lunes, 27 de diciembre de 2010

El (otro) amor que no osa decir su nombre.

La noticia de que el próximo Código Penal tipificará el maltrato animal en términos más amplios y pegados a la realidad que los que exigen el ensañamiento como elemento constitutivo es una excelente noticia, aunque sólo sea a título de esperanza: es bien sabido que los avances legislativos en material de justicia social o, de una manera genérica, en lo que atañe a todo aquello que nos hace mejores, más sensibles, amables y generosos, suelen requerir de un buen tiempo para que las buenas palabras incluidas en las leyes sean llevadas a la práctica. Es decir, resulta tal la distancia entre la aprobación y la efectiva aplicación de las normas que ante la primera no podemos sino felicitarnos en voz muy baja y sin alterar demasiado el gesto.

La esperanza es algo, al menos, ya que estamos muy necesitados de ella. Sería interminable hacer un resumen de las salvajadas que el hombre (y en este caso la palabra asume todas sus connotaciones de género) ha cometido a lo largo de 2010. En apenas cuarenta y ocho horas he leído que han recogido a un galgo agonizante con tres disparos en el cuerpo, en una zona típica de cazadores. Tres disparos… a lo mejor le ofrecieron la machada a algún compadre inexperto para que practicase, a fin de cuentas otras veces optan por ahorcarlos o inyectarles lejía. Asimismo salta hoy a las noticias que alguien en el barrio de Malasaña está envenenando a los perros, ya lleva seis muescas en su revólver. Como si los excrementos en las calles no nos molestasen igualmente a los dueños de los perros, como si no estuviésemos de acuerdo con la imposición de fuertes sanciones para quien no los recoja… Eso sí, el envenenador, a la cárcel.

En fin, basta abrir los periódicos para comprobar que la consideración del animal como objeto a disposición del dominador omnipotente de la naturaleza sigue presente, día a día. Es verdad que cada vez somos más los que entendemos que también ellos tienen derechos, y que nuestras relaciones han de regirse por el equilibrio entre los de unos y otros, al igual que nos ocurre con los demás seres humanos. Pero los que hacen daño continúan siendo numerosos, y generan mucho más sufrimiento del que tanto los animales como nosotros deberíamos soportar.

En otras ocasiones me he hecho eco de los estudios que analizan las concomitancias entre la desigualdad entre sexos y la violencia de género, como su peor manifestación, y el desprecio a los animales. Ambos provienen de idénticos ejecutores, y tienen su raíz en el régimen patriarcal que históricamente ha consolidado al macho de la especie humana como la cúspide de la creación. De ahí que, más allá de los episodios de maltrato animal que aparecen en la prensa, se hagan cada vez más visibles los microespecismos, el equivalente a los micromachismos con que novietes, maridos, jefes o compañeros controlan, menosprecian y oprimen a sus parejas, compañeras o empleadas.

En el ámbito animal son muy habituales estas prácticas de cotidiana violencia: perros atados a un poste durante cinco días en una finca inmensa -hasta que la familia llega con el cuatro por cuatro el fin de semana-, o recluidos en el minúsculo espacio entre el cristal y los barrotes de una ventana, sometidos a las temperaturas más extremas, tras haber sido criados en la casa, y por el único pecado de haber crecido, de no ser el cachorro-juguete encantador que divertía a los chiquillos. Por no hablar del abandono: las protectoras saben que estas fechas son de compra de perros y gatos bebé, y que dentro de seis meses, durante el verano, muchos de ellos acabarán de repente en la calle.

Cualquiera que trate habitualmente con ellos sabe de sus sentimientos, tan similares a los nuestros. Y ese conocimiento nos lleva a ser dolorosamente conscientes de su sufrimiento no sólo físico, sino y sobre todo emocional ante el rechazo, la violencia gratuita, la soledad, el miedo. Esto, a su vez, nos hace también a nosotros estar un poco más solos. No podemos hablar de ello con todo el mundo, ese afecto que sentimos hacia los animales se ha acabado por constituir en otro amor que no osa decir su nombre al igual que el que condenó a Oscar Wilde.

