sábado, 15 de enero de 2011

15 de enero (diario de la bestia): presupuestos culturales, Salander.


Presupuestos bajo cero.

El último número de la revista Exit Express alerta sobre el hecho de que, habida cuenta de los presupuestos culturales aprobados en las distintas administraciones, muchos museos tendrán que cerrar, repetir su programación durante meses en un bucle absurdo, o reinventarse a gusto del político de turno. Es lo que hay, aunque no debería ser así. Todas las crisis se resuelven, al parecer, mediante una serie de medidas que inevitablemente (?) incluyen: el recorte de los derechos sociales, la "vuelta al hogar" de las mujeres, la precarización laboral generalizada, el desarme de los organismos e instituciones culturales, la demonización de los artistas y un mayor margen de manga ancha para los poderes económicos. Sucedió en el pasado, se repite ahora, y volverá a pasar. Aunque uno continúa fascinado por la mansedumbre con que se acepta todo ello. Es fascinante comprobar cómo determinadas profesiones o sectores económicos tienen una facilidad extraordinaria para victimizarse, protestar y obtener réditos. No quiere uno mentarlos para que nadie caiga en la tentación de aburrirnos con sus retahílas de "padres de familia", "sacar adelante a los hijos", etc., etc. En el ámbito cultural, cuya importancia cuantitativa en el empleo y en el PIB está harto difundida, parece sin embargo que no existan esas familias a las que sacar adelante. Pero más grave aún es que tampoco parece quedar rebeldía intelectual. Es increíble que en un sector especialmente capacitado para la creación y difusión del pensamiento presente tal estado de inanidad, o cuando menos mudez. Siempre es más fácil ponerse de perfil para ver si la bala no nos acierta o la tolvanera pasa de lado y nos deja sin mancha. Qué hacer ahora sin presupuestos, sin actividad, sin proyectos, se estarán preguntando muchos/as. Pues movilizarse, queridos/as, reflexionar, discutir, difundir. En definitiva, lo que siempre se ha esperado de la cultura: contar el mundo.


La nueva Salander

A muchos nos impresionó la actuación de la actriz sueca Noomi Rapace en la adaptación de la trilogía Millennium, de Stieg Larsson. Componer el personaje de Lisbeth Salander era muy difícil, especialmente porque sobre ella iba a recaer el peso de las películas, al igual que era pilar fundamental de los libros. Rapace lo hizo extraordinariamente bien, a pesar de que su aspecto físico no se ajustaba estrictamente a unas características tan definidas en la literatura que podían resultar en exceso constrictivas. La actriz logró sobreponerse a todo ello, y para muchos no cabía duda de que ella sería, para siempre, Lisbeth, hasta el punto de que nos ofendió tener noticia del remake americano y la posibilidad de que fuese otra intérprete la que encarnase de nuevo al personaje. El anuncio de su nombre, Rooney Mara, presagiaba lo peor:


Los fans más palurdos de Noomi Rapace nos indignamos, vamos, yo no llegué al extremo ridículo de escribir cartas a las revistas o soflamas en los foros básicamente por falta de tiempo, que no de ganas -uno ya casi se pierde en la jungla, como para explorar otros territorios...-.
Pues bien, han publicado las primera fotos de Rooney Mara caracterizada como Salander:


Veeenga, yo seré el primero en rectificar: está genial, e incluso más fiel al personaje literario, con esa fragilidad física, casi de niña, pero con esa mirada extraordinariamente fría, aterradora, que la aproxima al límite de la sociopatía que el propio Larsson menciona en su correspondencia con la editora de las novelas.
Lo que no apunta nada bien es la visión del director, David Fincher, un efectista que tirará de sordidez para epatar al espectador, como siempre, y que no pillará ni por asomo la perspectiva de género desde la que Stieg Larsson concibió al personaje y la propia historia de Millennium. Salander no es simplemente un ángel vengador, el cine ya está sobrado de heroínas que, remedando a los peores prototipos masculinos, despliegan acrobacias y todo un catálogo de golpes y patadas para deleite de la generación ni-ni. Salander es un símbolo de la dignidad innnegociable, y de su defensa rabiosa.
(En fin, a lo mejor me toca rectificar también en esto de Fincher...).


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