sábado, 18 de diciembre de 2010

'Juliet, desnuda', de Nick Hornby.

La consolidación de un estilo y unos temas propios pueden provocar efectos indeseables en los escritores, que acaban etiquetados y sometidos a prejuicios, arboleda que no sólo impide ver el bosque, sino que lo define con unos rasgos categóricos y con frecuencia ajenos a la verdadera voluntad del autor o autora. Algo de esto le ha venido pasando a Nick Hornby, al que suele asociarse el cliché, merecido o no, de modesto artesano de comedias en las que la guerra de sexos, los treintañeros con síndrome de Peter Pan y la devoción por la música rock aparecen como ingredientes inexcusables, a veces mejor cocinados que otras. La sensación de conocer lo que uno se va a encontrar es quizá la peor manera de comenzar la lectura de un libro, pues de una breve intuición o experiencia previa pasamos fácilmente a negar incluso el beneficio de la duda, o la mera posibilidad de evolución o cambio.

Juliet, naked, puede suponer para Hornby ese paso adelante que obligue al público lector a replantearse las cosas. Ya apuntaba interesantes rasgos de madurez autoral con el guión de la película An education, donde se mostraba como un explorador sutil de los conflictos morales. Esta novela viene a confirmar la buena dirección, y siendo fiel a los temas, personajes y maneras que definen su literatura nos descubre a un autor al que podemos enmarcar en la noble tradición anglosajona de la narrativa psicológica.

Duncan y Annie han entrado en la década de los cuarenta con la insatisfacción de quien asume que ya nada es posible, que lo que les queda por vivir no va a ser sino una reiteración cansina de lo más reciente: trabajos rutinarios, un entorno lúgubre y, lo más importante, su propio agotamiento como pareja. La pasión absorbente de él hacia un músico retirado décadas antes parece simbolizar toda su existencia en ese dar vueltas inútiles y especulativas en torno a un tópico. Aquí Hornby desarrolla su ironía y un sabio componente de autocrítica en torno a la adoración que los fans de determinados artistas cultivan a través de la red. Quien más quien menos (ejem) hemos participado en algún foro discutiendo sobre discos o libros como si nos fuese la honra en ello, discrepando con otros enajenados o denunciando oscuras conspiraciones de “la industria” para acallar verdades artísticas que dejan en guijarro embarrado a la piedra roseta. Más allá de las anécdotas chuscas a que puede conducir todo ello, Hornby pone el foco sobre las carencias y el patetismo que a menudo lo rodean. No por casualidad suele ser cosa de hombres, y no nos engañemos, basta hojear determinadas publicaciones sesudas que se ocupan de pop-rock o cine para darnos cuenta de en qué medida a esas firmas tan refitoleras y trascendentes les haría bien un curro de oficina y una deliciosa hipoteca.

Sin embargo Hornby va más allá en la novela del tópico acerca del hombre infantilizado y la mujer inteligente y madura. Todos ellos viven en la confusión de los callejones sin salida a que los ha ido conduciendo la vida, y se ven ya sin fuerzas para algo más que soñar. Claro que entonces un golpe narrativo lo cambia todo, y comprenden, junto con nosotros, los lectores/as, que en realidad sí que es posible buscar la felicidad por vías más audaces y alternativas. El hábil manejo del punto de vista sirve al narrador para confrontar las reflexiones de los tres personajes, generar divertidos encuentros y desencuentros y desarrollar malentendidos en torno a esa pasión erudita mal digerida de Duncan. Aun así el tono es melancólico, como corresponde a una edad en que determinadas cosas han dejado de tener gracia, y a medida que el libro avanza comprendemos que pese a los diálogos ingeniosos y las situaciones tirando a surrealistas, el tema que se trata es de la máxima gravedad: la lucha por la felicidad, a fin de cuentas.

La familia voluntariamente creada y escogida, en contraste con la naturalmente impuesta, es otra de las cuestiones que salen a la luz en estas páginas tan sabias como divertidas. Y la obsesión traicionada que revelan las últimas páginas viene a decirnos que ningún artista, ni siquiera el propio Hornby, es totalmente dueño de sí mismo –no ya de su obra-: a poco que se dé cuenta será creado por sus propios seguidores, y más le vale no revelarse contra aquello en que lo han ido convirtiendo… Claro que la novela también nos habla de la grandeza del arte, de su capacidad transformadora y creadora de sentido -con esa profundidad característica de la literatura, y tan diferente a la del ensayo-. De todo aquello, en suma, que, como ocurre con este libro, hace que sea insustituible para muchos y muchas, aunque luego demos la lata en Internet y nos comportemos como chiquillos. Son demasiados los que ya se ocupan de ser estricta y previsiblemente adultos. Y cuánto daño hacen.

2 comentarios:

  1. Muy buena crítica, aún no he hecho la mía, la voy postponiendo eternamente y creo que despues de leer la tuya, la mía no tendría sentido, se vería en inferioridad claramente. Un saludoi
    Viva Nick!

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  2. A ver si retomo a nick hornby que después del primero que leí en su día no he vuelto a leer nada más.
    jeje justo este finde le decía a una amiga que a los hombres les encanta llenar páginas y páginas de foros "debatiendo" sobre grupos y discos. nosotras no somos así, somos más prácticas e intuitivas, yo también he sido asidua de algún foro y es algo muy curioso y que sería hasta digno de estudio. Y lo de los críticos es cierto en parte, a mi si me gusta leer textos de críticos especializados porque muchos son como la biblia y me gusta aprender.
    un beso.

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