miércoles, 27 de octubre de 2010

‘A media luz’, de Joyce Carol Oates. La ley de la desmesura.

La narradora americana Joyce Carol Oates cuenta con una trayectoria lo suficientemente larga para ir llevando a su paso, al igual que esas redes de arrastre, una buena retahíla de tópicos de los que parece inevitable echar mano cuando se habla de su obra. Podríamos resumirlos en tres palabras: grafomanía, Nobel, violencia. Es raro que cualquier reseña no termine recordándonos que se trata de una de esas sempiternas candidatas al premio de la academia sueca, que tiene una obra vastísima –que continúa creciendo a ritmo constante-, y que en sus narraciones, tarde o temprano, aparece la violencia como un elemento catártico para dirigir la trama en un sentido determinado.

Salvo el del Nobel, quizá, el resto de los lugares comunes no son del todo ciertos: en qué medida puede calificarse de excesivamente prolífica a una autora abundante en ideas, con una visión del mundo bien perfilada y una capacidad de trabajo innegable. Carol Oates escribe, sencillamente. Lo que asombra es su facilidad para llevar a cabo esa tarea con un alto nivel de calidad y exigencia. Un libro suyo nunca se te cae de las manos, aunque unos te satisfagan más que otros. Por otro lado, las alusiones a la violencia no dejan de poner de manifiesto un prejuicio machista: el de que cualquier mujer novelista debe ser, incluso en nuestros tiempos, una suerte de Jane Austen versión 2.0. En ese sentido, Carol Oates representaría una escritura “masculinizada” al huir del vacuo sentimentalismo con el que interesadamente se pretende identificar a cierta literatura “femenina”. Detrás de todo ello, nos tememos, quizá se encuentre la evidencia de que las mujeres, en buena medida, han ido construyendo lo más notable de la narrativa contemporánea.


Hay otro rasgo de la autora, empero, que la define con mayor acierto, y es la desmesura. Entendamos por tal el recurso a personajes, tramas y situaciones excesivas. Los personajes de Carol Oates son siempre víctimas no tanto de los otros cuanto de sus propias pasiones. El sentimiento más irracional dirige su voluntad, y los lleva a enredarse en relaciones equivocadas donde seres ambiguos los vampirizan y manipulan. Asistimos como espectadores a una rebelión interna contra su propio destino, pese a que nos preguntemos por qué ha de encontrarse necesariamente marcado. Uno es de la impresión de que esta novelista gana en la medida en que logra atemperar su desmesura. Cuando se desborda, la voz narradora se hace imprecisa e incluso arbitraria, los personajes se desdibujan y la historia parece uno de esos globos inflados que de repente se sueltan, sin nudo, y vuelan incontrolados hasta caer muertos.


Algo de eso hay en esta irregular “A media luz”, cuyo propósito parece responder lo que se predica en la ficción, precisamente, del lugar donde aquélla transcurre: la necesidad de construir personajes legendarios a partir de personas completamente normales. La novela responde a esa necesidad en más de setecientas páginas, y aunque muchas de ellas nos ofrecen una narrativa de altura, el conjunto plantea demasiadas dudas. La más importante alude al objeto mismo de la obra: por qué o para qué hacer del tal Adam Berendt el protagonista de una épica construida mediante enigmas cotidianos tan simples como inocuos. En torno a su muerte accidental se desarrolla la vida –sin él- de una serie de personajes influidos o arrebatados por su figura, de forma que, a la postre y tal como se dice en el libro, “nunca llegabas a conocerle de un modo íntimo, pero podías conocerte a ti mismo”. Finalidad narrativa que suele presentar el máximo interés, pero que habría requerido de un plus de fascinación del que los personajes carecen. Sobre todo Berendt, insistimos, lo que exige del lector una excesiva “suspensión de la credibilidad” para comprender el motivo por el que su fallecimiento, más allá del razonable impacto en una pequeña localidad, ha conmovido tan hondamente a una serie de amigos a quienes nunca había permitido acercarse del todo. Aun así no son pocas las virtudes de este libro, en especial la capacidad de la autora para generar tensión a través del lenguaje, sin recurrir a trucos argumentales, y la profundidad con que expone las relaciones afectivas y sociales de los personajes, que hace de por sí interesante la lectura.

Al final uno tiene la sensación de haber leído una novela aceptable de una autora relevante, aunque esperaba más. Y precisamente por esto último, seguiremos confiando en Carol Oates hasta que dé completamente en el clavo. La próxima parada será “Ave del paraíso”, aunque por en medio quedan “Mamá” y “La hija del sepulturero”, y al parecer tiene otra en marcha. No se si se han dado cuenta de lo prolífica que es esta eterna candidata al Nobel, una notable estudiosa de la violencia en las sociedades contemporáneas… (Hala, ya he rellenado el formulario.)

3 comentarios:

  1. Me ha gustado mucho el análisis tan profundo y amplio que haces de este título que nos traes. La portada es muy bonita. Me gusta especialmente cuando te refieres al tema de que esta escritoria recurre a presentarnos las situaciones violentas de la vida, cierto que es un rasgo muy dificil de encontrar en mujeres escritoras, de ahí que la definas como escritora masculinizada, ya que me identifico mucho con ese rasgo suyo, ya que siempre me he dado cuenta de que mis gustos, aficiones, manera de ver el mundo en general es mucho más masculino que femenino, aunque reconozco que soy tremendamente pro-feminista, en el sentido de independencia a todos los niveles de las mujeres de todo el planeta.
    Es normal que la novela si abarca 700 paginas, tenga momentos de decaimiento, confusión o se resquebraje por algun lado.
    Me encanta la critica que has hecho y te merecerias mil comentarios, de momento este es el primero. un saludo.

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  2. Gracias, Wode, encantado de tenerte por aquí. A mí también me pasa lo mismo, siempre me he sentido más cercano al mundo de lo que habitualmente se identifica como "femenino" que a los tópicos propios de mi género. En realidad en eso se diferencia el sexo, como algo biológico, del género, como construcción cultural que pretende decirnos lo que somos y cómo debemos comportarnos a partir de nuestro sexo. Tonterías.
    Tengo que ponerme al día con tu blog... Por cierto, estarás de enhorabuena por el nuevo libro de Nick Hornby. Saludos

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  3. Si, gracias por recordarmelo, tengo que ir a comprarlo!. Lo vi hace dos semanas, no se como estarçá---

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