martes, 27 de julio de 2010

'Canino', de Yorgos Lanthimos. La conmoción. El espanto.


Tenía interés por ver esta película no sólo por lo sugerente de su argumento y la buena recepción que había tenido en algunos festivales, sino por una cuestión más personal. Y es que la historia presenta algunas concomitancias, más o menos lejanas, con mi nouvelle "Apuntes para una biografía del profesor Faure" (en lenta revisión) y por ende, dando que ésta se adentra en la vida de uno de sus personajes -"el ausente"-, con mi novela larga "Los nuevos". Tal afinidad tiene más que ver con la idea de fondo que con el tratamiento de la misma. Recordando otra película que circula por territorios similares, "El bosque", de Shymalan, optaba ésta por la narrativa gótica y la sorpresa argumental; en mi caso, salvando las distancias que haya que salvar, se trata de una biografía intelectual ficcionada, en la que el destino trágico se vuelve un paradójico éxito póstumo. "Canino", sin embargo, parece prescindir de cualquier fabulación, y tanto la estrategia elegida como los medios empleados conducen a un resultado brillante, sorprendente y de visión a veces insoportable por su crudeza.
La historia puede resumirse del siguiente modo: unos padres mantienen a su hijos encerrados desde la infancia en un confortable chalet con jardín y piscina; el motivo, por muy patológico que sea, responde a un ideario: el de que el mundo es un lugar peligroso y el designiio, casi divino, que en consecuencia les mueve a proteger de él a sus retoños. Si "El bosque" aludía a la política de Bush tras el 11S, "Canino" profundida en esos mundos enfermizos que de cuando en cuando saltan a las páginas de sucesos. La película no funciona como metáfora, sino como terrible realidad. Dado que no han tenido contacto con el exterior, los niños crecen educados en un sistema de significados que nada tienen que ver con el común: las palabras habituales quieren decir cosas distintas de lo que el espectador conoce, los objetos y seres que pueden encontrarse resultan inocuos o amenzantes de acuerdo con la opinión de sus progenitores, no se pude atravesar el muro que aísla la finca salvo en el coche, y los niños no son lo suficientemente maduros para dejar el nido hasta que se les cae uno de lo dientes "caninos".
Pero el título alude también a la educación que reciben, similar a la de los perros. De hecho, la familia incorporará un perro en breve, que se encuentra ahora en el segundo nivel de educación y debe llegar al quinto (al igual que los chicos). Los tres hermanos se expresan afecto, y lo expresan a sus padres, mediante lamidos. Les enseñan incluso a ladrar para espantar a las fieras temibles, como los gatos. Crecen en la obediencia irracional, y son constantemente sometidos a pruebas y presiones, compitiendo entre ellos y contra sí mismos.
El espectador/a asiste atónito a episodios que, pudiendo ser humorísticos, hacen intolerable la risa: el abuelo es Frank Sinatra, y "Fly me to the moon" es una canción sobre lo mucho que deben querer a su familia y mejorar en su comportamiento (el padre "traduce" la letra mientras los tres lo observan arrobados); los aviones que sobrevuelan el jardín "se caen" convertidos en juguetes; las objetos bonitos se intercambian por lamidos; a las cenas se acude bien vestidos, y el entretenimiento nocturno consiste en ver viejos vídeos de ellos mismos o bailar extrañas coreografías que, de nuevo, impiden la risa por lo patéticas que resultan. Un zombie es una clase de flores, los genitales se llaman "teclado", su juego favorito consiste en adormecerse con un anestésico... Espanto tras espanto se sucede en la pantalla con un director que opta por la sobriedad documental para introducirnos más eficazmente en el sótano de esas vidas aterradoras.
No habla, sin duda, de la gran farsa que se esconde tras ese concepto inequívoco de "familia" que aún hoy defienden los reaccionarios como el mejor de los modelos posibles, seguramente inquietos ante el hecho de que afortunadamente haya saltado por los aires. Nos habla también de la fragilidad de la infancia, de la manipulación de la inocencia (incluso en el sentido sexual, pues no tardan las niñas en ser objeto de explotación con las mismas técnicas que emplean los abusadores). Y, por último, de una especie de rebeldía inherente a algunos seres humanos, encarnada en la hermana mayor, que trata, dentro de ese ambiente enloquecido, de dirigir su propia y fatalmente condicionada existencia.
La película nos llega porque parece un documental, porque los actores y actrices son tan reales que duelen, y porque más allá de lo excepcionales que puedan resultan tales aberraciones, llama nuestra atención acerca de las grandes mentiras que esconden las grandes verdades. Si alguna vez tiene sentido el tópico del "cine necesario", puede ser éste. Lejos de los efectismos de Haneke, nos devuelve el mejor cine europeo que salta por encima de los artificiosos muros culturales para cuestionar nuestra historia. Bienvenidos estos escalofríos.

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