Estamos ante una novela muy interesante en su planteamiento, sorprendentemente errada hacia la mitad, en que adopta una deriva argumental incoherente, y resuelta con eficacia en un final tan sencillo como estremecedor. No es poca cosa que nos ofrezca semejante variedad de apreciaciones, y es que anda la narrativa contemporánea necesitada de una mirada al mundo en que vivimos, el mejor caladero para encontrarlas.
Herman Koch escoge un episodio que ocupó las páginas de sucesos de nuestro país –eufemísticamente situadas ahora bajo la etiqueta “sociedad”-, pero que más allá de su carácter noticioso o incluso delictivo nos sitúa frente a las grietas y sumideros de mayor hondura en las sociedades contemporáneas. Todos recordaremos los hechos: un par de adolescentes apalean y queman viva a una indigente que pasaba la noche en el interior de un cajero adonde pretendían acceder para sacar dinero. Koch toma estos hechos y fabula en torno a ellos situándolos en un contexto diferente pero no por ello ajeno al nuestro, a fin de cuentas todos los países occidentales resultan cada vez más equiparables -en lo peor-.
La cena en cuestión es la que celebran los padres de los agresores para tratar sobre el tema. Y esta elección narrativa se revela magistral en la construcción del libro, dividido en capítulos que representan las distintas secciones del menú y que construyen una metáfora tan irónica como inquietante en torno al “orden del día” que se lleva en el encuentro. El narrador de la historia, padre de uno de los chicos, quizá el que llevaba la iniciativa, no se limita a reflexionar en torno a lo sucedido, sino que nos ofrece un diagnóstico moral de sí mismo y los que lo rodean. A lo largo de la conversación asistimos a toda una panoplia de indignidades desgranada con un buen manejo del tiempo y la escritura: desde los rodeos iniciales al catárquico afrontamiento de la realidad, que pone a prueba a cada uno de los participantes de una reunión destinada a ser reveladora. La hipocresía de la corrección política, el fundamentalismo maternal, la defensa de una posición social, el desprecio hacia “los otros” por cuestiones económicas o raciales… Un civilizado canibalismo sometido al contraste sarcástico del ambiente selecto, los platos exquisitamente elaborados y descritos, los manierismos de los camareros y el obsesivo control de los gestos propios y ajenos, como en un salón de espejos.
Tales ingredientes resultan sobradamente interesantes para completar una novela de fuste, y sin embargo el autor se pierde hacia la mitad de la novela en una indagación de la psicología del narrador que parece apuntar a una suerte de determinismo biológico como causa explicativa de la violencia de su hijo. Argumento que no hace sino truncar las numerosas reflexiones que la historia suscita en torno a la educación, los referentes morales, la madurez y las decisiones de vida. Por suerte, el final recupera el pulso y reabre todas estas cuestiones, de forma que la novela consigue lo que pretende: arrancar el velo que protege ese cuadro que las sociedades contemporáneas han escondido en su desván para olvidar el modo en que se van pudriendo. Propósito que puede quedar desvirtuado en las manos de un autor vulgar, pero que bien desarrollado nos devuelve las virtudes de la gran literatura, como ha ocurrido con esta novela admirable.

