martes, 4 de enero de 2011

4 de enero (diario de la bestia): por qué escribo.


Uno puede elevar lo cotidiano a la categoría de señal del destino, hablar de cuando era pequeño y, en el patio del colegio, eludía las manifestaciones más tópicas del marchamo de género con que éramos educados: no jugaba al fútbol o me entretenía en heroicidades varias –escalar paredes, echar carreras, defender territorios inexistentes con peleas torpes de falsos hombres-; por el contrario, nos reuníamos unos cuantos raros y “hacíamos películas”, historias que guionizábamos sobre la marcha y en la que nos distribuíamos los roles de acuerdo con el rumbo que llevasen. Pero quién no ha fantaseado en la infancia con ser protagonista de algo excepcional, a veces proyectado en muñecos, y otras en nosotros mismos (en las mías, hasta era pudoroso noviete de Farrah Fawcett, por entonces resplandeciente Angel rubia de Charlie).

También puedo hablar de la atracción temprana por la palabra escrita, los tebeos de superhéroes, las “novelas ilustradas” en las que se adaptaban los clásicos. Pero cuántos y cuántas no han disfrutado de la lectura en la infancia, el libro o el cuento abierto, la mirada absorta y un bocadillo en la mano. Pocas imágenes resultan tan cautivadoras cuando uno se hace mayor que ésa: la de un niño o niña fascinados por la letra impresa (quizá en el interludio de un castigo sin consola, me temo).

Aquí ya nos vamos acercando: hubo algo diferente en una de aquellas lecturas. “El príncipe feliz”, de Oscar Wilde, y su delicada historia de soledad y sacrificio, de bondad entre desconocidos, de indiferencia cruel ante lo bizarro. Resulta que un libro puede hacerte llorar, y que si logra conseguirlo no sólo es a través del componente emotivo de la historia, sino del modo en que el autor la relata. Primera intuición. Que luego se repetiría con “El hombre invisible”, de H.G. Wells, o “El extraordinario caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde”, de Stevenson.

Después llega la adolescencia, y la música. Ah, santo Mozz y sus Smiths, a él también le gustaba Wilde, qué buena excusa para leer todo lo de Wilde. Y qué maravillosas las letras, como poesía… De Mozz a Cernuda, y tiro porque me toca seguir leyendo todo lo que cae en mi mano.

Al mismo tiempo, persistían las fantasías, y la necesidad de expresarlas mediante alguna clase de vehículo que uno supiese manejar. Hoy me levanto y decido que voy a tocar la guitarra, hay una por casa, me compro un método, qué difícil, mejor el teclado, no, parece que tampoco... Y entonces, ocurre: en un vagabundeo a la salida de la facultad me detengo en la librería Cervantes de Oviedo, paseo los dedos por la sección de clásicos y se me quedan prendidos en una edición en rústica con la reproducción de un hermoso e inquietante cuadro de Sargent en la portada. Sobre él, estas palabras que lo cambiarían todo: “Henry James. Otra vuelta de tuerca”.

Y llego al centro de la respuesta: escribo porque un día comprendí que existía una técnica para hacerlo, que esa técnica se aprendía con incesantes lecturas -no sólo de ficción- y que, en sí misma, era algo complejo, retador, interesante, con independencia del resultado que obtuviese. Escribir, me enseñó El Maestro, no era “contar historias”, enfrentarse al mundo o proyectar la subjetividad para hacerla más hermosa a los propios ojos… Era hacer, quizá, todo o parte de ello de una determinada manera. En eso consiste el arte de la literatura.

Continuaron las lecturas, el aprendizaje solitario e incluso el compartido, con algún curso que sirvió, si acaso, para darme un arreón de confianza, poco más –sólo he aprendido una cosa de ellos: empápate de todo, pero huye de las militancias y discipulados-. Empezaron los relatos cortos, los poemas, los pequeños apuntes de crítica o ensayo.

