domingo, 11 de julio de 2010

'Mamut', de Lukas Moodysson. El mundo explicado en hora y media.

Esta película explica el mundo en que vivimos de una manera inteligente y sutil, huyendo de los subrayados y los efectismos, con un ritmo pausado y constantes cambios de punto de vista que te van envolviendo en esa explicación sin que sean del todo consciente de ella.
Más allá de sus méritos artísticos, que tampoco lo faltan, es ese intento de hundir las manos en la realidad, para entenderla, lo que más debemos agradecerle en los tiempos que corren, cuando incluso los propósitos bienintencionados se pierden por el trazado grueso de los creadores.
Una pareja de exitosos profesionales residentes en Manhattan tiene una empleada filipina que cuida de su hija y hace las tareas del hogar. La madre es cirujana, y debe enfrentarse a desgarradores casos de urgencia a diario, para al final volver tarde a casa sin tiempo para dedicarle a su propia hija. El absurdo de nuestra sociedad hace que la mujer filipina, dedicándose a cuidar a la niña de otros, no pueda ver a los suyos, que se han quedado en su país de origen y la añoran. Puede que una lectura apresurada de la película se quede en las diferencias entre primer y tercer mundo, cuando lo que evidencia es sobre todo las profundas discriminaciones de género que van unidas al mercado capitalista. Ambas mujeres no sólo deben trabajar muy intensamente -a dedicación completa veinticuatro horas, en realidad, siempre pendientes de un busca o una llamada-, sino que en su escaso tiempo libre se limitan a sobrellevar el sentido de culpa por no poder ejercer de madres. El manipulador conservadurismo contemporáneo toma este conflicto para proponer una solución: chicas, os han vendido el mito de la superwoman; dejad el trabajo y volver a ser "ángeles del hogar", ¿no es la maternidad lo más importante? Esta receta, claro, resulta bastante más barata para sostener la depredación económica que favorecer la conciliación en igualdad, los permisos personales e intransferibles, etc. La niña se lo pasa mejor con la nanny que con su propia madre; la nanny envía a Filipinas, para sus hijos, un balón de baloncesto comprado en Manhattan pero fabricado en Filipinas; los niños pobres mueren en los hospitales, para los ricos, a fin de cuentas, siempre existirá un remedio que cauterize sus heridas.
¿Y qué es del cabeza de familia, entretanto? Propietario de una gran empresa de videojuegos, y forrado de dinero, viaja a Filipinas para firmar un acuerdo comercial de varios millones de dólares. Se trata de uno de esos hombres infantilizados que tanto abundan ahora, cuyos intereses continúan siendo similares a los de la adolescencia: chicas, videojuegos, deportes, copas con colegas. La soledad inicial de los hoteles y lugares extraños en seguida se le va pasando cuando flirtea con una prostituta que, a su vez, trabaja para ganar dinero que enviarle a otro niño al que no puede criar en persona. El varón de tez blanca occidental exitoso empresario en el mercado contemporáneo resuelve su escozor moral con el tercer mundo regalándole a la chica una pluma con incrustaciones de mamut. Un último absurdo de los muchos que nos cuenta la película, puesto que ni siquiera puede venderla a una décima parte de su valor, ya que nadie sabe valorarla. A este padre, bien caracterizado por el actor Gael García-Bernal, no lo tortura la culpa; si acaso un pequeño remordimiento por el polvete extramatrimonial y la necesidad de realizar alguna clase de obra benéfica con el tercer mundo que elimine ese sentimiento con la eficacia de los bisturíes que maneja su mujer.
Finalmente la tragedia ocurre en Filipinas y el director, ahora sí, nos recuerda que existen muchos lugares donde la gente carece de libertad para escoger su propio destino, eso que en los últimos tiempos se eleva a la categoría de principio rector de la política. Allí sólo se trata de sobrevivir a la miseria y la violencia -el turismo sexual, una vuelta de tuerca más en la depredación-, e incluso los intentos más nobles acaban fracasando.
Tan interesantes materiales precisaban de un director con buena mano para manejarlos, y Lukas Moodysson lo hace. El tono distanciado y el uso de cortas pero constantes elipsis recuerda a 'Lost in traslation', y compone una forma eficaz de suscitar reflexión y emoción sin recurrir a dramatismos de manual. A destacar también los intérpretes, en especial Michelle Williams en su papel de mujer superada por las circunstancias.
Este es el mundo en que vivimos. Y este es el arte que nos puede ayudar a comprenderlo y transformarlo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario