lunes, 3 de enero de 2011

3 de enero (diario de la bestia): por qué escriben.

El último número de El País Semanal plantea a una serie de escritores por qué escriben. Se trata de una cuestión tan manida que provoca efectos nocivos en alguno de ellos. Podemos dividirlos en tres grupos: los que se toman muy muy en serio la pregunta y se ponen sentimentales; los que buscan epatar con alguna ocurrencia borde, exageradamente materialista y normalmente sobrada de testosterona; un tercer camino sería el de reflexionar mínimamente sobre el asunto, liberarlo de tópicos y prejuicios y, sencillamente, responder como ante cualquier otra cuestión tal vez abstracta y difícil.

Entre los primeros estarían esos pesados/as que “no saben hacer otra cosa”. Debería eliminar el femenino en este caso, puesto que se trata de una excusa muy masculina, propia de los santones que precisan una Zenobia Camprubí a su lado para que les prepare la comida, les zurza los calcetines y organice sus asuntos. No hay ninguna otra actividad que para mí tenga tanta importancia como la literatura, y sin embargo a lo largo de mi vida, ya ves, he lidiado con números, fregado suelos, cristales y cocinas, hecho la compra, llevado pleitos, recogido cacas de perro y hasta, en un arranque de valor, me he atado los zapatos. El tópico del artista tocado por los ángeles que no sabe otra cosa que garabatear en un folio suele esconder una lacerante opresión de género.

Al segundo grupo pertenecen las declaraciones del tipo “yo escribo para ganar pasta, por que me sale de los güevos, y punto”. Uy, qué provocadores… Cuántos vahídos habrán causado en los lectores y lectoras. En fin, merecen el mismo caso que uno de esos ni-ni musculados, tatuados y con la cresta del pelo engominada, a la manera de los futbolistas.

En el tercer grupo aparecen respuestas brillantes, a veces pura literatura en sí mismas, y otras sinceras y emocionantes. He aquí unas cuantas:

Almudena Grandes

Cuando era pequeña y leía un libro que me gustaba mucho, me inventaba a solas, para mí sola, otro final, la continuación que su autor no había querido escribir. Todavía ahora, cuando no puedo dormir, me cuento historias, las pienso, las repaso, las describo en silencio, con los ojos cerrados, hasta que me quedo dormida.

No estoy muy segura -dudo que alguien pueda estarlo-, pero creo que escribo porque siento una necesidad insuperable de escribir. Para mí, la escritura es un impulso que no se define por sus resultados, sino por su naturaleza necesaria, algo parecido al hambre o la sed, que pueden proporcionar mucho placer, si se sacian, o mucho sufrimiento, si persisten, pero nunca dejan de ser dos necesidades, el hambre y la sed.

Ricardo Menéndez Salmón

Escribo por insatisfacción. Si estuviera satisfecho, me limitaría a "vivir la vida", no a intentar comprenderla mediante la escritura. Claro que al intentar comprenderla, es decir, al escribirla, me doy cuenta de que en realidad la vida resulta incomprensible. Lo cual genera una nueva insatisfacción, la de comprobar que el intento por comprender la vida mediante la literatura lo único que ilumina es la imposibilidad de alcanzar esa comprensión. Pero entonces sucede algo curioso, y es que el hecho de descubrir esa imposibilidad me conmueve, admira e impulsa a escribir más y más. Así, lo que nace como un gesto decepcionado, insatisfecho, acaba convirtiéndose en un acto agradecido, admirativo. De modo que una dolencia (escribo porque soy infeliz; escribo porque soy inconsolable; escribo porque no entiendo lo que me rodea) se acaba convirtiendo en una necesidad (escribo porque no me resigno a ser infeliz, inconsolable e ignorante).

Rosa Montero

Escribo porque no puedo detener el constante torbellino de imágenes que me cruza la cabeza, y algunas de esas imágenes me emocionan tanto que siento la imperiosa necesidad de compartirlas. Escribo para tener algo en qué pensar cuando, en la soledad tenebrosa del duermevela, por la noche, en la cama, antes de dormir, me asaltan los miedos y las angustias. Escribo porque mientras lo hago estoy tan llena de vida que mi muerte no existe: mientras escribo soy intocable y eterna. Y, sobre todo, escribo para intentar otorgar al Mal y al dolor un sentido que en realidad sé que no tienen.
Soledad Puértolas

Las alegrías de la vida te desbordan. El dolor y la pérdida te superan y hunden. El tedio y la monotonía pueden resultar aniquiladores.

Cuando escribo, estoy fuera de esa realidad. He entrado en otra donde sí es posible buscar un sentido, incluso vislumbrarlo.

La soledad, que tantas veces se ha hecho insoportable, se hace ligera y deseable. El estado perfecto.

Hay metas, humanidad, sentidos. Hasta cabe la risa, el gran regalo.

