viernes, 19 de noviembre de 2010

“Tren fantasma a la Estrella de Oriente”, de Paul Theroux. El viaje sin lírica.

Leyendo este último y quizá definitivo libro de viajes del autor uno se explica el porqué de su prestigio literario: Theroux es ante todo un excelente escritor, y esa cualidad condiciona –para bien- cada uno de sus proyectos. El viaje es no tanto un pretexto cuanto el sustento temático de su obra, que sin embargo va mucho más allá. El encuentro con el otro, la condición de viajero, el oficio de escribir, el pasado en su desigual confrontación con el presente, los prejuicios culturales, la naturaleza corrupta del poder dictatorial –aun con disfraz democrático- y sus devastaciones… Todos ellos son temas con los que el autor se enfrenta a su paso por un mundo lleno de contrastes que acaso se iguala en una misma impresión tenebrosa: no importa el grado de evolución de determinadas sociedades, la injusticia social permanece idéntica a pesar de las décadas.

Theroux es un viajero real, ajeno a cualquier impostación lírica de las que tanto abundan en el acercamiento occidental al oriente. No se transmuta en poeta o filósofo, le espantan o emocionan las mismas cosas que a cualquiera de nosotros. De ahí también que provoque discrepancias y resulte a ratos irritante, en especial cuando a lo largo de un libro tan extenso comprobamos cómo repite determinados tics apreciativos que estrechan demasiado su criterio y, por ende, el del lector/a. Claro que hasta en ese pequeño defecto se revela su autenticidad: a fin de cuentas los ojos del viajero ven, en ocasiones, justamente lo que quieren ver.

Arranca el libro con una magistral descripción del viaje, en su dimensión física y de recorrido por la memoria del que lo precedió: “Viajar no es tan sólo cuestión de estar por completo desocupado, sino también una compleja y mendicante forma de evasión, que nos permite llamar la atención sobre nosotros mismos por medio de una llamativa ausencia, a la vez que nos entrometemos en la intimidad de los demás (…) El viajero es el más codicioso de los mirones románticos, y en algún rincón bien escondido de la personalidad del viajero se encuentra un nudo de vanidad y de presunción que resulta imposible deshacer, además de una mitomanía rayana en lo patológico (…) comprendí que el pasado al que no se retorna forma siempre un bucle en los sueños que uno tenga. La memoria también es un tren fantasma”. Y es que presenta este viaje una peculiaridad que lo distingue: el hecho de tratarse de un recorrido idéntico al que realizó treinta años atrás y que igualmente quedó recreado en un libro, ‘El gran bazar del ferrocarril”. De este modo asistimos al encuentro del viajero con su propia memoria de lo que fue en otro tiempo, y esa trayectoria interior es tanto o más importante que la que lo lleva por la geografía oriental. Un matrimonio roto, la soledad y el arrojo inconsciente de la juventud… El narrador es ahora un hombre maduro que encara quizá por última vez una aventura semejante, y que a ojos de los demás se ha vuelto invisible. En un momento determinado se tropieza con un joven similar al que fue él y con lo que, en poco tiempo, se convertirá: “un fantasma en el que nadie había reparado”.

Pero el retorno a los lugares ya visitados nos ofrece igualmente un encuentro emocional con el autor: la miseria y la violencia que nunca cambian, las transformaciones erradas, los personajes que perviven como entonces, y que acaso lo recuerdan. Theroux en raras ocasiones se permite una implicación más allá del comentario intelectual, pero cuando lo hace transmite esa misma sensación de naturalidad que da tanto valor al libro: no busca la aprobación del lector, sino la mera respuesta a su intuición o sus impulsos, como cuando en Birmania entrega un sobre con billetes a un hombre de su misma edad. Al fin y al cabo, y en justa réplica, se pregunta: “¿Era esta una de las razones que me habían convertido en un viajero empedernido, la acogida que me deparaban los extraños?”. Muchas veces experimenta esa “bondad de los desconocidos”, simbolizada acaso en ese tren nocturno donde ocho personas civilizadas comparten un espacio destinado, en teoría, para cuatro.

Más allá del intinerario mental del viajero, su periplo europeo y oriental nos revela el trasfondo sórdido de este mundo nuestro tan aparentemente desarrollado y civilizado. Incluso en países de los llamados emergentes apreciamos los tres rasgos con que muy acertadamente define las dictaduras: “tedio, ansiedad y cierto suspense”. Aunque en otras ocasiones el régimen opresor se presenta de manera menos sutil, al manifestarse con rasgos delirantes, en pequeños estados que se asemejan a un maquiavélico videojuego donde se permitiese al usuario hacer y deshacer a su antojo. Ciertos escritores, nos dice Theroux, “van perfeccionando el don de la verdad” al cumplir años. Y así es como el narrador desvela la realidad de supuestos “milagros económicos” y naciones en presunto desarrollo: ciudades “pesadillescas, pero de un modo novedoso”, donde cruzar la calle se convierte en una imposibilidad kafkiana en esas calles atestadas de víctimas de la globalización. En ese sentido, relata la experiencia de la India como “ingresar en un cuadro de El Bosco”, pese a la “vida regalada” de buena parte de los occidentales que la han habitado a lo largo de los tiempos. Y describe Tokio como una “visión intimidante del futuro”, pero del que nos espera a nosotros, sino a las próximas generaciones. Especialmente divertido resulta cuando describe las multitudes niponas, “a las que parece haberse dado el mismo mensaje: ‘camina deprisa y aparenta preocupación’”. Es en Japón, sin embargo, donde son más apreciables esos prejuicios a que he hecho referencia al principio: el viajero se revela ahora como un viejo verde que ve lolitas escapadas de un manga en cada esquina.

El final de este libro completamente recomendable es, no obstante, un tanto apresurado, como si después de semejante esfuerzo tuviese la necesidad de poner fin rápidamente al viaje. Aun así, concluye con una interesante reflexión sobre los malos gobiernos del mundo y, en contraste, la bondad de sus ciudadanos. Lamentable paradoja que define nuestro tiempo.

(Por alusiones, una última mención a las dos frases en que Theroux se refiere a los abogados: en primer lugar, para compararlos con las prostitutas en cuanto a la gestión del tiempo –se queda corto, me temo, al limitarse a ese único factor-; en segundo lugar, cuando un tipo le lee las líneas de la mano, reflexiona: “aparte de la insultante insinuación de que pudiera ser un abogado, en la mayoría de sus suposiciones había acertado”. Ambas nos recuerda ese viejo e hiriente chiste: “no le digáis a mi madre que soy abogado: ella piensa que soy pianista de un puticlub”… )

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