La década de los veinte años fue crucial. Seguían las ideas, blandas e informes como un estanque de puro lodo. Algunas escenas sueltas, esbozos de personajes que llamaban mi atención en silencio, y en mitad de cualquier actividad cotidiana –otro arte difícil: hacer ambas cosas sin parecer alelado-. Un día un amigo de la universidad me comentó lo incómodo que era vivir en el piso que tenía alquilado junto con su hermano. Apenas tenía ventanas, que daban a un patio interior donde sólo veía bloques similares al suyo y una arcaica estación de autobuses, que salían y entraban parsimoniosamente varias veces a lo largo del día. Los pasillos eran estrechos y oscuros, había mucho silencio, se sentía tan agobiado que sólo pensaba en salir de allí. Algunas veces yo tenía que coger esos autobuses para ir a Gijón. Así que una de ellas me situé en medio del patio y observé los edificios, que parecían plegarse en una estructura compacta, al modo de una fortaleza. Como torres, quizá.

Pasó el tiempo y esa imagen, inexplicablemente, pasó a reunirse con las otras entre el lodo. Y un día, no recuerdo cuándo, me asomé al estanque y descubrí que estaba vacío. O mejor decir limpio, aquella especie de magma había desaparecido y sólo quedaban palabras. Y concretamente éstas: “De repente una voz anónima, una voz de mujer, suena desde las filas de atrás lo suficientemente bajo para no ser oída salvo por quienes la rodean. Dice: ‘quizá haya sido el ausente’. Alguien se ríe. La voz insiste: ‘seguro que fue él. Pero alguien replica: ‘no es posible, tendría que salir’”. El comienzo de ‘Los nuevos’, mi primera novela. Durante años escribí, esto es, me peleé con la técnica de la escritura para intentar crear algo bueno. Luego siguieron más relatos, novelas cortas… Y una etapa complicada en que tuve que convertirme en otro para cumplimentar las exigencias implacables de la vida –no lo recomiendo, ahora sé que podía hacerse igual sin dejar de ser uno-. Pasada esa etapa retomé ‘Los nuevos’, la revisé y la puse en marcha. Más tarde vino este blog, otros proyectos de menor alcance…

Y hace tres años, el estanque volvió a llenarse. Paseaba un día cerca de él y, casi sin darme cuenta, me vi hundido en el limo. Pero era un poco distinto, más áspero, denso y quizá por ello, comprensible. Podía contemplar mis manos llenas de suciedad y sabía de dónde procedía. La vida había ido proporcionándome experiencias, y otras perspectivas. Todas estaban allí dentro, y de nuevo tenía la necesidad de encontrar el modo de sacarlas afuera.

Ocurrió esta vez así: “La palabra ‘desaparecida’ fue lo primero que Pablo vio en el cartel, al salir de la zona de embarque del aeropuerto, justo antes de reparar en que la imagen a que aludía le resultaba familiar. Estaba impresa en letras oscuras de gran tamaño, y debajo de ellas había un número de teléfono que reconoció al instante como perteneciente al despacho de su padre. Tiempo después pensaría en el extraño orden con que había ido asimilando los datos: primero aquella palabra, luego el número, y finalmente la fotografía de Coral, su hermana pequeña”. El comienzo de ‘Una cuestión de prueba’, mi segunda novela, de la que puede haber noticias importantes en los próximos tiempos.

Y, a lo tonto, han pasado más de veinte años. Continúo sin seguridad alguna de haber aprendido, de entender y aplicar la técnica con destreza suficiente para hacer algo interesante y hermoso con todo eso que ronda mi cabeza. Escribir, junto con leer, es seguir recorriendo el camino, y tener la sospecha de que no voy a concluirlo nunca. Si lo hubiese hecho, habría encontrado una clave para responder a la pregunta que plantea este post, derivado del anterior, de una manera sencilla y corta.


Entretanto, mi vida transcurre en torno a ese estanque enlodado. Una manera ilusionante y divertida de pasarla, como cualquier otra.


P.D.: Una canción adecuada para esta entrada.

TREMBLING BLUE STARS – The Imperfection Of Memory

1 comentario:

  1. Así pues, no hay un porqué. Sólo hay un camino que se entrecruza con una pulsión, pero sin un motivo que se pueda racionalizar, porque tal vez no es una explicación racional. Simplemente uno sigue recorriéndolo sin saber a dónde le lleva. ¿Por qué alguien siente la necesidad de tener un hijo?

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