En la vida, el dolor ahoga y la risa es efímera. En el texto, se produce una transformación que la inteligencia no puede explicar. Nos sumergimos en el dolor sin llegar a morir, conquistamos la distancia. Observamos, podemos emocionarnos, escoger, aventurarnos. La incertidumbre de la narración resulta más segura que las certezas de la vida. La palabra se hace enteramente nuestra.
Enrique Vila-Matas

Ah, ya veo, vuelve la vieja y pérfida pregunta. Pero también podrían ustedes preguntarme por qué acabo de hacer una lazada en mis zapatos. Y también por qué no me he contentado con un nudo que, para el caso, me habría servido igual. Este tipo de habilidades no nos llaman la atención, por ser muy familiares. Pero, en algún tiempo remoto, un antepasado hizo la primera lazada. Nosotros no somos más que sus imitadores, un eslabón en la cadena ininterrumpida de la tradición. De modo que a quién habría que preguntarle por qué escribo es a ese antepasado, preguntarle por qué quiso ir más allá del nudo.

Juan Eduardo Zúñiga

El jardincillo parece envejecido con los fríos de noviembre y el suelo está cubierto de las hojas caídas de una acacia. Dejo de mirarlo desde la ventana, estoy solo en el cuarto vacío donde tengo los juguetes y los cuentos, en las paredes sujetas con chinchetas hay dos láminas referentes a un país extranjero y extranjero es el autor de un libro que cojo, y me aprendo su nombre: Michel Zevaco. Leo el final del segundo capítulo: un hombre busca sin parar en un cofre lleno de joyas y no encuentra lo más importante para él. Me extraña esto ¿más valioso que joyas ? Tengo al lado un cuaderno y lápiz, sin pensar escribo: "Él buscaba algo entre las joyas ..." y sigo escribiendo, sigo así hasta hoy.


Si nos fijamos en sus autores, todo encaja. Entre ellos se encuentran algunos de los nombres más notables de la narrativa contemporánea, y estas declaraciones no dejan de ser una pista, un golpe de linterna que apunta a lo más profundo de su obra.

7 comentarios:

  1. me encanta la respuesta de Rosa Montero y de Almudena Grandes, no van de divas y me caen fenomenal.
    Me gusta mucho lo que dices y bien que tienes razon con los hombres que llevan detras una Zenobria camprubi. buen post.

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  2. Una cuestión recurrente que nos hemos planteado todos aquellos que hemos emborronado alguna vez una página, y que nos hemos contestado mil veces de mil formas distintas. Dígame, Casoledo, de veras que me gustaría saber, ¿por qué escribe usted?

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  3. Wode: gracias, a mí también me encantan esas dos.

    Fran: gracias también, me ha proporcionado usted el post de mañana (y espero que en justa correspondencia también responda a la pregunta en su bitácora).

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  4. Gracias, pero no creo que lo haga. No creo que haya nadie interesado en por qué tengo estos abcesos de onanismo. Ya maltrato bastante a mis hipotéticos lectores (?) como para que ahora me exponga a retar su paciencia y a exacerbar sus muy justificadas ganas de devolverme las puyas que les lanzo.

    Le diré, no obstante, que a mí no me gusta escribir. No lo paso bien haciéndolo. Escribo de forma torrencial cuando ya no tengo más remedio porque hay una idea que lleva rondándome demasiado tiempo y no hace más que crecer y desarrollarse dentro de mí. Al final tengo que dejarla salir porque sé que si no lo hago, no me va a dejar en paz. Pero no es un proceso en absoluto gozoso y el producto final es siempre harto insatisfactorio.

    Y no sé por qué demonios me ha dado por usar esta basura retórica en mi respuesta. Asquito me doy.

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  5. Empiezas el año con mucha fuerza. Qué bien, vaya festín de lectura. Me gusta leer este tipo de artículos para descubrir a esos autores que se empeñan en reforzar su personaje y en competir por crear la respuesta más forzada e ingeniosa posible. No sé quién se llevaría el título esta vez.

    Y esperamos ese post.

    Rafa

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  6. Amigo Fran G. Lara: sin darse cuenta, o muy conscientemente, ha respondido usted a la pregunta de alguna forma. Los lectores seguirán siempre acudiendo a su blog, y cuanto más los rete, mejor. No es masoquismo, sino respuesta a algo interesante, hecho con vocación y ese rigor especial que uno se exige para aquello que le hace la vida más agradable.
    Por lo demás, es cierto, escribir "no gusta". Se hace, tiene que hacerse.

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  7. Rafa, qué alegría saber de ti. Sigo tus reseñas, y percibo cambios, una especie de evolución que no era necesaria en modo alguno, pero puede entenderse como natural. Más afilado te veo, no sé si me equivoco, una prosa excelente. Saludos.

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