ser, de tal forma que ninguna de las muchas humillaciones que sufre le hacen abrir los ojos. El baile final supone en cierto modo una pequeña reconciliación con el pasado, y por en medio hay ocasiones para sonreír en algunos episodios chuscos muy del gusto del autor.


-"Malvern Hills": una historia, condensada, de tránsito hacia la edad adulta, el mundo del trabajo, las agridulces relaciones familiares y la lucha por la vocación artística. Todo lo cual conduce, en la escena final, a la soledad del compositor que trabaja con su instrumento y ese puñado de experiencias que ha ido acumulando en el camino de la vida.


-"Nocturnos": el más humorístico de todos, con alguna escena de vodevil, y los paseos habituales por pasillos y habitaciones extrañas de la mano de personajes impulsivos que conducen al narrador hacia un mejor conocimiento de sí mismo. En este relato nos adentramos en el fracaso y los atajos modernos para sortearlo, personificados en las caras vendadas, fungibles, de los protagonistas tras una operación de cirugía estética. El terror a no cumplir con el deber -impuesto a menudo por un gran talento- es otro de los temas que, desde aquel mayordomo obsesivo de "Los restos del día", aparece siempre en este autor.


-"Violonchelistas" es seguramente mi favorito. Cuenta, a propósito de lo anterior, un doble fracaso: el de dos talentos complementarios e igualmente derrotados por una vida vulgar, con sus fáciles promesas de felicidad. Un "lo que pudo haber sido" que surge tras un encuentro casual entre una mujer con vocación de mentora y un hombre con vocación de discípulo a los que la previsible cotidianidad finalmente separa y malogra.


En muchos de ellos, además, aparecen ecos de los anteriores, pequeños guiños que los hacen familiares y que nos dicen que la vida, como el arte, no se acaba nunca.


Kazuo Ishiguro, uno de los motivos para sentirse feliz de vivir en esta época, en que podemos sabernos contemporáneos de un verdadero clásico, mientras esperamos con ansiedad perdernos en los laberintos existenciales que dibuja en cada uno de sus títulos.

2 comentarios:

  1. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  2. De todos modos para adentrarse en Ishiguro yo recomiendo mejor "Nunca me abandones", por ejemplo. Gracias por tu comentario, cada visita es muy bienvenida. El seguimiento puede hacerse a través de blogger (así sigo tus "salidas"), aunque ya que lo has comentado, he puesto un pequeño enlace para facilitarlo. Saludos.

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