jueves, 2 de diciembre de 2010

“Mi amor desgraciado”, de Lola López Mondéjar. El mito de la maternidad frente a sus víctimas y victimarias.

Subrayar lo que esta novela tiene de valiente y transgresora acaso pueda desviarnos de lo que ante todo es: una obra literaria de elevada calidad, con un manejo ponderado del lenguaje y el punto de vista en aras de una historia, en efecto, tan compleja como irreverente. La autora se enfrenta a unos de los mitos más inatacables de las sociedades modernas: el del sentimiento maternal que, de acuerdo con los dictados habituales de las construcciones de género, habita en todas las mujeres y se impone irremediablemente a cualquier otro, llegadas las circunstancias. Y lo hace sin ahorrarse el riesgo de suscitar rechazo, y sin caer tampoco en la fácil provocación tremendista. Su camino es el de la exploración psicológica, el perspectivismo y la meticulosidad. Nos presenta las voces de un par de mujeres unidas no tanto por unos mismos hechos cuanto por similares sentimientos: ambas, en un momento de sus vidas, experimentan con perturbadora nitidez la necesidad de liberarse de la carga maternal. Carga a la que han llegado por una u otra vía, y que sólo cuando las ha destrozado lo suficiente alcanzan a comprender en todo su alcance. Tanto una como otra analizan el pasado en episodios alternos de carácter monologal en los que se va construyendo asimismo una intriga sutil, a partir de las concomitancias entre ambas y la ligera confusión de identidades que inicialmente provocan.

La naturalidad con que ambos personajes desgranan sus sentimientos, frente la desazón que pueden provocar en determinados lectores-as, es el mejor reflejo de la anomalía que caracteriza la configuración cultural del llamado “sentimiento maternal”: lo único que se nos presenta aquí es la libérrima voluntad de vivir, de disfrutar la vida, por parte de dos personas guiadas por los mismos deseos e intereses que cualesquiera otras. La peculiaridad es que se trata de mujeres-madre, y parecería entonces que su discurso precisa de alguna legitimidad que López Mondéjar, sin embargo, rechaza. A fin de cuentas, qué más podríamos añadir al –poniéndonos moderadamente jurídicos- libre desarrollo de la personalidad que consagran los textos constitucionales (y que la realidad socio-económica se encarga de entorpecer).

No obstante, el libro elude la tentación maniquea de convertir a sus protagonistas en arquetipos o heroínas, aspecto donde es más apreciable la perspectiva de género con que, de una manera intencionada o no, ha trabajado la escritora. Abundan las historias que, desde una óptica masculina, se presenta a la “mujer liberada” en términos reductores, normalmente circunscritos a la sexualidad: los habituales personajes femeninos pasionales, arrebatados, convenientemente promiscuos y emplatados para el voyerismo machorro. En esta novela, sin embargo, el sexo termina conduciendo a los personajes a una suerte de terraplén del que sólo una de ellas consigue escapar. Aparece aquí, aun en segundo plano, otro de los mitos de género que condicionan la existencia femenina: el de la mujer deseada-deseable y su necesidad de serlo de acuerdo con la imaginería masculina, y frente al paso del tiempo.

Son numerosos, pues, los motivos de reflexión que suscita esta novela, sin que por ello oscurezcan su buena construcción literaria y la densidad psicológica de un lenguaje adecuado a la complejidad de la historia, en la que no cabían atajos argumentales ni trucos de guión de suspense. Una obra extraña en el panorama español que nos recuerda a los buenos tiempos de los ochenta, de literatura intensa y retadora, y que parece llamada a perdurar como lo mejor de aquella época.

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