La semana pasada nuestra Betty se puso enferma y tuvo que ser internada en una clínica veterinaria. No fue nada grave, al ser cogido a tiempo, así que nos preocupamos relativamente. Pero, mientras estaba en el trabajo, no pude evitar pensar en cuántas personas vivirían en ese mismo momento una situación bastante peor con sus amigos animales; cuántas tendrían que sobrellevar sus obligaciones cotidianas con esa carga de sufrimiento silencioso; cuántas se verían obligadas a encerrarse en un lavabo para llorar y salir respuestas, como si nada ocurriese o importase. Muchas veces nos tropezamos con gente que nos habla de esos sentimientos: desde ancianas cuya única compañía es su perro, hasta familias que incuestionablemente los consideran como parte de ellas. La coletilla del diálogo siempre es la misma: “esto no se puede decir a nadie”. Y así es. Lo más suave que podemos recibir es una ironía, pero en cuanto nos damos la vuelta el cachondeo ya será más explícito.

Ellos se lo pierden. En ocasiones, incluso, los animales los definen. Soltemos a un perrillo entre un grupo de personas: unos cuantos/as (la mayoría mujeres, siempre hay más posibilidades de encontrar gente decente entre ellas) lo saludarán, le harán alguna carantoña, juguetearán con él; otros (la mayoría hombres, claro) se quedarán a medio camino, con buenas ganas de agacharse y hacer lo mismo, pero reteniéndose de pie y silbando o chasqueando los dedos, por aquello de no ser acusados de sodomitas; a un tercer grupo de personas, el animal les será indiferente. Están en su derecho, aunque no deje de preocuparnos su comportamiento y nos lleve a preguntarnos cómo será cuando se encuentren a solas: ¿proseguirá la indiferencia o se transformará –llegado el caso, producida la molestia- en violencia?

Pero existe un cuarto grupo aún más inquietante: el que se acerca al perrito, normalmente en compañía de niños, y juguetea con él, en apariencia. Claro que si nos fijamos bien el juego consiste en engañarlo, retar sus habilidades o su capacidad de comprender, hacer a los chiquillos participar en la chanza y reírse todos de lo tonto que es: no entiende que la mano no va por aquí, sino por allá, o que la pelota se ha lanzado en dirección contraria a la que apuntaba la mano, y el muy zoquete se ha ido corriendo hacia la nada. Cuánta diversión, tú.

Aquí es donde detectamos el origen de todos los males, y la transmisión de un sistema de valores que ha venido construyendo el mundo en que vivimos: niños, este ser vivo es una “cosa” puesta a nuestra disposición. Podemos reírnos de su falta de inteligencia, podemos manosearlo a nuestro antojo en tanto en cuanto nos entretenga (y ¡ay como se revele lanzando una dentellada frente a las manipulaciones sobre su cuerpo! Entonces merecerá la patada, el latigazo con el cinturón, la expulsión de la casa…), podemos disponer de su vida entera, al igual que hacemos con muchos otros. Este es el microespecismo que se convertirá en la salvajada, el hígado inflamado de la oca, los ojos reventados del conejo en la industria cosmética, el padecimiento insufrible de los monos de laboratorio, o de los visones en su granja antesala de los grandes escaparates, la producción cárnica masiva en microceldas, etc., etc.

Todo ello se entiende recogido en la reforma del Código Penal, que castigará la conducta de maltrato hacia los animales independientemente de que exista saña. Ahora bien, ellos no pueden exigir su cumplimiento, nosotros somos los responsables. Es hora de mirar alrededor. Y de empezar a poner denuncias.


2 comentarios:

  1. El animal que maltrata a un animal es tambien susceptible de matratar niños, madres y ancianos, son salvajes sin domesticar que no tienen más que malas entrañas y veneno en lugar de sangre, amén de ser cobardes que no tienen ni media hostia. Por eso no se enfrentan a sus iguales en cuanto a fuerza bruta se refiere.
    Estoy deseando verlos en la carcel a todos!!!
    La historia de Turco el mejor perro especialista en encontrar personas en desastres es la de un perro que fue maltratado, vejado y rajado para sacarle el micrichip, y dio con una buena familia que le adoptó y ahora está rescatando vidas. Fue el que sacó el niño de 2 años en haití. Los perros no tienen memoria para el rencor. Solo saben sentirse útiles y dan mucho amor.

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  2. jaja exacto, en el fondo no tiene media hostia, nadie que se ensaña con un ser en posición más débil la tiene (habría que verlos con ciertos perros u otros animales). Conocía la historia de Turco, y suscribo por completo tus dos últimas frases. Razón de más para que empecemos a defenderlos como es debido y pongamos a las verdaderas bestias en su sitio.

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