De vuelta a los juzgados, las togas desgastadas en el perchero, el andar premioso de los compañeros de una sala a otra, el rostro de confusión de los testigos -con sus crípticas citaciones en la mano-, el olor indefinible de la sala, la cafetería poblada de espaldas encorvadas sobre expedientes, la amabilidad efímera de antes de entrar, tornada en furia combativa apenas nos ceden la palabra, los rayos de sol a la salida, camino del escritorio donde aguarda un macizo montañoso de papeles… La rutina legal, a la que a veces cuesta encontrar sentido, mientras que otras aparece solo.Y, poniéndonos un poco más serios, esta de Alan Pauls: "Tengo con ellos una relación de necesidad (no puedo estar lejos de los libros), de culto (creo en la superioridad del libro), de complicidad (confío en los libros más que en la mayoría de las personas, las artes, las tecnologías). No veo en mi biblioteca ningún alarde, ninguna suntuosidad, ni siquiera el brillo de un capital acumulado. Mi biblioteca es mi comunidad: ahí están mis interlocutores más amigos y más radicales; ahí están los que me sostienen, me discuten, me forman, me seducen, me inspiran, me mejoran.
La biblioteca no como una colección de libros -jamás como una colección de libros- sino como una huella. Como una forma de tener o no tener, de aferrarse o dejar ir. Una autobiografía. Un mapa del pasado y un intento de dibujar, sobre las aguas indescifrables de lo que vendrá, un gesto seguro porque, como se sabe, salvo error o inundación o incendio o naufragio, los libros siempre -siempre- estarán allí. A veces por suerte. A veces no tanto".