viernes, 10 de diciembre de 2010

'Las perfecciones provisionales', de Gianrico Carofiglio. 'Union Atlantic', de Adam Haslett. Provisionales, imperfectas.


La novela negra, de suspense o llamémosla como queramos vive una situación paradójica, quizá mejor sea decir esquizofrénica: nunca ha vivido tanto auge, y sin embargo nunca ha deseado tanto huir de sí misma. De este modo aparecen en el mercado híbridos extraños en los que a un frágil esqueleto narrativo de intriga barata se le superponen disquisiciones psicológicas y contemplaciones del paisaje varias que intentan dotar de “literatura” al contenido, normalmente sin éxito. Lo que hacía notable a Larsson era su autenticidad: no construía pequeñas tramas, sino grandes personajes. Eran las vidas de éstos los que nos interesaban, de forma que los sucesos más o menos extraordinarios que les ocurrían no hacían sino enriquecerlas. Devorábamos los libros como siguiendo el curso de un río, ajenos a la prosa funcional que lo dotaba de fuerza y el posible desorden estructural que llenaba su ruta de cauces y meandros. Nada de esto ocurre en esta novela de Giarico Carofiglio, autor del que, a salvo otras lecturas, sólo cabe encuadrar en la sección de entretenimiento pasajero, y casi por los pelos.

Hay un primer elemento en este tipo de ficciones que resulta irritante por manido: la presentación del investigador como un tipo de mediana edad, con varios fracasos sentimentales, solitario y aquejado de una melancolía tan intensa que le hace a uno pensar que se haya instalado en su cuerpo físicamente, como un parásito. Esta reiteración de inspectores-policías-detectives-abogados de gesto contrito y mentalidad vagamente poética inunda los escaparates de las librerías con más intensidad que la plaga vampírica y zombi que nos abruma. A su vez, ha provocado el efecto contrario: la búsqueda de protagonistas de novela negra cuanto más extravagantes, mejor: hay quien recurre a peluqueros, paseadores de perros, fisioterapeutas o anestesistas que por azares de la fortuna ven convertida su vida en una sucesión implacable de enigmas detectivescos. A lo mejor es mucho más sencillo, y basta con preguntarse: ¿de veras todos los investigadores han de parecer salidos de la letra de un blues o de una de esas canciones maravillosas pero pesadas –tan repetidas- de Leonard Cohen?

Guido Guerrieri, el personaje de Carofiglio, debe resolver un enigma bastante simple en esta novela, que apenas daría para la mitad de sus páginas, y que responde en el fondo al viejo esquema de la habitación cerrada: un puñado de sospechosos, un culpable. El resto del libro se lo pasa rememorando su infancia, deteniéndose en la contemplación del universo mundo, suspirando y presentándonos otros asuntos colaterales de su despacho que aportan tan poco a la trama como cualquier noticia del periódico que leyese en voz alta. No existe, pues, relación entre ambos aspectos de la novela: el protagonista acaba exactamente igual que empieza, lo que no debe extrañarnos si tenemos en cuenta el barrio de tópicos por el que ha transitado a lo largo de sus páginas: el bar medio escondido que reúne a corazones solitarios, la prostituta bondadosa, la femme fatale –un poco cutre, una simple joven universitaria que con dos sonrisas se lo trajina-, el sacrificio del detective en aras de la verdad… Poca cosa, muy poca cosa para salvar un libro al que pierden, precisamente, sus altas pretensiones.

Mayor entidad literaria tiene ‘Union Atlantic’, a la que sin embargo ha beneficiado en exceso una circunstancia ajena, en principio, a su concepción: la crisis financiera mundial, de la que se ha querido ver una suerte de reflejo o explicación en esta novela. No ha sido ése, empero, el propósito del autor, que sitúa el foco a ras de tierra para centrarse en tres personajes bien dibujados y a los que nos obstante cabe atribuir componentes simbólicos: el especulador despiadado que acaba llevando a un banco a la quiebra con sus juegos, la profesora de humanidades a la que, en el mundo configurado por el primero, no le queda otra que el empecinamiento cercano a la locura y, en medio de ambos, el joven confundido y su necesidad de tomar decisiones morales.

Es plausible el modo en que, argumentalmente, Haslett conecta a los tres en torno a una disputa urbanística y medioambiental, al tiempo que desarrolla sus personalidades de manera independiente. Constituye así la novela un retrato bastante certero de un mundo como el nuestro, corrompido y tentador en sus corrupciones. La prosa eficaz y los buenos diálogos del autor hacen que la novela fluya con agrado, aunque deja finalmente la sensación de que podía haber ido mucho más allá. Se ha visto, decimos, impulsada por un mercado editorial que requiere, más allá de un puñado de ensayos normalmente tendenciosos y pacatos, alguna clase de reflexión sobre la crisis que nos tortura. No es mal vehículo el narrativo para afrontarla, pero debe haber una intención de base en ese sentido de la que ‘Union Atlantic’ carece. Aun así, dejando de lado las fajillas publicitarias y las alharacas de solapa, resulta muy recomendable en lo que tiene de novela ambiciosa y bien escrita.

Uno de sus mayores hallazgos es el de presentarnos el trasfondo moral del financiero, ligado a una actuación militar espeluznante, cosa no demasiado extraña en Estados Unidos, y cómo su destino se dirige finalmente al punto en que comenzó. Un viaje circular en el que va dejando demasiados muertos, y que termina impune. Sin embargo no es un mensaje pesimista el que nos transmite Haslett: ahí está el ejemplo de la resistencia de la protagonista femenina, aferrada a su memoria vacilante y aquello que, en realidad, nos rescata del universo depredador en que pretende convertirse este siglo: el cultivo del arte y la cultura que nos hace más bondadosos, inteligentes, encantadores y divertidos.

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